Las moradas

Las moradas

Por Abelardo Sánchez León

 

 

Cada visita al cementerio me cuesta un muerto.

Père Lachaise, ese parque, ese museo, ese cementerio.

Las hojas hervían en su lugar de origen hasta

desplomarse por los suelos;

luego venía el barrendero, overol sin rostro,

como los heraldos negros no a anunciar sus muertes

sino a recogerlas con esos rastrillos de los recogedores

de los parques, de los museos, de los cementerios.

El barrendero las acumula al pie del árbol sin ritual

alguno:

 

por comodidad y manía, supongo, como en la morgue

se colocan en hileras.

Dijo: «hembra, mestiza, sin documentos».

Y qué ha de importar después del primer impacto,

de las primeras reflexiones en voz alta:

«si estaba en lo mejor de su vida

(como si ese momento existiese)

pensar que mañana donde él estuvo habrá sólo

ausencia y vacío».

 

En Tetecala tengo una deuda pendiente:

bajo un cielo sin contemplaciones, azul

—con el maldito azul del cielo de México según

Burroughs—

visité las tumbas de la gente humilde,

así se refieren los curas y los acomodados

para los que morir es igual a vivir,

allí con su cajón en la calle

Y deben enfilar hacia el cementerio encima de la ciudad

y el lodo.

 

En Tetecala hice turismo sin vergüenza.

A ninguno de los muertos me unía absolutamente nada,

pues al cabo no soy un legítimo hijo

para irme a tomar con los muertos,

es la costumbre dicen:

 

«auquénidos, ni el dolor les afecta;

su corazón, piedra tallada en las heladas.

No respetan a los patrones ni a los muertos.

Que el fuego eterno les aguarde; su merecido».

 

En Comas la caravana llega trepando por el centro de

piedras

hasta una terraza de arena junto a una ladera más alta:

la sombra de esa mole de tierra árida evita el sol y el

aire.

 

Sólo queda el silencio. Y el silencio no interesa.

Ni la soledad. Ni los muertos.

De los muertos también se vive, se hace negocio.

Mitla, por ejemplo, hace girar su economía hacia las

ruinas:

 

piedras ridículas y dispersas, residuos de grandeza.

En Comas, si se es de Comas, se tiene tarifa especial:

con las uñas, arañando la sequedad de un rostro curtido,

el intento de encontrar agua escondida será el mismo

al de depositarlo sereno, y que en paz descanse, entre

aquellos corredores.

 

Los pudientes deben morir igual consuelan al cristiano

trasladándonos a un estrato superior,

sin este cuerpo banal consumido en bajezas,

porque contempla, mortal, los vicios que se agolpan:

arroja, pues, al foso que a los pies se abre

como un mamífero hambriento

esos harapos que en vida se llamaron carne,

el pescuezo de gallo, las calancas, la jiba,

el abdomen, las caries, el esófago, el cuero cabelludo.

 

Oh cementerios de flores

kioskos de azucenas y gladiolos…

 

En Yungay

queda en un promontorio como si quisiera ceriorarse

que entre la tierra y el cielo es el puente natural.

Yungay es ahora un enorme cementerio de piedra

que empieza a mostrar su resoplido

y flora entre la hierba intentando respirar

por ese ventanal que es el cielo cuando no hay mar

cerca.

 

En el Presbítero Maestro no hay cupo.

En El Ángel construyen lechos en seis pisos

y el pasto, aún sin lluvias, crece por los bordes

para mantener el romanticismo de los gusanos.

Los gusanos luego se comerán entre ellos

como los parientes se disputarán los bienes

—«un recuerdo del difunto»—

a la inversa de los antiguos que lo introducían

en el fardo con sus objetos de viaje.

 

«Las cruces verdes, las cruces azules, las cruces

amarillas»,

cementerio que conocí en un verso de Cisneros.

Los esqueletos se desparraman por los interiores del

estómago

y no hay más nube que la de un ojo velado

en su carnosidad.

Quien aguarda la muerte en el hospital

aletea atrapado en su mandil blanco,

vana paloma ensangrentada incorporándose a la hora

de visitas.

Contempla mientras lo succiona una caída hacia las

piedras,

escucha las frases bien dichas, sin errores,

el prudente silencio.

 

No hay pueblo, por más miserable, que no mantenga

a sus muertos.

Son como la basura: donde se vaya se hace desperdicio.

Los observadores afirman que por la basura

se conocen las costumbres de las culturas:

sus comidas, sus ropas, sus enseres.

Igual sucede con los muertos:

unas cavan, unas incineran, otras los trepan a nichos

utilizando plataformas móviles.

 

Cuando estuve en Huata abrí una reja.

El pasto había cubierto las tumbas bajas

e incursionaba por las losas de los mausoleos de

provincia.

 

Silencio. El silbido del viento lo negaba

y lo convertía, a su vez, en silencio verdadero.

Sin duda estaban muertos aunque se les distinguía

por algún retrato de lo que osaron ser en vida.

 

Eran los parientes de mi amigo. Miré, leí y nos fuimos.

Los cementerios suelen estar desprovistos de afecto.

Se va y se sale con un conjunto de reflexiones absurdas.

Yo recuerdo una cuando vi la tumba de Abelardo y Eloísa.

Se llamaba como yo ese monje filósofo y me dije:

 

«el cementerio por fin los une en su lecho de tierra».

Y me fui. Hasta el día, supongo, en que no saldré más.

Cuando sea mi propia víctima.