El milagro del turco Abdula

narrativa

El milagro del turco Abdula

Por MARIO DELGADO APARAÍN

 

A la memoria de Scherezade, por haber resistido mil y una noches

 

Uno de los vagabundos erráticos que merodeaban por las inmediaciones del Hospital de Clínicas, tomó asiento sobre un casillero vacío muy cerca del sitio donde a la sombra de un tilo, a las tres de la tarde, el Conde Pereira trataba de dejarse llevar por la ensoñación de la siesta. Se había acercado hasta él, porque quería decirle algo con respecto a un sujeto que no le inspiraba confianza, que acababa de acomodarse muy cerca de donde estaban, a unos cuatro árboles de distancia, y a quien nunca había visto antes por allí. Pero el Conde ya había cerrado los ojos y el vagabundo, conocido como Manolín Morales, no se atrevió a molestarlo.

En silencio, desde el casillero donde estaba sentado, Manolín observó al forastero con insistencia descarada y sintió que más allá de la curiosidad que le despertaba, había un rechazo difícil de explicar. El tipo se había acomodado en un hueco entre las raíces y tenía a su lado una pila no muy grande de diarios viejos y cada poco, descansaba sobre un codo, tomaba uno, lo desplegaba y leía durante un buen rato. Tal vez la sensación de rechazo y desconfianza que el tipo le provocaba a Manolín Morales, era su forma altiva de leer, como si lo hiciera por obligación o más bien despreciando lo que obtenía de la lectura. Luego lo doblaba cuidadosamente, lo retornaba al último lugar de la pila y tomaba otro.

“El diario que lee ese tipo, no es de aquí”, dijo Manolín Morales, en voz alta, al ver que si bien le resultaba imposible descifrar el nombre del diario a cuatro árboles de distancia, la confusa forma del título le bastaba para asegurar que no se trataba de un diario nacional.

— Es el “Granma”, el diario principal de los cubanos… – dijo el Conde de Caraguatá, sin quitarse el sombrero de los ojos. Luego soltó una risita floja, anodina, propia de quien disfruta para sus adentros de una pequeña venganza cargada de picantes. Manolín se sorprendió de que le diese una respuesta sin abrir los ojos, lo que significaba que el Conde sabía más de lo que él suponía sobre aquel forastero.

— Comunista el tipo… – dijo Manolín.

— Todo lo contrario – respondió el Conde – Ese hombre se llama Abdula Kemal, un fascista reventado que ahora ve la realidad con otros ojos. Su historia es digna de las Mil y una Noches…

De pronto el Conde pareció comprender que era imposible dormir la siesta de todos los días con Manolín a su lado, tratando de hurgar en los antecedentes de aquel que a unos metros de ellos, repasaba noticias viejas de Cuba. Entre resoplidos y quejas, el Conde se fue levantando de a poco hasta que recostó su espalda en el tronco del árbol y permaneció unos instantes observando con Manolín al hombre que leía.

— Sería muy interesante saber qué piensa de la vida… Acaba de llegar de Cuba y  ahora se ve que no sabe qué hacer, pues no se atreve a volver al pueblo del Chuy, donde vive – dijo.

— ¿Quién te dijo todo eso que me estás diciendo?

— No vas a creer quién me lo dijo. Me lo dijo María Julia Muñoz, la Ministra de Salud, con quien somos muy camaradas. Desde que viene a correr por las mañanas al Parque de los Aliados, se detiene a saludarme y conversamos. Una linda mujer, gran señora. Nos hicimos tan amigos que me invitó a que no le dijera más Señora Ministra de Salud ni Señora María Julia sino simplemente Marita, como dice que le dicen sus amigos. Por supuesto, ella ya no me llama más “Conde Pereira”, sino simplemente Pedropé. Pues fue ayer que la vi aproximarse como todos los días, vestida como un demonio, con su buzo y sus pantalones rojos de correr, cuando detuvo el trote matutino frente al turco de los diarios cubanos y lo hizo sentar en un banco para mirarle los ojos. Por la confianza con que lo hizo, se veía que lo conocía de algún sitio. Cuando terminó de revisarlo y lo dejó atrás, me vio y vino a saludarme como lo hace siempre y a hablar de esas nimiedades de la salud que hablan los amigos cuando se encuentran por la mañana. Al fin, le dije que me había llamado la atención que se detuviese a mirarle los ojos al tipo y me dijo que se trataba de un paciente recién llegado de la “Operación Milagro”, uno de esos enfermos de los ojos que mandan a Cuba para que los curen. Dijo que el turco era en realidad un personaje siniestro, pero que tenía el mismo derecho a curarse que cualquier ciudadano y que desde que había vuelto de Cuba, ya no era más un ciego desgraciado, sino una simple sabandija con los ojos bien abiertos. Ahora, Manolín, como puedes apreciarlo por ti mismo, el turco Abdula Kemal lee y relee un ejemplar viejo del “Granma” por cada uno de los días que estuvo internado en el hospital de La Habana. Es decir, esa pila que ves a su lado, tiene catorce diarios cubanos. En una palabra, el tipo es un tarado que nunca terminará de entender lo que vivió. La historia que me contó mi amiga la Ministra de Salud se la contó a ella Mohammed El Zaid, el médico palestino que atendió al turco en el Chuy. Y lo que son las casualidades de la vida, Manolín: al doctor El Zaid lo conozco desde hace muchos años, de los tiempos en que estuve en el Chuy, cuando ya era un hombre respetado. Pues con él trabaja una prima lejana hija de un sobrino de mi padre, la Chera Pereira, enfermera y buena gente, soltera todavía. Pero como te dije al principio, la historia de este turco, parece salida de las Mil y una Noches.

 

2

 

Dicen que todos los martes, a las tres en punto de la tarde, después de la siesta, la enfermera Sherezade Pereira abría la policlínica del pueblo del Chuy y dejaba que ingresaran a la sala de espera los seis o siete pacientes, que al rayo del sol, hacían fila en la acera de la calle Ipiranga y aguardaban por la salvación de las mil y una pestes que les arruinaban los ojos.

Una vez adentro, con dulzura e infinita paciencia, la muchacha los hacía pasar uno tras otro frente a su pequeña mesa metálica y, si se trataba de un paciente conocido, sacaba su historia clínica del fichero que tenía ante sí y la dejaba por orden de llegada sobre el escritorio del médico. De lo contrario, si el recién llegado era atendido por primera vez, rellenaba un impreso con sus datos personales, le formulaba algunas preguntas sencillas sobre la presunta dolencia que lo había llevado hasta allí y lo hacía tomar asiento a la espera de que llegara su turno.

Media hora después, vestido con su túnica blanca y oliendo a jabón de resina, recién levantado de la siesta y con el pelo aún mojado por el baño, llegaba al consultorio el doctor Mohammed El Zaid. Se trataba de un oftalmólogo palestino de mediana edad, radicado en el Chuy unos quince años antes del día en que el presidente Bush afirmase que por la calle principal de aquel pueblo a caballo de la frontera entre el Uruguay y el Brasil, pasaba el más sinuoso y temible de todos los trazos que alguien hubiese hecho sobre el planeta: la Línea del Mal.

Morena, dueña de una apacible y enérgica belleza que le venía de su madre árabe y de su apuesto padre brasileño, un acróbata de circo de Minas Gerais que las había abandonado a ambas en una noche sin red bajo el trapecio, la enfermera, a quien nadie llamaba Sherezade sino simple y cariñosamente Chera, se apresuraba no solo a entregarle al médico las historias clínicas, sino también a señalarle con cuál de los pacientes, a juzgar por su apariencia de persona sin recursos, se justificaba que le atendiese sin cobrarle la consulta.

El doctor Mohammed El Zaid, un hombre que presumía con amargo sarcasmo de ser “un comunista de la última hora”, parecía cargar siempre una profunda fatiga secreta que le anegaba el alma y que sus amigos del bar “El pescador” atribuían a una desilusión nunca reconocida, que le venía de los días en que Gorbachov empezó a desbaratar la esperanza soviética con sus reformas imprevisibles. De todos modos, la enfermera sabía, pues lo había aprendido de sus menesteres en el consultorio, que para menguar aquella reducción del mundo, el doctor mantenía una nutrida correspondencia con La Habana, en particular con los colegas oftalmólogos que trabajan en la «Operación Milagro» y que a menudo le enviaban información sobre los últimos descubrimientos o los resultados de una operación de cataratas practicada en un hospital cubano a un paisano sin recursos del Chuy. Al mismo tiempo, con la intención de mantener inalterables sus principios, él mismo había decidido asistir gratis a un indigente cada martes y por delicadeza, para no perturbarlo con el gesto, lo dejaba discretamente para el final de la consulta, cuando ya todos los demás pacientes se habían marchado.

Fue así como, luego de más de veinte años de no verlo, se encontró con el turco Abdula Kemal sentado frente a frente, al otro lado de su escritorio.

Se trataba de un hombre detestable, de cara congestionada y cuerpo mal tratado por la vida, aunque había vivido algunos años de bonanza gracias a la prosperidad de su padre, un comerciante venido de Bagdad, y a su propia condición de redomado alcahuete de los agentes de inteligencia en los tiempos de la dictadura militar.

Al principio le costó reconocerlo, pero cuando lo hizo se quedó estupefacto. Por culpa de aquel hombre que veinte años atrás, “en un acto de heroísmo cívico” lo había denunciado a las autoridades, el doctor Mohammed el Zaid fue sacado del pescuezo del bar “El pescador” y arrojado a las mazmorras del cuartel de Rocha, donde lo habían molido concienzudamente a garrotazos, acusado de presuntas vinculaciones con los comunistas brasileños de Río Grande del Sur.

Por su parte, Abdula Kemal ni por asomo había reconocido al oftalmólogo y tampoco tenía muchas posibilidades de hacerlo, pues a diferencia de aquellos tiempos, ahora estaba tan ciego como la puerta de un banco a medianoche. Su aspecto era deplorable y ruin. Su cuerpo tiritaba como si estuviese a la intemperie en pleno invierno y cuando hablaba, su voz era temblorosa y apagada como el sollozo de un viudo.

— ¿Qué lo trae por aquí, amigo? —preguntó el médico, procurando que su turbación no lo delatara.

— Me he quedado ciego, doctor. Antes veía, pero hace dos o tres semanas que no puedo ver. Se me parte la cabeza de dolor, me duele la garganta y el alma me da vueltas desde hace días.

Al verlo lloriquear y gesticular como si quisiera capturar en algún sitio muy próximo al fantasma de su peste, el doctor Mohammed El Zaid se levantó de la silla acolchada y experimentó una maligna e intensa sensación de disfrute, que lo llevó a exprimir aquella situación hasta donde fuese posible. Dio la vuelta alrededor de la mesa, le hizo levantar la cabeza hacia el techo y tras abrirle los párpados con dos dedos, exploró los ojos de Abdula a la luz de una lámpara de hendidura. El médico emitió un «mm……» con preocupación y dijo en voz baja, como para sí, que la motilidad ocular estaba notoriamente alterada y que allí se percibía claramente una hemorragia subconjuntival, a lo que se sumaba una severa inflamación de retina. Luego le exploró los ganglios linfáticos y volvió a manifestar preocupación. Estaban inflamados y era notorio que tenía fiebre alta.

El doctor Mohammed El Zaid volvió a sentarse y lo observó detenidamente. Por un instante recordó los días del desprecio y al turco Abdula guiando a los soldados en los allanamientos nocturnos. Sin embargo, mantuvo la compostura y se dispuso a escuchar su historia.

— Cuénteme cómo empezó todo esto.

— ¿Es grave lo mío?

Abdula traspiraba sin tregua y de él emanaban efluvios asquerosos que no demoraron en traspasar la puerta del consultorio e inundar la sala de espera donde Chera Pereira trabajaba en silencio, ordenando las fichas de los pacientes que se habían marchado.

— Lo suyo es toxoplasmosis en estado avanzado…

— ¿Y eso de dónde viene? ¿Es grave?

— Viene de una infección con el toxoplasma gondii y… ¿Quiere que le diga la verdad? Sí, es grave. Pero de eso hablaremos después. Ahora cuénteme de usted.

— Alguien me puso una pomada en los ojos…

 

3

 

Abdula se pasó un trapo a cuadros por la frente. Luego permaneció un instante pensativo, con la cabeza gacha y los brazos caídos a los lados. Su cráneo, achicharrado por el sol de los caminos, brillaba por el sudor y la fiebre. Al fin, pareció encontrar el principio de su propia historia en medio de la oscuridad que traía consigo.

— Alguien me puso una pomada… Es una historia muy extraña la mía, sí señor. En realidad, nadie diría que hubo tiempos en que yo tenía un pequeño capital y mi apariencia no era esta que usted está viendo, doctor. El capital no lo robé, lo heredé de mi padre, don Mahmut Kemal, a quien todos los habitantes del Chuy recuerdan. Era el dueño del bazar “Ataturk” y cuando murió repartimos su herencia entre mis seis hermanos. Con lo que me correspondió, compré ochenta caballos buenos a un criador brasilero en Candiota y los pasé por la frontera de Aceguá para vendérselos al doble a un estanciero de Cerro Largo, quien a su vez se los vendía al ejército. Fue un gran negocio…

— Eso es contrabando descarado, amigo.

— Negocio. Eso fue un buen negocio. Lo hice durante muchos años.

— ¿Me quiere hacer creer que traía los caballos pelados?

El ciego Abdula elevó los ojos a un techo imaginario y sonrió en medio de un mar de orgullo. Era una sonrisa mezquina, de pillo sin sentido de culpa.

— Bueno, pelados no… —dijo—. Llegué a traer, a lomo de cuarenta caballos, cargamentos importantes de televisores, cocinas, equipos de radio, lo que usted pidiera en electrodomésticos. Otras veces eran relojes, pulseras de oro, chaquetas, ponchos de paño, mantas y botas de buen cuero para los soldados del destacamento de frontera. Pero la historia empezó un mediodía de enero de calor insoportable, cuando volvía de un viaje muy largo a la ciudad de Bagé y me detuve a descansar a orillas de un arroyo no muy lejos de la frontera, con los veinte caballos que traía. En realidad había sido un viaje malo, realmente malo, pues no traía carga alguna y, para colmo, veinte animales menos que de costumbre. Así estaba de deprimido, comiendo un pedazo de asado frío con galleta y vino tinto bajo unos espinillos, cuando llegó por allí un palestino del Chuy que iba caminando hacia Santa Victoria de Palmar.

»El hombre se acercó al lugar donde yo descansaba, me miró largamente como si me conociera de alguna parte y se sentó al borde de la barranca del arroyo, metiendo las piernas en el agua fresca. Ahí me di cuenta, viéndolo de perfil, con su barba de chivo y sus rulos de alambre, que yo sí lo conocía de muchos años atrás. Era un tal Yasín, un revoltoso de lengua larga con aspecto de terrorista, de esos que repiten una y otra vez que Palestina existe, que Palestina resiste o que Palestina vive. Yo mismo lo hice meter preso una vez, cuando lo escuché en un comercio hablar de que Satanás tenía un hijo tan meritorio que había llegado a ser presidente de los Estados Unidos. Y mientras iba a visitar a un coronel amigo, me dije pensando en el loco Yasín, que de loco no tenía nada: “Yo te voy a sacar los comunismos…”. Y así fue. Al día siguiente, estaba preso y estaqueado en el patio del cuartel. Vivía en las afueras del Chuy, rodeado de gatos negros, tocando la armónica y con mucha fama de hacer curaciones con pomadas extrañas, sobre todo de enfermedades de la piel y pesadillas de la mente. Sin embargo, él no dio muestras de saber que yo era quien le había hecho pasar aquel mal rato años atrás, pues no había en su rostro ninguna expresión de rencor o de malicia alguna. Es más, aceptó mi invitación de asado frío y vino tinto y conversamos mucho rato sobre mis caballos y las formas que teníamos de ganarnos la vida. Habíamos tomado ya unos dos litros de vino, cuando me contó sobre sus famosas curaciones con las pomadas que él mismo fabricaba y de su descubrimiento para prevenir las pesadillas de la gente que dormía aterrorizada. Yasín me aseguró que la gente que más pesadillas tiene, es la que duerme con gatos bajo la cama, y que eso esta mal, muy mal. Dijo que ya en la época de los egipcios, se procuraba tenerlos lejos de la casa a la hora del sueño. ¿Por qué? Porque los gatos son los únicos animales con la capacidad de capturar imágenes extrañas de los humanos, pero parece que no les gusta nada, se sienten muy incómodos con ellas. Para quitárselas de encima los gatos se las devuelven cagando y así las traspasan a sus dueños mientras duermen.

“Para los gatos”, dijo Yasín, “esa es la mejor manera de sacudirse los sueños malos”. Así que se puso a trabajar con la mierda de sus propios gatos negros, porque se convenció de que justo allí debía de estar la esencia opuesta a las pesadillas, tal vez los sueños más excelentes.

Entre tantos experimentos que hizo, una vez mezcló mierda de gato con pomada Mináncora, más el jugo de un yuyo estabilizador de la mixtura, que alguien le había mandado del Paraguay… y el resultado fue milagroso. Yasín aseguró que el alcanfor de esta pomada brasilera, al mezclarse con la mierda fresca del gato, provoca extrañas y luminosas imágenes de tierra y oro, sobre todo de libras esterlinas enterradas en un radio de dos leguas alrededor del sitio en donde se usó el ungüento. Gracias a la propiedad estabilizadora que tiene el yuyo paraguayo, la imagen se mantiene quieta y muy clara en el sueño durante largo rato, de manera que luego, una vez despierto, quien la ha soñado puede analizarla a gusto. Precisamente, Yasín dijo que en eso estaba, que iba a experimentar con un famoso tesoro enterrado por los piratas portugueses del legendario Xico Guedes doscientos años atrás, en las inmediaciones de Santa Victoria do Palmar, lugar donde pensaba dormir esa noche.

Confieso que tal vez por la depresión que traía de ver mis caballos sin un miserable cargamento de ropa para damas en sus lomos o por los litros de vino que había tomado o por la codicia que muchas veces me hizo perder el sentido, me tenté de probar la maldita pomada del palestino y se lo dije. Él sonrió, sacó los pies del agua y se fue hasta la rama del plumerillo donde había colgado su maleta de lona. De allí sacó una lata anaranjada de pomada Mináncora y la destapó, dejando salir el olor agradable y picante del alcanfor, más alguna otra sustancia aromática desconocida, tal vez ese yuyo del Paraguay que había mencionado. Yasín me miró con una expresión muy bondadosa y me advirtió que aquella lata era todo lo que tenía, así que me proponía un trato: si yo lograba ver algo de oro luego de usarla, no pedía que lo repartiese con él, sino que le bastaba con que le obsequiara uno de mis caballos.

El negocio me pareció muy razonable y le dije que sí, que lo haríamos como él había propuesto, así que “Póngame la pomada, hermano”, le dije.

Él se acercó y mientras metía un dedo en la lata y lo untaba con aquella mezcla misteriosa, me advirtió: “Parece asunto de Mandinga, Abdula, pero si te pasas la pomada por el ojo izquierdo y cierras el otro, verás cualquier cosa que sea de oro y que esté enterrada en los alrededores. Pero si te pasas la pomada por el ojo derecho, no verás nada con ninguno de los dos. Si te la pones como te indico, te duermes una siesta y soñarás como te digo. No es difícil que encuentres una pulsera de oro al pie del plumerillo ese…”

Lo dijo con una sonrisa de buen hombre, mientras me aplicaba la pomada en el ojo izquierdo y señalaba el árbol donde estaba colgada su maleta. Luego me hizo reclinar sobre el pasto para que durmiese un rato, cosa que nada me costó, pues habíamos tomado tanto vino como para dormir los veinte caballos que descansaban a la sombra del monte. Lo asombroso fue que empecé a soñar con un árbol muy verde y cargado de plumerillos rojos como sangre, hasta que, no muy lejos del tronco, una especie de luz dorada comenzó a subir y bajar hasta apagarse, tal como si allí, debajo de la tierra, hubiese una pulsera de oro como en broma había dicho Yasín. Pero aquello no resultó una broma. Me levanté como un rayo y me puse a escarbar con las manos en el sitio de donde, en el terreno del sueño, había brotado aquella luz dorada. De boca abierta me quedé, allí estaba. Era una hermosa pulsera dorada con amatistas violetas opacadas por la tierra, una joya no muy antigua pero muy pesada, tal vez lo suficiente como para cambiarla sin arrepentimientos por uno de mis veinte caballos. Mientras lavaba la pulsera en el arroyo para quitarle la costra de tierra dura, le dije a Yasín que eligiera el animal que más le gustase y que después terminásemos con el vino de una vez, que todavía quedaban dos o tres litros vírgenes en la damajuana.

»Mientras lo miraba apartar el caballo, un hermoso zaino negro con un rombo blanco en la frente que seguramente le permitiría llegar de un solo galope a Santa Victoria, volvió a encenderse mi codicia, la misma que le he visto a algunos apostadores cuando juegan al siete y medio sin control. Seguramente porque mi mente no acertaba a entender que aquella pomada tuviese, como decía mi padre hablando de mi madre, “dos cualidades tan contrarias y dos virtudes tan distintas”, le dije a Yasín que más allá de un cierto ardor que bien podía soportar sin alarma, el ojo izquierdo seguía igual de bueno, así que estaba pensando en ponerme la pomada en los dos ojos al mismo tiempo, porque no me vendría mal, le dije, encontrar uno o dos o tres de los tesoros que el Marqués de Valdelirios también había enterrado en las inmediaciones, para preservarlos de los piratas portugueses en los primeros años de la Colonia, como me había comentado alguna vez mi amigo el coronel Valerio en el cuartel de Rocha. Yasín me miró pensativo, más bien preocupado, y volvió a advertirme que, si lo hacía, corría el riesgo de perder la visión de los dos ojos. Por supuesto, no le hice caso. Compartimos un par de vasos de vino y luego, recostándome sobre el pasto, dejé que Yasín me frotara la pomada en el ojo izquierdo primero y en el derecho después. De inmediato, me quedé profundamente dormido. La verdad sea dicha, fue un sueño que me dejó pasmado. Me vi a mí mismo rodeado de piratas portugueses. Pero no mal, bien. Estábamos todos muy juntos, muy amigos y muy borrachos, tratando a las risas de cerrar la tapa de un arcón repleto de libras esterlinas, para enterrarlo después en un pozo abierto a la sombra de un plumerillo muy antiguo, a juzgar por el tamaño del tronco y las cáscaras que se caían solas.

Cuando desperté, los ojos me ardían como si los hubiese frotado con pólvora y ají. Era noche cerrada y alrededor apenas si se escuchaba el sonido del agua en el arroyo y el canto de las ranas. No me voy a olvidar nunca del canto de las ranas. Llamé a Yasín, una, dos veces, pero nada, nadie respondió. Nunca, jamás había visto una oscuridad tan negra. Entonces, me avergüenza decirlo, bien meado de miedo en los pantalones, comprendí que la noche nada tenía que ver con mi oscuridad y que, para colmo de males, el muy hijo de perra del palestino Yasín se había ido a la mierda con todos mis caballos y la pulsera de oro que yo había encontrado al pie del plumerillo. Desde entonces, doctor, he estado deambulando doce días por campos y caminos, hasta que un camionero de Porto Alegre me trajo hasta el Chuy y me dejó aquí, frente a su puerta, para que usted me viera…».

 

4

 

El doctor Mohammed El Zaid se echó hacia atrás en el respaldo acolchado de su asiento, respiró muy hondo y comprendió que aquella historia sorprendente recién empezaba. Frente a él, el hombre que muchos años atrás se había esmerado en convertirlo en un habitante más de los calabozos de Rocha, ahora lloraba como un niño afiebrado y miserable,  sin dejar de refregarse los ojos con sus nudillos enojados.

— ¿De dónde me vino esta mierda, doctor?

El médico imaginó al terrorista Yasín con expresión demoníaca, preparando la pomada Mináncora en la cocina de su rancho de las afueras del Chuy, y se preguntó si aquel hombre habría escuchado hablar alguna vez acerca de las armas biológicas de destrucción individual.

— De los gatos, mi amigo…

— ¡Palestino hijo de perra…! — dijo el turco Abdula, con impotencia terrible, hasta que de pronto detuvo su explosión de furia hundida en las tinieblas—. Doctor… ¿Recuperaré la visión algún día?

— Solo un milagro… —dijo Mohammed El Zaid, sin piedad, pensando en sus colegas los oftalmólogos de Cuba, e imaginando al mal nacido que tenía ante sí, deambulando con un bastón blanco entre once millones de comunistas.

Acto seguido, el médico se levantó, abrió la puerta y, mirando con infinito cansancio a la enfermera Sherezade Pereira, le dijo que iniciara los trámites porque el paciente Abdula Kemal, hijo del finado Mahmut Kemal, a quien todos los habitantes del Chuy recuerdan, tenía que viajar.

 

5

 

— Así que ahí esta de vuelta ese malandro… — dijo Manolín Morales, transfigurado por la historia que el Conde acababa de contarle – Tengo ganas de ir hasta allí y patearle los diarios cubanos.

— Eso lo harías si no tuvieras la grandeza que creo que tienes, Manolín… — dijo el Conde poniéndose de pie bajo el árbol con la intención de echarse a caminar por los alrededores del parque-  El doctor Mohammed El Zaid hizo lo que tenía que hacer y nadie, ni siquiera el mejor de los jueces, pudo haberlo hecho mejor. Por eso decía al principio, y lo mío no es más que sana curiosidad, que sería muy interesante saber qué piensa ahora de la vida el turco Abdula Kemal. Por lo demás, Manolín, que Alá le permita mirarse en todos los espejos que encuentre desde aquí hasta la frontera del Chuy y le conserve los ojos por muchos años.

 


Mario Delgado Aparaín (Uruguay, 1949) Escritor, docente, periodista y gestor cultural. Autor de las novelas: Estado de gracia (1983); El día del cometa (1985); La balada de Johnny Sosa (1987), con la cual obtuvo el Primer Premio Municipal de Literatura de Montevideo; Por mandato de madre (1996), que recibió el Premio Foglia de Novela; Alivio de luto, finalista del Premio Internacional Alfaguara y del Premio Rómulo Gallegos 1998; No robarás las botas de los muertos, condecorada con el Premio “Bartolomé Hidalgo” de la Feria Internacional del Libro de Montevideo, 2003; y Los peores cuentos de los hermanos Grim (2005), en coautoría con el escritor chileno Luis Sepúlveda. En 2002, su cuento “Terribles ojos verdes” fue galardonado con el Premio Instituto Cervantes del Concurso “Juan Rulfo” de Radio Francia Internacional. En 2010 publicó Vagabundo y errante – Peripecias de Pedro P. Pereira, libro al que pertenece el relato que ahora publicamos. En 2013 vio la luz su novela El hombre de Bruselas, recientemente traducida en Italia; y a finales del mismo año, reúne por primera vez todos sus relatos en un solo libro titulado Un mundo de cuentos, bajo el sello de Editorial Planeta. Actualmente vive en Montevideo, donde coordina un taller de escritura literaria en la Asociación Cristiana de Jóvenes y realiza un programa de entrevistas culturales (Café negro) en el canal municipal TV Ciudad.