El pianista negro

El pianista negro

Carlos Calderón Fajardo

Además de los trabajos a los que estaba obligado para cumplir con mi tesis de post-grado (sobre Husserl) no me interesaba en la vida otra cosa que estar en mi cuarto, sentado en un sillón, imaginando. Y por supuesto, edificaba historias, relatos que surgían en mí, presurosos, a partir de nimios detalles que desenrollaban un cuento dormido en mi cerebro. Esa era mi forma de vivir, pasarme el día imaginando unicornios, sirenas y centauros y por supuesto seres humanos: una serie incontable de seres vivientes; cabezas misteriosas, rostros ambiguos flotaban en mi particular delirio, personajes que adquirían vida en mis historias. Una pregunta me asediaba: ¿Era yo capaz de imaginar el rostro de alguien que no había existido nunca? Este preámbulo lo he creído necesario para ambientar lo que voy a relatar inmediatamente: Se trata de una historia sobre un pianista negro que no sé si realmente conocí o si fue alguien que mi imaginación inventó.

I

El viaje entre Bruselas y Amberes que yo realizaba a diario, acicateaba mi fantasía. Ahora sé que lo imaginario puro no existe; la historia que voy a contar relata un hecho que prueba su vinculación con lo real. Un día de octubre de 1976, yo era un sudamericano solitario, viviendo en un mundo al que pertenecía y al que sin embargo era completamente extraño. Miré por la ventanilla del tren: el barrio judío de Amberes corre paralelo a la estación del tren y hombres de largas harbas y sombreros altos y negros caminaban bajo letreros de firmas comercializadoras de diamantes. Se me había acabado la beca, y no había terminado mi tesis y por tanto tenía que ganarme la vida haciendo lo que sea. Me merecía aquellos ratos largos de evasión de la realidad. Gastaba energía en sobrevivir. Muchos de los latinoamericanos en Europa, para subsistir nos vemos obligados a ejercer oficios raros: hay bolivianos que se ganan el pan y el vino reemplazando focos malogrados en los postes a lo largo de centenares de kilómetros de autopistas alemanas; yo conocí un uruguayo profesor de filosofía que trabajaba de campanero en la iglesia de Saint Nicolas de Chardonet, en el barrio Latino de París, perdió el empleo expulsado por las hordas de
Monseñor Levfebre, que con los miembros de la reaccionaria Acción Francesa tomaron aquella iglesia para reclamar en favor de las misas oficiadas en latín. Muchos
argentinos venden su sangre en los hospitales luxemburgueses; y pálidos hondureños sirven de cobayos en Bruselas para probar medicamentos en fase de experimentación; chilenos exilados laboran tras las cunetas de las autopistas, al pie de los prados, pintando de blanco la mitad de los tallos de abetos y alerces para que no se trepen los insectos hambrientos a devorar las espléndidas hojas: he conocido venezolanos que para ganar el dinero suficiente que les permita comer trabajan cronometrando el paso de los automóviles alrededor de las plazas suecas; costarricenses que surten agua y papel higiénico a despampanantes rubias flamencas que ejercen la prostitución exhibiéndose en escaparates. Y, sin embargo, a pesar de este recuento estrambótico de oficios, no creo que haya habido uno más descorazonador que el que yo desempeñaba en Flandes. No ero la primera vez que yo ejercía un quehacer estrafalario; he sido siempre penoso coleccionista de oficios raros: en París paseé perros falderos, rotulé sobres, hice de mandadero de solitarios inválidos —les hacía las compras y me daban una propina—, hasta he sido acompañante, con maracas, de trashumantes cantantes de boleros tropicales en aquellos laberintos que son los túneles de los metros. Luego, ya establecido en Bélgica, continué incrementando mi currículo con más empleos raros: fui vendedor de papas fritas en Lovaina, lazarillo de ancianos ciegos en Bruselas, vigilante de supermercados en Lieja, ayudante de cocina en los comedores universitarios de Lovaina la Nueva, de cachuelo en cachuelo, en un viaje inacabable, y todo ese interminable esfuerzo destinado a un solo objetivo: obtener un título de post-grado, para así poder ostentar a mi regreso el membrete académico de doctor; pero con tanto trabajo y tanta energía malgastada en sobrevivir qué podía decir de nuevo sobre la obra de Husserl. Allí estaba mi tesis, durmiendo. Inacabable era la palabra clave. Así hasta el día que llegué a ejercer el oficio que considero fue el más denigrante de mi colección: el de desinfectador de cuartos de hospital; en eso trabajaba yo en el hospital de Malowe.
Malowe es un villorio pequeño y amable dedicado casi exclusivamente a su no poco famoso hospital; enclavado en un bosque de coníferas, a Malowe se llega desde Bruselas en tren itinerario luego de media hora de viaje. El trayecto entre la estación y el sanatorio demora 15 minutos en condiciones normales en un pequeño tranvía rojo; pero uno puede llegar, de otra manera, moribundo, a la sección emergencia del hospital, transportado en una ambulancia.

II

No basta describir con un par de palabras cómo llegué a Malowe, debo contarlo con más detalle. Viajaba yo de Amberes a Bruselas en tren, confortablemente instalado en un vagón para fumadores, imaginando animales fantásticos, seres de toda laya y trenzando historias, cuando, en una estación intermedia, entró a mi cabina un negro muy delgado; no traía más equipaje que un bolsón de mano. Aquel negro, ojón y algo jorobado, se sentó frente a mí, junto a la ventanilla; le miré las manos, tenía los dedos muy largos y curvados hacia arriba. Supuse, por deducción, que era pianista. Un músico americano. Comprobé su nacionalidad cuando a requerimiento del controlador sacó su boleto que tenía metido dentro del pasaporte azul norteamericano, inconfundible. Americano, pianista, negro. Era lógico suponer que se trataba de uno de esos jazzman, que como búfalos errantes, año a año, viajan desde las tundras americanas, tumbas de soledad y racismo, en busca de solaz en Europa siguiendo la huella otrora dejada por aquel bisonte negro que fue Sidney Bechet. Su abrigo de gabardina era de un azul reluciente, muy bien moldeado a su cuerpo como suelen ser los sobretodos americanos. Cada detalle era un dato para mi afiebrada imaginación.
El tren disminuyó la velocidad al ingresar a los arrabales de la ciudad de Malinas. El pianista extrajo su maletín del enrejado sobre el asiento y descendió del tren. Tenía que ser pianista, sólo alguien con un oficio así podía tener los dedos de las manos tan largos y tan volteados hacia arriba. Pero, ¿qué podía hacer un negro americano pianista en un pueblito como Malinas?
El tren volvió a partir. Volví a quedar solo en la cabina. Encontré, luego de pensar un buen rato, una respuesta paliativa al enigma de la presencia de un negro pianista en ese lugar; en alguna parte yo había leído que Malinas era el pueblo oriundo del tronco familiar de Beethoven, que era de origen flamenco y no alemán: VAN Beethoven. El negro pianista estaba en peregrinaje musical. Los campos de Bélgica habían sido cubiertos de una nieve azul añil. Esto es lo último que recuerdo: la nieve que se va tornando cada vez más azulina. Luego, la nieve, es un oceáno que se nubla. Perdí el conocimiento.
Fue de esa manera, algo singular, como llegue a Malowe. Cuando desperté me transportaban en una camilla rodante. Me habían bajado del tren y me habían llevado de urgencia al hospital más cercano. En el hospital de ese pequeño pueblecito flamenco fui conducido por un túnel subterráneo tapizado de gruesos cables y luces de neón. Al día siguiente de mi internamiento me ubicaron en una habitación bastante iluminada y ventilada. El aire entraba por un gran ventanal que daba a un bosque que parecía ondular al viento. Los médicos de Malowe no sólo diagnosticaron acertadamente mi enfermedad y la curaron, sino que descubrieron mi indigencia y trataron de ponerle remedio. Fue así como conseguí trabajo de desinfectador de habitaciones en el sanatorio de Malowe.

III

Ha llegado el momento que les hable del pianista negro. Preparaba yo los instrumentos que me son necesarios para mi trabajo, cuando, de pronto, escuché, a lo lejos, el inconfundible sonido de un piano. Meses atrás, el músico de jazz, Taylor Dullin había sido internado grave, en estado calamitoso, en el hospital de Malowe.
Debió de tener una colección de dolencias de índole orgánico, pero, para mí, la enfermedad real consistía en dar respuesta a esa melodía disonante que resonaba en su interior, esquiva, y que Dullin no podía trasladar al piano. A su manera me lo dijo, luego de aceptar mi amistad. Fue esa la razón por la que dejó de tocar en público, ese es el verdadero motivo por el que había abandonado los Estados Unidos; no tenía deseos de comer, por esa razón bebía y se drogaba. Yo logré inspirarle confianza y fue la única persona en Malowe en quien confió. Esa inarmonía que resonaba en su espíritu lo fue carcomiendo hasta que ya casi hecho una piltrafa humana fue internado en el hospital de Malowe. Solía permanecer en silencio horas enteras, con sus ojos abultados y tristes mirando la nieve. Y yo no sólo me gané su confianza sino que logré lo que parecía imposible: que Taylor Dullin volviese a tocar. Lo convencí para que lo intentara una vez más, y así lo hizo en un viejo piano que había en la sala de billar del sanatorio. En aquel pequeño saloncito de paredes con ventanas de vidrio, en aquella habitación, que era como una pecera iluminada por un foco de neón, Taylor Dullin tocó la misma melodía durante algunos días, variantes y más variantes, sumido en una improvisación farragosa que acompañaba con un canturreo, con un murmullo que brotaba áspero de entre sus dientes amarillos.
Paraba sentado en una silla de ruedas, en la terraza, en el solario contiguo a las habitaciones de los pacientes, mirando hacia la noche, hacia el cielo estrellado con sus pupilas acuosas. Yo entraba a verlo luego de la hora de reposo obligatorio, al atardecer. Era poco locuaz. Y a veces se ponía eufórico, otras veces, con repentinos cambios de humor, muy triste, sin que nadie adivinase la inarmonía oculta que lo carcomía.
Tenía salidas inesperadas, demasiado sorprendentes diría yo. Un día muy exaltado, con euforia me dijo:
—Yo peruvian, peruvian like you —y después de decir eso empezó a dar de saltos remedando una curiosa danza; al parecer para Dullin se trataba de una danza incaica. Era una danza grotesca y ese bailoteo no me causaba ninguna gracia.
—Yo africano, africano —dije y comencé a danzar imitando a un Zulú enardecido. Yo africano, yo blackman of Africa —decía yo mientras bailaba.
Él no me hito caso, siguió bailando con frenesí hasta que cayó de bruces al suelo. Echado en el suelo no dejaba de decir: «Yo peruvian, peruvian».
Desde ese día una amistad cómplice se intensificó entre nosotros. Le dije que peruvian en español era peruano y en broma empecé a llamarlo peruano.
«Hola peruano, cómo estás peruano», y eso le causaba a Dullin una satisfacción que le hacía sonreír con los ojos. Comprendí que cuando miraba al cielo miraba hacia la libertad inalcanzable.
Una noche, Taylor Dullin y yo saltamos el muro de ladrillo que rodeaba el sanatorio. Atravesamos el bosque de alerces adyacentes y no paramos de caminar en silencio hasta llegar al pueblo de Malowe, hasta encontrar las luces de un bar.
Taylor Dullin y yo bebimos en la penumbra hasta que tambaleantes salimos del bar cargando con una botella sin abrir, continuamos nuestra imparable borrachera sentados con nuestra botella sobre la nieve.
Los dos terminamos tumbados en el suelo, inconscientes: nuestras caras oscuras se recostaron sobre la nieve que refulgía blanquecina bajo el sol. Cuando se percataron en el hospital de nuestra ausencia ya fue tarde. A mí pudieron salvarme, pero no a Taylor Dullin.
Al entierro del pianista negro sólo fueron su médico tratante y un par de enfermeras. Como corolario puedo decir que tuve la suerte de ser dispensado de la tarea de desinfectar la habitación de Taylor Dullin. Con la muerte de mi amigo pianista comprendí que a mí el trabajo sólo me había proporcionado pesadumbre y confusión. Tampoco mis investigaciones sobre la filosofía de Husserl habían sido consuelo, no había nada importante y sólo me habían servido para aumentar mi confusión y mi soledad. Comprendí que el verdadero conocimiento era el que originaba la experiencia inmediata, una imagen intensa: como, por ejemplo, el pianista negro muerto y tendido sobre b nieve. Las manos de dedos largos y curvos, tendidas, muertas sobre aquella nieve que refulgía bajo la luz amarillenta del invierno. Taylor Dullin yacente sobre ese manto frígido: pálido, su cara con protuberancias y nódulos, sus párpados hinchados, su boca entreabierta. Aquel cuerpo negro, agonizando en la nieve blanca, era un reflejo de mí mismo, como una metáfora de lo que yo había sido en la vida: un ser de rostro oscuro, de bruces sobre la nieve estéril.
Muerto el artista sin poder reencontrarse con la melodía perdida, lejos de una patria que para él no fue nunca verdaderamente patria. Algo que vivió para no dejar de morir. Al reflexionar sobre esa experiencia intensa comprendí, al fin, quién era yo.
El resultado de esa experiencia se hizo patente en mi vida. Pareció concentrarse en un instante: en algo que ocurrió en fracción de segundos: en el tiempo escaso que
demora un tren en cambiar de una vía a otra.

IV

Eso fue lo que ocurrió, debí de haber vivido durante un larguísimo minuto en el centro de un territorio indefinible. Eso fue lo que pasó, me desmaye y mi imaginación continuó trabajando en mis sueños.
Cuando volví a abrir los ojos, el tren acababa de salir de la estación de Amberes; todavía alcancé a ver los letreros de los talladores de diamantes en las paredes de adobón de los inmuebles vecinos a la estación, en el barrio judío.
Descendí en la estación de Bruselas, luego hice lo que hago cada vez que llego a Bruselas antes de irme a mi casa: pasearme por la avenida principal de la ciudad, por la AnspachStraat, viendo vitrinas. Allí estaba nuevamente el pianista negro; en un afiche pegado al escaparate de una tienda. El mismo hombre del tren, con sus largas manos extendidas sobre el teclado de un piano, Taylor Dullin daba un recital esa noche en Bruselas.