Ludwig Zeller. Retrato metafísico de la sublime perdición

Ludwig Zeller. Retrato metafísico de la sublime perdición

 

Antonio Messtre-Dömnar1

A fines de los años sesenta del siglo anterior, Ludwig Zeller y su esposa, la artista Susana Wald, fundaron una de las galerías de arte más importantes de Santiago de Chile: la Casa de la Luna. Tiempo después salieron de ese país por el ambiente enrarecido que a la vuelta de los años setenta se convirtió en una dictadura. Ludwig y Susana me platicaron en Oaxaca, donde residen desde hace más de veinte años, que una de las exposiciones que organizaron en la Casa de la Luna en 1968 fue de caricaturas de los militares. Estos no lo olvidarían, y amigos cercanos le advirtieron a Ludwig que estaba en la mira de los asesinos. Susana Wald salió primero hacia Toronto con cien dólares en el bolsillo y más tarde la alcanzó Ludwig Zeller. Allí fundaron la editorial Oasis y la revista El Huevo Filosófico; desarrollaron su obra de manera más profunda: Ludwig con sus poemas y sus collages y Susana con su pintura y sus dibujos.

Ludwig Zeller es el último de los poetas y escritores del surrealismo cuya sustancia poética y literaria no tienen igual en varias generaciones a la redonda. Además, ha sido traductor de Hölderlin y desarrolló investigaciones en relación con el LSD y los sueños en la Universidad de Santiago de Chile (otra razón para estar en la mira de los asesinos). Conoció a André Breton y, según me ha contado, se carteó con él. Las cartas permanecen inéditas; se las he pedido en un par de ocasiones y me ha respondido que no son de importancia, pues Breton le pedía en ellas que cuidara que su mujer no hiciera locuras en su estancia en México. En otra conversación me comentó que resanó tres collages de Max Ernst, y a este le dijo como corolario: “Tu problema con estos collages fue el pegamento que usaste”. Fue uno de los amoríos de María Callas, a quien vio tirar un piano por la escalera cuando se lo reclamó un acreedor. Tuvo una amistad artística con Eugenio Granell, al que dedicó los siete poemas de “Eugenio Granell o la invención del dado”. En 2008 esa amistad remataría, muerto ya Granell, con la exposición conjunta de los collages de Ludwig Zeller y la obra de Susana Wald en la Fundación Granell en Santiago de Compostela. Allá le mandé el libro Piel de los delirios que por las mismas fechas le publiqué en Gatsby, porque los impresores, los hermanos Miguel Ángel y Hugo Jiménez, no pudieron contactarlo ya en el aeropuerto de la Ciudad de México.

Álvaro Mutis, ese extraordinario poeta de la estética del deterioro y de las perdiciones humanas, sucumbió también a la originalidad de la presencia y de la obra de Ludwig Zeller así como al genio artístico de Susana Wald. Se conocieron en Toronto en la década de los ochenta. Mutis fue allí a un congreso de escritores pero terminó conversando con ellos los dos días que estuvo en esa ciudad. Luego escribió el prólogo de uno de los libros más emblemáticos de Ludwig: Salvar la poesía, quemar las naves, donde le hace un retrato metafísico: “Ludwig Zeller, como tantos otros predestinados que lo precedieron en tan arduo servicio, tiene que inventar a cada instante la libertad, ese paraíso sobre la tierra contra el cual los hombres atentan también a cada instante. Por eso el poeta ha dispuesto su vida y su vocación creadora al amparo de todo lo que pueda conspirar contra la inagotable disponibilidad de su ejercicio visionario”.

La poesía de Ludwig Zeller es un ascenso y descenso a infiernos, cielos, ironías, erotismos, espasmos, cuadraturas de círculos, canallas, adorables señoras pervertibles acaso, mundos oníricos y mundos de la perdición. José Miguel Oviedo ha señalado que “Por su ardiente pasión surrealista, Zeller sólo puede ser comparado con Moro y, tras la muerte de éste, considerado el último militante que queda en nuestra América”.

Además de su obra poética, Zeller es autor de Río Loa. Estación de los sueños, una de las novelas más originales de nuestra literatura contemporánea, y de la cual Gatsby Ediciones prepara una nueva edición bajo el título de La danza del gran maestre. Río Loa, estación de los sueños. Ludwig, como se llama también el personaje de esta novela, emprende un viaje hacia un congreso de escritores y conoce en el tren al Maestro, es decir, al Diablo, que viaja con su protegida y secretaria, una hermosa viuda enigmática, la Contessa Helena Ferrucchi. El tren los lleva finalmente a Río Loa, la ciudad de origen de Ludwig. Allí vivirá por unos días con el Maestro y entre varios amigos y familiares suyos que se van congregando para estar con él. Pero mientras el Maestro revela su sensibilidad humana, Ludwig se enamora de la Contessa Helena Ferrucchi. Es un amor correspondido que el Maestro celebra, y sentencia los preparativos para la boda. Ludwig no se da cuenta de la terrible imposibilidad de esa boda, ni del alma imposible de su amada, ni de lo que lo aguarda después de ese encuentro con la frescura del Mal. No encontraremos, en la literatura latinoamericana, ninguna novela donde se fabulen con maestría los espejismos “en sus continuas metamorfosis”, ni que concentre tanta alucinación poética en el arte de la novela. Esta es la novela contemporánea más original en nuestras latitudes sobre el encuentro del tiempo perdido de un poeta capaz de inspirar una fiesta sentimental al Demonio, y la primera que narra con fabuloso encanto tribulaciones y empresas entre un poeta y el Maestro bajo el aura de la cábala. Por eso Hugo Goldsack dice que Ludwig Zeller es “uno de los casos más extraordinarios de humanista perfecto que se haya producido entre nosotros —poeta surrealista…, pintor onírico, creador de un nuevo estilo del collage, maestro del recorte en papel, experimentado comisario de exposiciones, editor refinado y singularísimo, demonólogo de rara erudición y psiquiatra aficionado de audacia rayana en la temeridad”.

¿Cuál es el mundo en el que vive un predestinado como Zeller? Me parece que la dedicatoria que escribió en el libro que le edité nos lo revela. Ludwig dibujó un río sinuoso y luego escribió sobre el lecho del río: “A mi amigo y culpable de este bello libro, Antonio Messtre, que se encuentra en el otro extremo del delirio”.

*

Ludwig Zeller es el poeta que nos regresa la herencia de todos los tiempos de la humanidad que dice que el lenguaje es amor y amor es lenguaje. En uno de sus libros más profundos, Piel de los delirios (Gatsby, 2008), encontramos el poema titulado “Abro la noche para escucharte”: “el amor no puede enterrarse bajo la arena / Sino desplegarse en el jardín de los sentidos”. La poesía de Zeller refresca la memoria poética del alma pero también refresca nuestro catálogo de percepciones. José Miguel Oviedo también afirma que “Su obra puede tener la fuerza tremenda de la locura, la cualidad hostil y cósmica de la naturaleza tal como la imaginaron Caspar O. Friedrich, Poe, Lautréamont, Max Ernst. No hay piedad ni amparo en este mundo violento, a la vez fastuoso y opresivo”.

A lo largo de toda su obra recogida esencialmente en Los engranajes del encantamiento (Aldus, 1996), las cosas humanas, las cuestiones humanas más simples y transcendentales como el dolor, la angustia, el deseo, el gozo, la posibilidad del desdoblamiento y el diálogo interior, se dan con intensidad y ritmo poético. Por ejemplo, en su libro Piel de los delirios la frescura es una consecuencia de los lenguajes de las almas. Zeller no es solamente un visionario de las percepciones sino un visionario de las actitudes que se mueven en nuestras penumbras. En estos poemas el afuera de todo lo humano (el sentimentalismo, la coherencia social, el currículum del ser) es el escenario de la contrariedad. No hay alma sin contrariedad, sin inestabilidad. Los poemas de Zeller nos conducen a través de, por lo menos, dos equilibrios de la lengua cuya arquitectura es la herencia del poeta: uno, el equilibrio generado por lo que percibe, y el otro, el equilibrio fecundado por lo que escucha.

En la poesía los equilibrios, sean lingüísticos o discursivos, no lo son de manera convencional. Por el contrario, a mayor equilibrio poético mayor desequilibrio del orden establecido. La poesía es el virus de la inquietud, “la demente semilla que crece/ En el desierto de las fogatas” que nos hace voltear hacia lo que Zeller llama “el patio azul de mi alma”.

En el equilibrio generado por lo que percibe el poeta, este libro es una pequeña biblioteca de sentidos. Muchos poemas están dedicados a amigos cercanos de Zeller, a personas que han dejado en él una huella, olvidada o aparecida de repente un día, en un momento, tan sutil y tan pura como era en el principio. El poema se vuelve una declaración entusiasta donde Zeller no celebra convencionalmente el mundo ni la percepción del mundo, sino que lo cuestiona, lo persigue y, desde su condición de poeta, lo condena.

Porque las convenciones críticas y los cánones poéticos nos han enseñado que son los poetas los condenados del cielo, del infierno y de la tierra. Sin embargo, en esto el sindicato de poetas no está de acuerdo. Los poetas son los que condenan a las cosas y a los seres de este mundo a través del tiempo y del lenguaje. Un tiempo, como nos lo muestra Zeller, en el que su sentido metafísico es la fluidez constante para hacer perenne la condena, y un lenguaje que deslimita al tiempo. No hay un presente ni un futuro ni un pretérito en estos poemas. Todo es, en un mismo punto de tiempo, la condena que formula el poeta contra lo posible, porque como dice Zeller: “Sólo el sueño de amor fija los imposibles”. La condena es para asegurar que no existen los fantasmas.

Ahora bien, lo que escuchan los poetas, es parte del equilibrio de lo etéreo. En esa dimensión, el lenguaje es etéreo. ¿Qué es lo que escucha Zeller antes de que se traduzca en alfabeto, luego en palabras y versos? ¿Qué escucha? Sin duda, al menos, escucha un parpadeo del tiempo: eso es lo que lo despierta hacia el lenguaje, un parpadeo del tiempo que es el parpadeo del Logos, que exige al poeta descifrar y ritmar la contradicción y las contradicciones. Así, lo que Zeller escucha del Logos hace fluir los poemas de este libro. Por eso hay la posibilidad de fantasmas, burlas de sí mismo, conversaciones con otros que son conversaciones con el lenguaje y la metáfora poética. Y después está el encanto, la percepción de Zeller para lograr que todo sea un río caudaloso de olores, “verbos resecos”, ideas, percepciones, insomnios, mundos oníricos y mundos de la perdición que ascienden desde el lenguaje hasta nuestros sentidos más adormilados, envolviéndonos en el universo que él escucha. Ese universo nos dice que nada es perfecto, que también del sueño sale uno a tropezones. “Sin cuerdas que guíen” dice Zeller, en el poema “De fantasmas, burlas y navajas”, en el que se ve a sí mismo como un fantasma que le habla cuando está frente al espejo rasurándose, comentándole en tercera persona sobre el mismo Zeller, que “clama por aquel paraíso que quedó entre las plumas/ Del río de la suerte”.

Lo veo luego sonreír irónico con la risa

En el borde de los labios. Le escucho maldecir ¡cuidado!

¡Más cuidado! Y bajar tras el vidrio la afilada navaja,

Mirándome, repitiendo sus burlas: “No lo tome usted en serio,

Termine de afeitarse ya, maestro, ¿no es parte de un collage

Donde se ríe y asegura que no existen los fantasmas?”.

Ludwig Zeller escucha el parpadeo del Logos metafísico pero también del Logos erótico: y aquí el encanto de la poesía de Zeller es infinito. Para quien quiera darse cuenta tendrá que leer el poema “Adorables señoras pervertibles, acaso” de este libro, donde el poeta habla justamente de lo que las mujeres escuchan en su interior, el parpadeo de la contradicción diríamos también, del lado luminoso de su ser que es pervertible, y que hace oídos sordos por convención o por prisión. Las señoras todas del mundo, de las cuales oímos, como dice un verso del libro el “balanceo de caderas que aprietan/ Perlas líquidas”, son adorables: en eso estaremos de acuerdo. Y también son pervertibles, y me parece que en eso también estaremos todos de acuerdo:

¿Están durmiendo acaso? ¿Por qué niegan la dicha

De mirarse a sí mismas? Adorables vestales que acarician

Las alas de la tarde, las que tienen la tentación de Ser

En la garganta, las que a escondidas danzan y no saben

Que el milagro es eterno y acumulan la miel en sus caderas.

Esas que están allí, esperando tras las lunas cerradas

Del espejo, inalcanzables para los mortales.

¿Quién podría clavarlas,

Abrirlas en los brazos del madero? Hacer que ardan

Sus médulas y despiertas puedan sentir el mar,

La polvareda del amor, el llanto en que mojaron sus cabellos.

Adorables, atractivas señoras pervertibles, acaso.

Ludwig Zeller define la poesía desde sus tres laberintos esenciales: el lenguaje, la levedad y el abismo. Me parece que estos tres laberintos o universos infinitos son la esencia de la poética de Zeller, pero también la esencia de la poesía. Zeller refresca la memoria poética del alma pero también refresca nuestro catálogo de percepciones. Nos muestra que la poesía no está en crisis, que una cosa es la comparsa poética y otra el alma poética que se abisma en el lenguaje para lograr un lenguaje que se lanza al abismo del alma.