Tesoro viviente

decíamos ayer

Tesoro viviente

Por ENRIQUE SERNA

a José Agustín

 

Atorada en un párrafo de sintaxis abstrusa, con varias cláusulas subordinadas que no sabía cómo rematar, Amélie trató de ordenar su borbotón de ideas para convertirlo en sustancia verbal. Se había encerrado en un callejón sin salida, ¿pero no era en esas encrucijadas donde comenzaba la vida del lenguaje? Necesitaba encontrar el reverso del signo, el punto de confluencia entre la figuración y el sentido, pero ¿cómo lograrlo si las palabras que tenía en la punta de la lengua escapaban como liebres cuando trataba de vaciarlas en moldes nuevos? Tomó un sorbo de té negro y reescribió el párrafo desde el principio. Su error era querer imponer un orden al discurso en vez de abandonar el timón al capricho de la marea. Sí, necesitaba volar a ciegas, dejar que el viento la llevara de un espacio mental cerrado a otro abierto y luminoso, donde el alfabeto pudiera mudar de piel. Escribió un largo párrafo de un tirón, sin reparar en las cacofonías. El automatismo tenía un efecto liberador, de eso podía dar fe el mismo Dios, que al crear el mundo había hecho un colosal disparate. Pero cuando releyó la secuencia de frases caóticas en la pantalla del ordenador, encontró su estilo anticuado y ridículo. No podía descubrir el surrealismo en pleno siglo xxi: los lectores exigentes, los únicos que le importaban, la acusarían con razón de seguir una moda caduca. Oh, cielos, cuánto envidiaba a los autores de bestsellers que podían escribir sin ningún pudor «Aline salió a la calle y tomó un taxi», como si Joyce nunca hubiera existido, como si Mallarmé no hubiese descubierto la oscura raíz de lo inexpresable. Para ella la escritura era un constante desafío, una búsqueda llena de riesgos y precipicios. Confiaba en la firmeza de su vocación, que las dificultades para publicar no habían quebrantado, pero le aterraba pensar que al final del camino tal vez sólo encontraría niebla y más niebla.

Para oxigenarse el cerebro fue a calentar otro té. De camino a la cocineta tropezó con un cenicero repleto de colillas que alguno de sus amigos había dejado sobre el parquet la noche anterior. Su minúsculo departamento estaba hecho un asco. Aun con la ventana abierta de par en par, el olor del hachís no se había dispersado, tal vez porque ya estaba adherido a los muebles y a las cortinas. Sobre el sofá alguien había derramado una copa de coñac, sin duda Virginie, que se había revolcado allí con su amante argelino. Si usaba el sofá para coger, por lo menos debía tener la decencia de no ensuciarlo. Limpió la mancha con un trapo, aliviada de no encontrar costras de semen seco. Al entrar en la cocineta, la pila de trastes con restos de comida le produjo náusea. Si no los lavaba pronto la casa se llenaría de moscas y cucarachas. Tal vez debería apagar el ordenador y continuar escribiendo cuando estuviera más lúcida. Nada mejor que el descanso contra el bloqueo creativo. De cualquier modo, la jornada de trabajo ya estaba perdida: no podía hacer prodigios de agilidad mental con una flecha atravesada en el cráneo después de una noche de juerga.

Tomó uno de los platos y lo comenzó a enjabonar. Era grato librarse por un momento del crítico implacable que la miraba por encima del hombro, insatisfecho siempre con su escritura. Pero el fregadero la obligaba a confortarse consigo misma, algo que tampoco podía considerarse un placer. Pensó, como siempre, en su falta de amor. Los hombres que podían brindarle amistad inteligente y buena cama, le tenían pavor a cualquier compromiso, incluso al de vivir en unión libre. Había dejado de importarle que resultaran bisexuales o adictos a drogas duras, pues ya no aspiraba a encontrar un príncipe azul. El problema era su cobardía, su falta de carácter para enfrentar los retos de la vida en pareja. Volubles, egoístas, enemigos de cualquier previsión, como si planear el futuro fuera empezar a morir, todos querían una libertad irrestricta para prolongar eternamente la adolescencia, y palidecían de terror apenas les hablaba de tener hijos. Hasta Jean Michel, que parecía tan maduro, y con quien había logrado establecer una verdadera complicidad, había desaparecido de un día para otro al darse cuenta de que su pasión «estaba degenerando en costumbre». Pamplinas: dos personas inteligentes nunca se aburren juntas. El problema de Jean Michel era que estaba demasiado inmerso en su neurosis para compartir el placer y el dolor con otra persona.

Cuando terminó de secar los trastes, Amélie puso a calentar el té en el horno de microondas. Al sacar la taza se quemó la yema del dedo anular. Mierda, le saldría una ampolla en el dedo que más usaba para escribir. Se untó mostaza en la quemadura y puso el concierto 21 para piano de Mozart. Necesitaba relajar los músculos, desprenderse del plomo que le pesaba en la espalda. Arrellanada en el sofá, encendió con unas pinzas la bacha más grande del cenicero y se la fumó de un tirón. En la adolescencia, la yerba la embrutecía; ahora en cambio le despejaba el cerebro. Ya tenía 32 años y su carne empezaba a perder elasticidad. Si no había encontrado un compañero estable y solidario en la flor de la juventud, tendría menos posibilidades de ser feliz cuando perdiera atractivos. Tal vez debería conocer hombres con menos sensibilidad y más aplomo: ingenieros, médicos, empleados de tiendas, estaba demasiado encerrada en el medio intelectual o, más bien, en su oscura antesala, el vasto círculo de los aspirantes a obtener un sitio en el mundo del arte y las letras, un terreno pantanoso donde la hombría escaseaba tanto como el talento. Los amigos que antes admiraba ahora le daban lástima. Serge, por ejemplo. Cuánta frustración destilaba en sus dictámenes hepáticos de libros y películas. La noche anterior había despedazado la última novela de Michel Houellebecq, de la que sólo leyó cien páginas, como si presentara cargos contra un hereje: mercenario, lo llamó, coleccionista de lugares comunes, falso valor inflado por la crítica filistea. Claro, Houllebecq era el novelista de moda, la conciencia crítica más aguda de su generación, y él sólo había logrado publicar cuentos cortos, bastante insulsos por cierto, en revistas provincianas de ínfima clase. Serge, Yves, Margueritte, todos estaban cortados con la misma tijera: ninguno había trabajado con humildad y rigor en sus disciplinas, ninguno había producido una obra a la altura de su soberbia. Pretendían convertir su marginalidad en un timbre de gloria, como si no existiera también una marginalidad merecida: la de los diletantes que codician el prestigio cultural sin hacer nada por alcanzarlo. Y ella se estaba dejando arrastrar por la misma resaca, era doloroso pero necesario admitirlo. En tres semanas apenas había escrito seis cuartillas y por falta de una columna vertebral, su novela, si acaso podía llamarle así, tenía la flacidez amorfa de un molusco.

Estiró el brazo para tomar el fajo de cuartillas y releyó algunos párrafos al azar. Nada le gustaba, salvo el título: Alto vacío, una imagen polifuncional que expresaba su tentativa por crear un sistema de ecos, una red especular volcada sobre sí misma, y al mismo tiempo, la angustia de una mujer enfrentada con el desamor. Se había propuesto una empresa titánica; crear una poética de la desolación. Pero temía que el desafío fuera superior a sus fuerzas. Para descomponer la desolación en un prisma de sensaciones, primero necesitaba sobreponerse a ella, pues no podría objetivar la experiencia del dolor mientras lo sintiera clavado en el cuerpo, mientras se rodeara de gusanos resentidos que ni siquiera tenían humor y grandeza para asumir el fracaso; mientras cada mañana tomara su puesto en el engranaje de la frustración colectiva, como todos los fantasmas hacinados en los andenes del metro, y volviera del liceo cansada y marchita, con el alma enteca por la ausencia de un pecho varonil donde reclinar la cabeza. ¡Oh, Dios! ¡Si al menos tuviera el valor de romper con todo!

Había empezado a sollozar cuando sonó el teléfono.

—¿Aló?

—Soy yo, Virginie.

—Óyeme, perra. Tú y tu amigo me dejaron el sofá asqueroso.

—Perdóname, son los transportes de la pasión.

—Es la última vez que me traes un amante a la casa. La próxima vez los echo a patadas.

—De ahora en adelante voy a portarme bien, te lo juro. Pero escucha, mi cielo, para quitarte el enojo te voy a dar una buena noticia. ¿Todavía quieres largarte de Francia?

—Más que nunca —suspiró Amélie.

—Pues ha llegado tu oportunidad. ¿Sabes lo qué es la acct?

—Ni idea.

—Es una asociación dirigida por un grupo de damas católicas, que se encarga de difundir en Europa la cultura de los países africanos.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—La agencia publica una revista mensual que se llama Notre librarie. Cada número está dedicado a un país diferente, y están buscando un especialista que escriba una monografía sobre la literatura de Tekendogo.

—¿Tekendogo? ¿Y eso dónde queda?

—Es un pequeño país del África Ecuatorial. La asociación costea el viaje y los gastos del investigador por un año. Mi amigo Fayad, el que llevé anoche a tu casa, trabaja en la acct y cree que puedes obtener la plaza fácilmente.

—¿Estás loca? jamás he leído a ningún escritor de Tekendogo.

—Ni tú ni nadie. Por eso es fácil que te den el trabajo. Sólo tienes que presentarte como experta en literatura africana y mostrar a la directora tu currículum académico. Lo demás corre por cuenta de Fayad. Él se encarga de publicar la convocatoria en la red, pero nos hará el favor de mantenerla oculta para que no tengas competidores. Serás la única aspirante, Amélie, todo está arreglado a tu favor.

—Pero, ¿qué voy a hacer un año entero refundida en el culo del mundo?

—¿No decías que estabas harta de París?, ¿que necesitabas abrirte ventanas  y escapar de tu asfixiante rutina?

—Es cierto, pero no podría vivir en Tekendogo. Si me deprimo en París, allá sola me pego un tiro.

Piénsalo bien, Amélie. Es una buena oportunidad para que dejes las clases y las reseñas de libros. Resolverías tu problema económico y podrías dedicarte de lleno a escribir lo tuyo.

—Por ese lado no está mal, pero tengo miedo de aburrirme —por el tono de Amélie, Virginie se dio cuenta de que empezaba a flaquear.

—¿Aburrirte en el paraíso? No digas estupideces. Para una mujer que trabaja con la imaginación, vivir en África puede ser una experiencia fabulosa. ¿O crees que Karen Blixen se haya aburrido en Kenia? Imagina lo que te espera: la naturaleza salvaje al alcance de la mano, paseos en elefante, maravillosas puestas de sol, las danzas exóticas y los ritos mágicos de las tribus, el contacto vivificante con una cultura primitiva. ¿Quieres renunciar a todo eso?

—No estoy segura, déjame pensarlo un poco.

—Tenemos el tiempo encima, es ahora o nunca. Por si no lo sabes, en Tekendogo están los negros más guapos de África. Son altos, esbeltos y muy bien dotados. Se mueren de amor por las europeas y una erección les puede durar media hora. Además, en cualquier esquina te venden mariguana de la mejor calidad…

—Bueno, tal vez valga la pena hacer el intento. ¿Dónde queda la agencia?

Para no llegar a la entrevista con la mente en blanco, buscó información sobre Tekendogo en la página de Internet de Le Monde Diplomatique. Con 5 millones de habitantes y una deuda externa que absorbía el 80 por ciento del producto interno bruto, Tekendogo era el país más pobre del conglomerado de naciones que antiguamente formaron el África Occidental Francesa. Situada al sur del Sahara y al norte de los países ribereños del Golfo de Guinea, la joven república no tenía salida al mar, circunstancia poco favorable para el desarrollo de la economía. Por falta de trabajo, la mayoría de la población activa emigraba en tiempo de secas a las plantaciones cafetaleras de Ghana y Costa de Marfil. Desde la proclamación de su independencia, en 1960, el gobierno estaba en manos de una dictadura militar con ropaje democrático y civilista. El Comité Militar de Redención, encabezado por el dictador Koyaga Bakuku, se escudaba tras la servil Asamblea del Pueblo, compuesta en su totalidad por diputados adictos al régimen, para reprimir salvajemente el menor brote de disidencia y otorgar concesiones a las compañías extractoras de bauxita y zinc. En lengua malinke Tekendogo significaba «país de la honestidad», nombre paradójico para una nación cuyos gobernantes disponían a su antojo de los fondos públicos. La hostilidad entre los principales grupos étnicos del país —malinkés, mandingos, fulbés, mambaras— era motivo de constantes guerras civiles. Salvo la minoría islámica concentrada en la capital del país, Yatenga, la mayor parte de la población profesaba religiones animistas. Debido a la falta de drenaje y al deplorable sistema de salud pública, el país tenía elevados índices de mortandad. Según cálculos de la oms, más del 15% de la población estaba enferma de sida. La hambruna llegaba a tal extremo que cuando un sidoso moría, su familia no lamentaba la pérdida del ser querido, sino el fin de la ración alimenticia que le asignaba el Estado.

«Virginie quiere mandarme al infierno», pensó Amélie al apagar el ordenador. En Tekendogo no existían las condiciones elementales para el desarrollo de una literatura. Si la acct quería ayudar en algo a ese desdichado país, debería enviarle medicinas y víveres, no gente de letras. Pero tal vez pudiese atemperar el carácter frívolo de su misión, pensó, realizando labores de servicio social que dejaran algún beneficio al pueblo de Tekendogo. En la adolescencia, cuando militaba en organizaciones de izquierda, se había encargado de brindar asesoría legal y apoyo económico a los inmigrantes magrebís. Ya era tiempo de recuperar ese impulso generoso y tenderle los brazos al prójimo, para escapar de la cárcel autista donde se estaba volviendo loca.

Entusiasmada por la posibilidad de darle un giro crucial a su vida, al día siguiente salió a buscar números atrasados de Notre Librarie en las librerías de Montparnasse y el Barrio Latino. Sólo encontró los tres últimos, pero su lectura le bastó para hacerse una idea bastante clara de lo que hallaría en Tekendogo: un páramo literario donde quizá hubiese un pequeño grupo de aspirantes a escritores sin oportunidades de publicar. Con monótona insistencia, los autores entrevistados salmodiaban la misma queja: los libros se vendían poco en África por la razón esencial de que la vida comunitaria no favorecía el acto de leer. Aún en los países con exitosos programas de alfabetización, era inconcebible que un individuo pudiera absorberse en una lectura esencialmente solitaria. Por consecuencia, las tentativas de subsidiar la industria del libro en países como Camerún, Senegal y Togo habían terminado en la bancarrota de las editoriales públicas. Privados del contacto con los destinatarios reales de sus obras, los pocos autores que lograban publicar en Francia debían enfrentarse a un público indiferente y hostil, con una idea muy equivocada de la cultura africana. Amélie compartía esa indiferencia y los lamentos de los escritores no la conmovieron demasiado, pues le parecía que las editoriales francesas publicaban autores africanos para darse baños de correción política. Y si bien era propensa a la filantropía, como lectora no acostumbraba hacer obras de caridad. De cualquier modo, leería con atención a los escritores de Tekendogo y redactaría el informe en términos benévolos, para no desentonar con el paternalismo condescendiente de la revista.

La directora de la acct, Jacqueline Peschard, una dama entrada en los cincuenta, de traje sastre y pelo corto rojizo, la recibió con calidez en su oficina de la Plaza de Saint-Sulpice, decorada con máscaras, lanzas y penachos de danzantes. Había leído su currículum y pensaba que era la persona idónea para el puesto, pero necesitaba hacerle algunas preguntas:

—¿Conoce usted Tekendogo?

—Sí —mintió Amélie, aleccionada por Virginie—. Mi padre era ingeniero metalúrgico y su compañía lo envió a trabajar allá cuando yo era una niña. Vivimos seis años en Yatenga. Fue la época más feliz de mi vida.

—¿Aprendió alguna de las lenguas nativas?

—Un poco de malinké, pero lo he olvidado.

—Bueno, eso no importa. Sólo queremos que estudie la literatura escrita en francés. Dígame, señorita Bléhaut, ¿qué la motiva para hacer este viaje?

—Reencontrarme con mis raíces, ampliar mis horizontes…

La señora Peschard sonrió en señal de aprobación. Era exactamente la repuesta que esperaba, pensó Amélie.

—¿Milita usted en alguna organización política?

—No, sólo me interesa la literatura.

—Me alegra mucho. Una de las normas de nuestra agencia es no intervenir en los asuntos internos de los países africanos. Nuestros investigadores trabajan en estrecho contacto con los ministerios culturales de los países que visitan, y por ningún motivo deben participar en actividades políticas.

—No se preocupe, no tendrá ninguna queja de mí.

—Correcto —la señora Peschard cerró la carpeta—. Dentro de poco le comunicaremos la decisión de nuestro patronato. Pero se trata de un mero formalismo: desde ahora puedo asegurarle que usted será la elegida.

Al recibir el telegrama de aceptación, se puso de acuerdo con una compañera del liceo para dejarle el departamento por un año. Con una llamada telefónica a su madre quedó resuelto el trámite de dar aviso a la familia. Sin despedirse de sus amistades nocivas, que deseaba abandonar para siempre, tomó el taxi al aeropuerto con tres gruesas maletas y una computadora portátil, recién comprada en Carrefour, con la que pensaba terminar su novela inconclusa. Por la insignificancia comercial de Tekendogo, Air France no volaba a Yatenga y tuvo que hacer escala en Abidján, la capital de Costa de Marfil, para conectar un vuelo de Teken Air, la aerolínea del gobierno tekendogués que comunicaba a las dos ciudades. En el aeropuerto de Abidján se dio el primer frentazo con la barbarie africana: tras una larga espera en la sala del aeropuerto, un cuartucho mal ventilado, con incómodas bancas de acrílico, el representante de Teken Air, un gordo de talante autoritario, bañado en el sudor torrencial de los negros, informó a los pasajeros que por desperfectos de su aeronave, el vuelo a Yatenga se cancelaba hasta nuevo aviso.

—¿Pero cuánto tiempo tendremos que esperar?— lo interpeló Amélie.

El gordo se encogió de hombros.

—Eso depende de los mecánicos. Pueden ser dos horas o dos semanas, nunca se sabe.

Amélie observó desde lejos el avión —un desecho de la Segunda Guerra Mundial, con motores de hélice y fuselaje abollado—, que rodaba lentamente hacia el hangar de reparaciones. Ni muerta se arriesgaría a volar en ese cacharro. Exigió que le devolvieran el importe de su boleto, y con ayuda de un maletero tomó un bicitaxi hacia la estación de trenes, en el otro extremo de Abidján. El viaje en ferrocarril a Yatenga duraba 16 horas, le advirtió la mujer de la ventanilla. Por fortuna, con el dinero recuperado pudo pagarse un reservado en primera clase, a prudente distancia de las ruidosas familias de campesinos que subían al tren con chivos y gallinas de Guinea. En las primeras horas de viaje se deleitó con la tupida vegetación y el aire balsámico de la jungla. Flotaba en la atmósfera una promesa de sensualidad que le abrió los poros de la piel, como si el tren la llevara rumbo a los orígenes de la vida. Su sensación de ligereza no tenía nada que ver con el falso bienestar inducido por las drogas: esto era un vuelo sin nebulosas, un verdadero desafío a la ley de la gravedad. Sólo cayó a la dura corteza terrestre cuando el tren hizo su primera parada en territorio de Tekendogo. Entre el enjambre de negras robustas con huacales al hombro que se acercaron a ofrecerle calabazas con vino de palma, ñame cocido o dulces secos, observó cuadros esperpénticos dignos de figurar en un museo del horror: mendigos de mirada lúgubre con la piel roída por las erupciones del pián, una adolescente con un enorme bocio en el cuello, rameras desdentadas con argollas en los pezones, niños famélicos con el esqueleto dibujado bajo la piel bebiendo agua en un charco pútrido. Pero esto es una aldea, pensó para tranquilizarse, Yatenga debe ser un sitio más habitable.

Durmió arrullada por el traqueteo del tren, y al abrir los ojos, la cortina verde de los manglares había sido reemplazada por las planicies de la sabana. El calor aquí era más seco, pero la atmósfera más nítida, como si la luz se limpiara de impurezas al atravesar el tamiz del cielo. Para aplacar el hambre sacó de su bolso un trozo de ñame cocido comprado la víspera en la aldea de Kamoe. No había fieras a la vista —seguramente las ahuyentaba el ferrocaril—, sólo avestruces contemplativas y manadas de antílopes que levantaban grandes polvaredas en el horizonte. Qué soberbia era la naturaleza cuando no la ensuciaban las huellas del hombre. Pero de una estación a otra, conforme el tren se acercaba a la capital, las llagas de la miseria se iban mostrando con mayor crudeza. La gente del campo vivía en el paleolítico, sin agua ni electricidad, apeñuscada en chozas de palma, defecando en fosas sépticas atestadas de moscas, a merced de cualquier inundación, de cualquier epidemia, sin más medios de subsistencia que sus aperos de labranza y sus animales domésticos. Ni siquiera se les podía considerar explotados, pues no había fábricas o empresas agrícolas en cien kilómetros a la redonda: simplemente estaban fuera de la aldea global, fuera del siglo en que vivían, como si Tekendogo girara en sentido inverso a la rotación del planeta. El hombre aquí era una bestia degradada: la civilización le había quitado la dignidad del guerrero salvaje, su orgullo de cazador autosuficiente, sin darle siquiera unas migajas de bienestar.

Llegó a Yatenga con un acre sentimiento de culpa. Para sustraerse al engranaje de la injusticia, rechazó la ayuda de los parias que se abalanzaron a cargarle las maletas y prefirió llevarlas sola con grandes esfuerzos. La liberación de esa pobre gente sólo llegaría cuando abandonara sus hábitos serviles, cuando comprendiera que no debía humillarse ante ningún europeo. En la cartera llevaba la dirección del hotel que la acct le había reservado por quince días, mientras encontraba un departamento decente, pero antes de tomar el taxi necesitaba cambiar sus francos por daifas, la moneda nacional de Tekendogo. Buscaba entre el gentío una casa de cambio, arrastrando lentamente su pesado equipaje, cuando vio un fotomural luminoso de dos metros de altura, en el que un negro maduro de lentes redondos y cabello entrecano, vestido con túnica blanca, escribía a lápiz en un estudio repleto de libros, iluminado con claroscuros expresionistas. Al pie de la foto, la sobria carátula de un libro, acompañada de un texto lacónico: «Lejos del polvo, la nueva novela de Macledio Ubassa, Tesoro Viviente». ¿De modo que en Tekendogo había una industria editorial con suficiente poder económico para lanzar novelas con anuncios espectaculares? Lo más extraño era el lugar de la estación elegido para colocar esa propaganda. Al pie del fotomural, hacinados en el suelo por falta de bancas, entre cestas de frutas, lechones y perros callejeros, esperaban el próximo tren ancianos harapientos, niños desnutridos con costras de mugre en el pelo y mujeres preñadas cubiertas de pústulas. Ninguno de ellos tenía un libro en la mano. Tampoco los pasajeros de primera clase, sentados en una salita contigua, que vestían a la europea y parecían gente mejor educada, pero sólo leían historietas y periódicos deportivos. De cualquier modo, le alegró saber que Tekendogo era un país donde se daba importancia a las letras. La riqueza cultural de un pueblo no siempre dependía de su desarrollo económico. El talento podía florecer en las condiciones más precarias y si tenía la fortuna de descubrir escritores valiosos, quizá contribuyera en algo a sacarlos de su terrible aislamiento.

Cuando por fin pudo cambiar sus francos, tomó un taxi al hotel Radisson, la clásica torre de vidrio espejo que el imperialismo erige en las capitales del Tercer Mundo como grosera señal de supremacía, sin consideración alguna por la arquitectura autóctona. Aún con el aire condicionado hasta el tope, su cuarto era un baño sauna. Un duchazo de agua fría le aflojó los músculos del cuello, entumidos por las tensiones del viaje. Cuando terminó de colgar su ropa, se tendió desnuda en la cama y echó un vistazo al televisor. Quería mantenerse despierta hasta las once de la noche, para amortiguar el pequeño jet lag y acostumbrarse pronto a su nuevo horario. Tras un breve jugueteo con el control remoto, descubrió con sorpresa un canal cultural. En un estudio decorado con muebles futuristas que le recordó la escenografía del programa Apostrophe, una negra entrada en carnes, semicubierta por un taparrabos, el rostro pintado con caolín rojo y blanco, respondía las preguntas de un entrevistador joven que le dispensaba un trato reverencial, como un acólito frente al Santo Papa.

—Díganos, señora Labogu, ¿cuál es la función del escritor en las sociedades africanas?

—Primero que nada, tender puentes que contribuyan a preservar nuestra identidad. La negritud es la mixtura creadora, el mestizaje gozoso de las herencias culturales. Yo he querido abrir brechas con una escritura abierta a todas las peculiaridades lingüísticas, a todas las vertientes de lo imaginario.

—Háblenos de su nuevo libro de poemas, Música de viento.

—Pues mire usted —Labogu exhaló el humo de su cigarrillo—, en este libro he querido volver a las fuentes de la vida, que son también las fuentes de la palabra. Yo me crie en las montañas, y desde niña, el cálido soplo del harmatán me enseñó que la palabra es viento articulado, una fuerza que el poeta debe interiorizar para devolverla al cosmos, transustanciada en canto.

—Me están indicando que debemos hacer una pausa —la interrumpió el conductor, apenado— pero en unos momentos más continuaremos nuestra charla con la poeta Nadjega Labogu, tesoro viviente.

Amélie anotó su nombre en una libreta, junto con el de Macledio Ubassa, para comprar sus libros a la primera oportunidad. Le hubiera gustado terminar de ver la entrevista, pero el sueño la venció en mitad del corte comercial. Durmió de un tirón hasta el amanecer, como no lo hacía desde niña, y después de un desayuno ligero, pidió al recepcionista un mapa de Yatenga.

—¿Me podría señalar donde queda el Ministerio de Cultura?

El empleado le señaló un punto del mapa relativamente cercano, a diez cuadras en dirección poniente. Había un taxi en la puerta del hotel, pero prefirió hacer el recorrido a pie para empezar a conocer la ciudad. La zona hotelera, de amplias calles adoquinadas, pletóricas de restaurantes y tiendas de artesanías con rótulos en inglés y francés, le pareció una alhaja de bisutería, una burda imitación de las capitales europeas. Primero muerta que vivir ahí, ella quería ver la realidad escondida tras los decorados, trabar contacto con el África profunda. Al llegar al ministerio explicó el motivo de su visita al ujier de la entrada, que la remitió con Ikabu Luenda, subjefe de Relaciones Internacionales. Breve antesala en una lujosa recepción con finos tapetes, cuadros originales de artistas locales y una monumental araña colgando del techo. Luenda era un funcionario distinguido con maneras de dandy, que despedía un intenso olor a lavanda inglesa.

—Me llamo Amélie Blehaut y vengo a una misión cultural patrocinada por la acct —se presentó—. La señora Jacqueline Peschard me pidió que entregara mi proyecto de trabajo a las autoridades del ministerio.

—Ah sí, la esperábamos desde ayer —Luenda le ofreció una silla—. Creo que ya nos conocíamos: Usted asistió al coloquio de literaturas francófonas de Nimes en el 95, ¿no es cierto?

—Sí, estuve ahí —mintió Amélie—. Pero me presentaron a tanta gente que tengo los recuerdos borrados.

—La comprendo, para los blancos todos los negros somos iguales —bromeó Luenda y Amélie soltó una risilla nerviosa—. La presentación de su proyecto es una mera formalidad. Sólo nos interesa saber en qué podemos servirle.

—Bueno, quisiera buscar un departamento en las afueras de la ciudad y tomar clases de malinké con un maestro particular.

—Eso es fácil de conseguir —Luenda llamó a su secretaria por el interfón—. Por favor, tráigame una lista de maestros de idiomas, y la sección de anuncios clasificados del periódico. ¿Se le ofrece algo más?

—Sólo tengo una pregunta: ¿me podría explicar qué es un tesoro viviente?

—Es el titulo honorifico de nuestros artistas más destacados —Luenda se aclaró la voz y adoptó un tono pedagógico—. Por instrucciones del excelentísimo general Bakuku, hace veinte años la Asamblea del Pueblo promulgó un decreto para proteger la obra y la persona de nuestros grandes talentos en el campo de la pintura, la música, la danza y las letras. Un tesoro viviente recibe una generosa pensión del Estado que le permite vivir con holgura, y a cambio de ese apoyo debe entregar sus obras alpueblo.

—¿Cuántos tesoros vivientes hay?

—Alrededor de 50. Cuando un tesoro muere se reúne el Consejo de Premiación, encabezado por el general Bakuku, y nombra a un sucesor del difunto.

Salió del ministerio con un grato sabor de boca. Tekendogo podía ser un país atrasado, pero en materia de mecenazgo público estaba dando una lección a los roñosos gobiernos de las grandes potencias, que recortaban sin piedad el presupuesto para las actividades culturales. Por lo menos aquí la literatura no estaba sujeta a la demencial tiranía del mercado y el artista podía ejercer su vocación sin presiones económicas. De camino al hotel, a dos cuadras del ministerio, se topó con la librería La Pléiade, que exhibía en su vitrina, entre otras novedades, los libros más recientes de Macledio Ubassa y Nadjega Labogu. Quiso entrar a comprarlos, pero la puerta estaba cerrada. Eran las once de la mañana y todos los comercios de la calle hervían de clientes. ¿Estarían remodelando el local? Por lo que alcanzaba a ver a través del cristal, no había hombres trabajando en el interior. Pero en fin, ya tendría tiempo de sobra para comprar libros. Por ahora lo que más le importaba era encontrar un departamento.

Lo halló una semana después en el populoso barrio de Kumasi, enfrente de un mercado al aire libre donde se congregaban merolicos, encantadores de víboras, mendigos inválidos y niños que escupían fuego. En el mercado contrató a un trabajador mil usos que por 50 daifas se encargó de encalar las paredes y destapar los caños azolvados. Tener agua potable era un lujo en esa parte de la ciudad, donde la mayoría de la gente acarreaba tambos desde el lejano pozo de Tindemo. No había agua para beber, pero el agua de las lluvias se estancaba en charcos oceánicos que la gente vadeaba caminando sobre ladrillos y piedras. La falta de drenaje, según supo después, cuando empezó a familiarizarse con sus vecinos, era la principal causa de mortandad infantil. Desde los años 80, el supremo gobierno les había prometido extender la red de tuberías pero las obras se aplazaban siempre con diversos pretextos. El dispensario móvil que atendía a los enfermos de disentería no pasaba muy a menudo, y con frecuencia los niños morían deshidratados por falta de suero.

La gente del pueblo apenas si chapurreaba el francés, a pesar de ser la lengua oficial que se enseñaba en la escuela. Si quería hacer labores de servicio social —como le exigía su conciencia— necesitaba vencer la barrera del idioma. Revisó la lista de maestros que le había proporcionado Luenda y concertó una cita con el profesor Sangoulé Limaza, quien debía de ser una lumbrera a juzgar por su currículum abreviado, pues además de malinké hablaba los dialectos touareg, haoussa, bamileke y kirdi. Esperaba a un carcamal de cabello blanco, y al abrir la puerta sufrió una grata conmoción: joven y fuerte como un potro salvaje, con largas piernas y ojos color ámbar que hacían un perfecto contraste con su piel de ébano, Sangoulé era un regalo de los dioses. Llevaba arracada en la oreja, una playera de futbolista ceñida a sus férreos pectorales y el pelo en mangueras, como los rastafaris jamaiquinos. No era prognata, como la mayoría de los africanos, ni sus rasgos faciales correspondían al fenotipo de los malinkés, —labios gruesos, nariz ancha, pómulos salientes— pues como le explicó esa misma tarde, su tatarabuelo había sido un colonizador portugués que contrajo matrimonio con una aborigen. Era, pues, un glorioso producto del mestizaje, y durante la clase de malinké, Amélie lo contempló con moroso deleite, sin retener una sola palabra de la lección.

—Hasta el próximo jueves —dijo al despedirse, y la nieve de su sonrisa la quemó por dentro.

—Mejor venga mañana —corrigió Amelie—. Lo he pensado mejor y creo que me conviene tomar clases a diario, para avanzar más deprisa.

Al día siguiente compró una botella de vino blanco en una tienda para turistas, y cuando terminaron la clase le ofreció una copa. «Si nos vamos a ver tan seguido será mejor que rompamos el hielo, ¿no te parece?». Sangoulé asintió con timidez y a petición de Amélie habló de sus orígenes y expectativas. Miembro de una tribunómada, los ogombosho, de niño había recorrido con sus padres la costa oeste africana, aprendiendo las diferentes lenguas de cada región. No había asistido a la escuela hasta los doce años, cuando su familia se asentó en Yatenga. Tenía la mente despierta y aprendió el francés con gran facilidad. En el segundo año del liceo, la muerte de su padre lo había obligado a abandonar los estudios para contribuir al gasto familiar. Desde entonces dividía su tiempo entre las clases de idiomas y su verdadera pasión, la música. Era percusionista en un grupo de rock alternativo, Donosoma, que trataba de fusionar los ritmos occidentales con los aires populares de la región. Por cierto, el viernes se presentaban en un café concert del centro de la ciudad. ¿No quería honrarlo con su asistencia?

—El honor será mío —se entusiasmó Amélie—, la música africana me encanta.

El café concert resultó una humilde barraca iluminada con macilentas luces de neón, donde medio millar de jóvenes negros, apretados codo con codo, pugnaban por acercarse a la barra donde se vendía cerveza de mijo. Empezaba a sentir claustrofobia cuando el grupo Donosoma salió al estrado. Con una túnica multicolor y un gorro dorado en el pelo, Sangoulé irradiaba sensualidad, y a juzgar por los gritos histéricos de las muchachas, no era la única mujer ansiosa por conquistarlo. Sostenía entre las rodillas un yembé que golpeaba cadenciosamente con los ojos cerrados, como en estado de trance. Quién fuera ese tambor, pensó, para estar anudada en sus piernas. Al terminar la tocada, cuando la gente abandonó la barraca, Amélie se abrió paso por detrás de los bastidores, hasta llegar al camerino donde los músicos tomaban cerveza, refrescados por la brisa de un ventilador. Sangolué sudaba a chorros pero eso no le impidió abrazarlo. Felicidades, dijo, tu grupo sería una sensación en París, y al empaparse con el sudor de su cuello sintió en la piel una lluvia de alfileres. Un ramillete de negras rodeaba a los miembros del grupo, y ante la perfección de sus cuerpos se sintió en desventaja. Pero la competencia dejó de inquietarle cuando Sangoulé la sentó a su lado y notó el ardiente interés con que la miraban los demás músicos. Les gusto porque soy europea, pensó, aquí la piel blanca se cotiza muy por encima de su valor. Empezaron a circular los canutos de mariguana y al tomar el que le ofreció Sangoulé, se demoró adrede para acariciar sus dedos. Los músicos hablaban en una jerga híbrida, mitad francés, mitad malinké. No entendía una palabra ni podía concentrase en la charla, porque su atención estaba fija en los movimientos de Sangoulé, que al encender el segundo cigarro le pasó el brazo por la cintura, como para disuadir a los demás cazadores de disputarle la presa.

A partir de entonces, Amélie sólo se mantuvo anclada a la realidad por el sentido del tacto, mientras su imaginación flotaba en el éter. No hizo falta una declaración de amor. Salieron a la calle sin despedirse de nadie, con la grosera autosuficiencia de los recién flechados, y a la luz de un farol se besaron hasta perder el aliento. Sangoulé quiso poseerla en el taxi. Por fortuna el trayecto fue corto y sólo había logrado desabotonarle la blusa cuando los carraspeos del taxista los obligaron a romper el abrazo. Al entrar al departamento fue Amélie quien pasó a la ofensiva, y de un limpió tirón le quitó la túnica. El miembro de Sangoulé no era tan espectacular como había imaginado. Pero su vigor y su ternura en la cama, la sabiduría con que la fue llevando hasta un punto de ebullición, y la furia controlada de sus movimientos pélvicos, dentro y fuera, dentro y fuera, al ritmo del yembé que acababa de percutir en el escenario, la hicieron volver los ojos hacia adentro, como si encontrara por fin un puerto de anclaje. Oh, mi hermoso corcel de azabache, gritó en el vértigo del placer, y comprendió que hasta ese momento no había tenido verdaderos amantes, sólo actores narcisistas, muñecos de paja con el instinto embotado por la neurosis.

Al amanecer lo invitó a vivir con ella y él acepto sin hacerse del rogar, pues no soportaba dormir hacinado en la choza de su familia. A pesar de la diferencia de edades —Sangoulé sólo tenía 24 años— y el choque de culturas, la comunicación entre los dos mejoró día tras día sin tropezar con ningún escollo. Invertidos los papeles de alumna y maestro, Amélie se propuso educarlo, y en poco tiempo logró despertarle el gusto por la lectura. Aún cuando le prestaba libros difíciles —La parte maldita, de Georges Bataille, Vidas minúsculas, de Pierre Michon, La espuma de los días, de Boris Vian— que exigían un intelecto superior al del lector común, Sangoulé los asimilaba con relativa facilidad. No comprendía algunas palabras, pasaba por alto las alusiones cultas, pero hacia comentarios de una agudeza sorprendente para un iletrado. El aprendizaje fue recíproco, pues gracias a Sangoulé, Amélie pudo conocer desde adentro la cultura africana. Al mes de haber llegado a Tekendogo ya sabía diferenciar por su vestimenta a los principales grupos étnicos, regatear con las verduleras del mercado y cocinar platillos regionales como el moin moin (puré de alubias cocido al vapor) y la eba (puré de harina de mandioca) con los que agasajaba a Sangoulé cuando volvía fatigado por sus arduas jornadas de clases. Entre las ocupaciones domésticas, los conciertos sabatinos del grupo Donosoma y los paseos idílicos por la ribera del lago Ugadul, donde hacían el amor a la sombra de las araucarias, Amélie olvidó por completo que había viajado desde Francia para estudiar la literatura de Tekendogo. Sólo reparó en su negligencia cuando los diarios anunciaron la magna presentación de la novela Interludio estival, del tesoro viviente Momo Tiécoura.

Era una buena oportunidad para entrar en contacto con el medio literario y pidió a Sangoulé que la acompañara. Cuando terminaran los elogios de los comentadores, pensó de camino a la ceremonia, quizá tendría la oportunidad de acercarse al autor y pedirle una entrevista. Esperaba una mesa redonda entre amigos pero la presentación del libro resultó ser un espectáculo de masas en un anfiteatro al aire libre, con una multitud de espectadores, la mayoría estudiantes de enseñanza media que guardaban una compostura marcial, intimidados quizá por la cercanía de los guardias con metralletas que formaban valla entre el escenario y el graderío. En el palco de honor, el dictador Koyaga Bakuku y los miembros de su Estado Mayor presidían el acto con sus uniformes de gala, tiesos como estacas. De entrada, la presencia de militares armados en un acto cultural le pareció repugnante. Pero lo que más la impresionó fue el carácter litúrgico de la ceremonia. Cubierto con una piel de leopardo, en la mano un bastón de marfil con puño de oro macizo, el tesoro viviente Momo Tiécoura salió a escena escoltado por un grupo de bailarinas semidesnudas, y pasó a colocarse en el centro del proscenio, donde había una jofaina llena de agua. Sin mirarlo nunca a los ojos, las bailarinas le lavaron los pies. Terminada la tarea bebieron el agua de la jofaina y se retiraron de la escena haciéndole caravanas. Las reemplazó un grupo de varones con máscaras totémicas. Entre gritos de guerra levantaron en vilo a Tiécoura y lo llevaron hasta el árbol mantequero que sombreaba el lado derecho del escenario.

—Es el árbol de la palabra —le explicó Sangoulé— ahora dará gracias a los dioses por el poder que le dieron para escribir la novela.

En efecto, Momo se arrodilló frente al árbol y besó sus prominentes raíces. Reaparecieron en escena las bailarinas, ahora con túnicas de gasa, cargando un relicario de cristal con el libro empastado en piel. Momo cogió la urna, y por una escalinata alfombrada subió al palco de Koyaga Bakuku, a quien ofrendó el libro con una caravana. Hubo un redoble de tambores, el dictador se puso de pie y alzó el libro como un trofeo. «Hoy nos hemos reunido para fortalecer nuestra identidad nacional —exclamó en francés— ¡Larga Vida al tesoro viviente Momo Tiécoura! ¡Que los dioses bendigan los frutos de su talento!» y como impulsados por un resorte, los estudiantes prorrumpieron en aplausos y aclamaciones.

De vuelta en casa, Amélie pidió a Sangoulé que le explicara el simbolismo de la ceremonia.

—Es una tradición muy antigua, que se ha conservado desde el tiempo de los griots, los poetas que componían los cantos de guerra en las tribus de cazadores. Ahora los escritores ocupan el lugar de los griots, pero en vez de entonar himnos, presentan su libro a la autoridad.

—¿Y eso cómo lo sabes?

—Me lo enseñaron en la escuela.

—¿Tenías que leer todos los libros de los tesoros vivientes?

—No, sólo asistíamos a las ceremonias y las maestras nos daban un resumen del libro.

Con razón había tanta gente, pensó Amélie: los estudiantes asistieron bajo coerción y a una señal de sus profesores, aplaudieron como perros amaestrados. Esa noche, mientras velaba el sueño de Sangoulé, analizó el trasfondo político del acto. Si bien la pantomima revestía interés antropológico, el papel protagónico del dictador reflejaba su afán de legitimarse a costa de los artistas, de utilizar la cultura como una plataforma de lucimiento. Como todos los tiranos, Bakuku había logrado convertir la frágil identidad nacional en un objeto de opresión. El supuesto esplendor artístico y literario de Tekendogo lo ayudaba a mantenerse en el poder tanto como los tanques o los cañones. Pero no debía prejuzgar a los escritores locales sin haberlos leído, y al día siguiente acudió a la librería La Pléiade, la única que había visto en la ciudad, para conseguir el libro de Tiécoura. Esta vez encontró el lugar abierto. En el escaparate se exhibía un ejemplar de Interludio estival, pero cuando pidió la novela, el dependiente la miró con perplejidad.

—Ese libro está agotado —tartamudeó.

—No puede ser, lo presentaron ayer y hay un ejemplar en la vitrina.

—Es el único que tenemos.

—Pues véndamelo.

—Por órdenes superiores, tengo prohibido vender los libros en exhibición —se disculpó el vendedor, las sienes perladas de sudor nervioso.

—¿Tiene Lejos del polvo de Macledio Ubassa?

—También se agotó.

—Necesito leer a los tesoros vivientes. Deme lo que tenga de ellos.

—Lo lamento, señorita, la editorial del Estado no nos ha surtido, pero tengo muchas novedades extranjeras —y señaló un anaquel con best sellers franceses.

—No quiero esa mierda —estalló—. Voy a presentar una queja en el Ministerio de Cultura.

El dependiente se encogió de hombros y Amélie salió a la calle con las mandíbulas trabadas. Por teléfono expuso su problema a Ikabu Luenda, que se disculpó a nombre del gobierno y le prometió hablar con el subdirector de publicaciones, responsable de distribuir los libros de los tesoros vivientes, para que le facilitara las obras solicitadas. Pero ni esa semana ni la siguiente recibió los libros. Atribuyó la tardanza al proverbial tortuguismo de las burocracias, y por consejo de Sangoulé, que conocía bien el funcionamiento del gobierno, aprovechó el obligado paréntesis para sumergirse en la creación literaria. Retomar el hilo de la escritura no le resultó nada fácil, porque su novela era un río con infinitos brazos, una torre fractal cimentada en el abismo. El deseo de llevar las cosas al límite, a las afueras del lenguaje, para encontrar sus raíces aéreas, la conducía naturalmente al silencio y la duda. En vez de avanzar a tientas por su dédalo de espejos, en dos semanas de trabajo suprimió seis páginas. No le importaba vaciar cada vez más su Alto vacío, pues sabía muy bien que la pasión sustractiva del arte moderno era una vía de acceso a la plenitud. Convertir el acto de nombrar en un rito purificador significaba emprender un radical retorno al origen, como decía Deleuze. Para limpiar el texto de todo exceso retórico, cambió la lima por la tijera y eliminó los párrafos elegíacos en que deploraba su condición de mujer solitaria, que ahora, gracias a Sangoulé, encontraba llorones y redundantes. Al final de su tarea depuradora sólo conservó un aforismo: «La escritura busca llenar el vacío, pero el vacío es infinito y la palabra consagra la ausencia».

Una inquietud le impidió seguir abismada en el líquido amniótico del lenguaje. Los libros que el Ministerio de Cultura le había prometido no aparecían por ningún lado. De un día para otro, la Pléiade cerró sus puertas al público y cuando Ikabo Luenda dejó de contestar sus llamadas, dedujo que el aparato cultural le estaba escondiendo las obras de los tesoros vivientes. ¿Temían acaso que una lectora exigente, investida con el prestigio del Primer Mundo, emitiera un juicio desfavorable sobre ellas? Deben ser pésimas, pensó, de lo contrario no me las ocultarían. Los funcionarios del Ministerio la veían como una amenaza porque toda la faramalla propagandística del régimen quedaría en evidencia si la revista más importante de literatura francófona descalificaba a las vacas sagradas de Tekendogo. Pero ella iba a leer sus libros, así tuviera que arrancárselos de las manos al propio dictador Bakuku. Cerrado el camino de las quejas y los reclamos, necesitaba actuar con astucia para burlar al enemigo. En tono conciliador llamó a la secretaria de Ikabo Luenda y le pidió el teléfono de Momo Tiécoura, «para pedirle una entrevista». Confiaba en la vanidad del tesoro viviente, que sin duda estaría ansioso por aparecer en una revista francesa, y sus cálculos fueron correctos, pues Tiécoura no se hizo del rogar.

—Cuando era joven publiqué un libro en Francia, ¿usted lo conoce?

—Sí —mintió Amélie— precisamente de eso quiero hablarle.

—Pues venga esta misma tarde a mi casa —y le dió su dirección: Malabo 34, Villa Xanadú.

Pensaba ir a la entrevista sola, pero Sangoulé quiso acompañarla cuando vio el papel con la dirección.

—Desde niño he querido conocer Xanadú. Es la zona residencial más elegante de Yatenga, pero sólo dejan entrar a los ricos. Allá viven los dueños de las minas y todos los políticos importantes, incluido el dictador.

Amélie accedió a su ruego y le colgó una cámara al cuello para presentarlo como fotógrafo. Para no causar mala impresión rentaron un automóvil. En lo alto de una colina que dominaba el valle de Yatenga, una enorme barda de piedra aislaba la zona residencial del tráfago citadino. Amélie contempló con asombro el dispositivo de seguridad: en la entrada había guardias con mastines y los francotiradores apostados en las torretas vigilaban todos los movimientos de las calles aledañas.

—Llevan ametralladoras kalachnikov de fabricación soviética —le informó Sangoulé—. Bakuku las compró cuando coqueteaba con el Kremlin, antes de convertirse al credo neoliberal.

El jefe de los guardias les pidió identificaciones, hizo una llamada por transmisor cuando Amélie explicó el motivo de su visita, y al recibir autorización, ordenó a un subalterno levantar la valla metálica. Apenas cruzaron la puerta, Amélie enmudeció de estupor. Extendida en una superficie boscosa con amplios jardines de césped uniforme, la villa Xanadú era un monumento a la opulencia venal y a las pretensiones cosmopolitas de la oligarquía. A la entrada había un gran paseo arbolado con andadores flanqueados por esculturas geométricas y espejos de agua con flamingos y pavorreales. «Esa debe ser la casa del dictador», murmuró Sangoulé, señalando un bunker con rejas de hierro donde ondeaba la bandera de Tekendogo. El camino principal desembocaba en una laguna donde esquiaban los juniors de la casta divina, remolcados por lanchas ultramodernas. Había incluso una pequeña zona comercial con boutiques de alta costura, restaurantes de comida internacional, bancos y Spas. Amélie pensó de inmediato en el lujo agresivo de Neuilly, el barrio emblemático de la burguesía parisina. Sólo que aquí la ostentación de la riqueza era más obscena, por la cercanía de la miseria. Esa élite dorada no podía ignorar que a medio kilómetro de distancia, el hedor de la basura cortaba la respiración y las madres adolescentes parían sin asistencia médica en jacales con piso de tierra. Al pasar frente a una sucursal de Cartier, vieron bajar de un BMW descapotable a la poeta Nadjega Labogu. No llevaba la cara pintarrajeada, ni el disfraz de aborigen con que Amélie la había visto en televisión, sino un traje sastre de lino color verde menta, con un generoso escote en la espalda, bolsa italiana de Versace y un brazalete de plata que refulgía como un rayo lunar en su lustrosa piel de pantera. ¿Dónde quedó tu identidad?, hubiera querido preguntarle, pero se contuvo por prudencia —no era el momento de hacer un escándalo— y siguió de largo hasta la calle Malabo. Tiécoura vivía en un chalet de estilo mediterráneo con vista a la laguna y balcones volados sobre el jardín delantero. Un mayordomo de librea les abrió la puerta.

—Tengo una cita con el señor Tiécoura. Me llamo Amélie Bléhaut.

El criado la miró de arriba abajo, sin pestañear.

—El señor está de Viaje.

—No puede ser, hoy por la mañana hablé con él y me dio la cita.

—Le repito que el señor no está.

En la ventana de la planta alta, Amélie alcanzó a ver una mano negra cerrando una cortina. Sin duda era Momo Tiécoura. ¿Por qué se negaba a recibirla, si horas antes parecía tan entusiasmado? ¿El Ministerio de Cultura le había dado un jalón de orejas? Una cosa estaba clara: su afán de acercarse a los tesoros vivientes incomodaba mucho al poder. Tal vez la dictadura temía que Tiécoura hiciera declaraciones adversas al régimen, pues no obstante servir de comparsa a Bakuku en los sainetes oficiales, quizá estuviera librando una lucha secreta contra el dictador. En tal caso, no sería extraño que sus libros contuvieran denuncias veladas, mensajes en clave que acaso pudiera descifrar con ayuda de Sangoulé. Necesitaba conseguir esos libros cuanto antes. Pero el enemigo parecía leerle el pensamiento y a la mañana siguiente colocó en la puerta de su domicilio a dos agentes con trajes de civil.

En vano trató de perderlos mezclándose con la multitud del mercado: los polizontes estaban bien entrenados y la seguían como sabuesos a todas partes. Intimidada al principio por su constante asedio, Amélie pensó seriamente volver a Francia. La contuvo su amor a Sangoulé —que no quería ni hablar de una separación— y un sentimiento más fuerte: la rabia de verse atada de manos por una tiranía execrable. Como la angustia no la dejaba dormir, decidió darle un uso productivo al insomnio: desde su recámara, con la luz apagada, descubrió que sus espías se retiraban a las cuatro de la mañana y una hora después llegaba a reemplazarlos otra pareja de agentes. Sin dar aviso a Sangoulé, para no comprometerlo, un lunes por la madrugada esperó el retiro de la primera guardia, y con ropas masculinas salió a la calle en dirección al barrio turístico, silbando una tonadilla para que la tomaran por un borracho. Al pasar por una obra en construcción tomó un ladrillo y se lo guardó en la chaqueta. Por fortuna la Pléiade estaba desprotegida; eso quería decir que nadie había adivinado su plan. Con el aplomo de los terroristas que han planeado largamente sus golpes, arrojó el ladrillo al escaparate. Sustrajo los libros más recientes de Momo Tiécoura, Nadjega Labogu y Macledio Ubassa, y se echó a correr en dirección al barrio de Kumasi. Cuando se hubo alejado más de quince cuadras, tomó un respiro para hojear su botín: las obras de los tesoros vivientes eran maquetas empastadas con las hojas en blanco.

El mundo entero debía conocer ese engaño. En vez del ensayo que le había encargado la acct, escribiría un reportaje de denuncia para alguna revista de gran tiraje, Nouvel Observateur o L’Express, donde Koyaga Bakuku y su séquito de escritores virtuales quedarían expuestos como lo que eran: una caterva de rufianes. Describiría el mecenazgo del nuevo Idi Amín sin escatimar los detalles grotescos y acusaría a sus cómplices de haber usurpado las galas de la literatura para despojarla de contenido, para reducirla a una mera liturgia hueca. Volvió de prisa al departamento, temerosa de ser descubierta por algún rondín policiaco. Encontró la cerradura forzada, y apenas empujó la puerta, una mano varonil la sujetó por el cuello. Traté de zafarse con patadas y codazos, pero su agresor la sometió con una llave china.

—Quieta, perra. Un golpe más y te desnuco.

Comprendió que la advertencia iba en serio al sentir un crujido en la vértebra cervical. Obligada a la inmovilidad, miró con horror su librero volcado en el suelo y un reguero de cristales rotos. Sangoulé estaba amordazado y atado a una silla del comedor. Otro agente le apuntaba a la cabeza con un revólver. En la sala fumaban con aparente calma Ikabo Luenda y Momo Tiécoura, renuentes a mirar las escenas violentas, como dos estetas llevados al box por la fuerza. A una seña del funcionario, su verdugo la condujo a la sala sin quitarle la coyunda del cuello.

—¿Me promete que no va a gritar? —preguntó Luenda.

Amélie asintió con la cabeza.

—Suéltela —ordenó al guardia—. Me duele haber tenido que irrumpir en su casa de esta manera, pero usted empezó con los allanamientos.

—No me dejé alternativa —dijo Amélie en tono sardónico—. Sólo así podía conseguir estas obras maestras —y arrojó sobre la mesa los libros robados.

—Veo que su pasión por las letras raya en el sacrificio —sonrió Luenda—. Pues ahora ya lo sabe: nuestros tesoros vivientes cumplen una función más importante que la de borronear cuartillas. Son baluartes de la identidad nacional.

—Ahórrese la demagogia. ¿Por qué no le ordena a sus matones que disparen de una vez?

—Representa a un gobierno civilizado, señorita Bléhaut, no a una partida de criminales. Vine aquí para negociar en términos amistosos.

—Pues entonces ordene que desaten a mi compañero. No se puede negociar con una pistola en la sien.

Luenda accedió a su petición, y Sangoulé fue llevado a la sala. El otro agente, a una señal de Tiécoura, colocó sobre la mesa una licorera con Whisky, vasos chaparros y una hielera.

—Por favor, sírvale a nuestros amigos —dijo el tesoro viviente—. Necesitamos un trago para aliviar la tensión, ¿no creen?

—Si vamos a hablar como amigos, ¿me podría dedicar su novela? —lo escarneció Amélie, que había perdido el temor y empezaba a sentirse dueña de la situación—. Su estilo me cautivó desde la primera página.

—Para usted es fácil burlarse —Tiécoura endureció la voz—, porque viene de un país culto, donde hasta un escritor de segunda fila puede vivir de la pluma. Pero en África la situación es distinta. Aquí ningún escritor sobrevive sin la ayuda estatal.

—Pues usted sobrevive mejor que la mayoría de los escritores franceses. La diferencia es que ellos trabajan, y usted, por lo visto, atraviesa un bloqueo creativo.

—Cuando era joven escribí libros de verdad —se disculpó Tiécoura, apenado—. El volumen de cuentos que publiqué en París tuvo críticas entusiastas, pero claro, como yo era un desconocido pasó sin pena ni gloria. Después volví a Tekendogo y me uní a los grupos de oposición que luchaban contra la dictadura. El general Bakuku ofreció una amnistía a los disidentes a cambio de que nos uniéramos a su esfuerzo civilizador. El gobierno emprendería una gran campaña de alfabetización y fomento a la lectura, y los intelectuales desempeñaríamos un papel fundamental en esa tarea.

— Por lo visto la cruzada fue un gran éxito —lo interrumpió Amélie. Por eso es usted un autor tan leído.

—El gobierno puso todo de su parte —intervino Luenda— pero no pudimos vencer las resistencias y los atavismos de la población. El negro es un pueblo sin escritura. Cuando mucho, los maestros pueden inculcarle el respeto a lo escrito, pero no el hábito de leer. Para la mayoría de mis compatriotas, el papel es un fetiche, un objeto de culto que la gente venera sin comprender.

—¡Mentira! —Sangoulé dio con el puño sobre la mesa y casi derriba su vaso de whisky—. Tenemos la misma capacidad intelectual que los blancos. Pero el régimen no permite que el pueblo la desarrolle. La campaña de alfabetización fue un fracaso porque el presupuesto educativo fue a parar al bolsillo de ladrones como tú.

—Pídale a su amigo que no se exalte —Ikabo Luenda se volvió hacia Amélie— o me veré obligado a imponerle silencio.

Amélie tranquilizó a Sangolué con un elocuente apretón de manos.

—Continúe —pidió a Tiécoura—. Tengo mucha curiosidad por saber cómo se convirtió en un simulador a sueldo.

—Al concluir la campaña educativa, el gobierno proclamó solemnemente que el analfabetismo había sido erradicado de Tekendogo. Entonces yo y mis colegas fuimos declarados tesoros vivientes, y la editorial del Estado publicó nuestras obras en grandes tirajes. Pero la gente colocaba nuestros libros en los altares domésticos y les rezaba en vez de leerlos. El gobierno no podía reconocer el fracaso de la campaña alfabetizadora sin dañar su imagen. Siguió editando nuestras obras y congregando a los niños de las escuelas en vastos auditorios para presentarlas en sociedad. Pero el gasto era enorme y fue preciso abatir costos. Continuó el ritual de las presentaciones con asistencia del general Bakuku, pero en vez de editar libros de verdad, el gobierno prefirió exhibir maquetas.

—Y usted se prestó a esa comedia a cambio de una mansión en Villa Xanadú, ¿verdad? —Amélie perforó a Tiécoura con la mirada.

—El maestro ha colaborado desinteresadamente con nuestro gobierno para mantener la paz y el orden —lo defendió Luenda—. Su autoridad moral nos ha dado prestigio y merecía una justa recompensa. Pero pasemos al tema que de verdad nos importa—se dirigió a Amélie—. Usted sabe cosas que mi gobierno quiere mantener en secreto. Su discreción tiene un precio y estamos dispuestos a pagarlo.

—Mi conciencia y mi honestidad no están en venta —se indignó Amélie.

—Por favor, amiga. No me diga que es un dechado de rectitud —sacó un expediente de su portafolios—. Tengo pruebas de que usted le ha tomado el pelo a nuestro gobierno y a las cándidas damas de la acct. Según los datos de su currículum, usted vivió aquí de niña y el Ministerio del Interior me asegura que no es cierto. Tampoco es verdad que usted sea experta en literaturas francófonas. Cuando nos conocimos, le pregunté lo del encuentro en Nimes para tenderle una trampa. En el año 95 el encuentro fue celebrado en Creteil.

Las mejillas de Amélie se arrebolaron y no pudo articular palabra. Luenda la había sacado de balance.

—En el arte de mentir y engañar usted no se queda muy atrás de nosotros —continuó el funcionario—. Pero no le reprochó su falsedad. Al contrario; quiero ofrecerle un trato que puede ser benéfico para ambas partes. En vista de que usted parece haber encontrado la felicidad en Tekendogo —miró de solsayo a Sangoulé— le propongo que se quede con nosotros. Una escritora talentosa que pasó la infancia aquí puede enriquecer el catálogo de nuestros tesoros vivientes. Le daríamos una casa en Villa Xanadú, un salario equivalente al de un alto ejecutivo francés, automóvil del año y una membresía al club deportivo más elegante de la ciudad.

—¿Y si no acepto?

—Entonces tendremos que deportarla y separarla de su querido amigo. El será nuestro rehén para cerciorarnos de que no publicará ningún libelo contra las instituciones de Tekendogo. Usted decide: una vida feliz en su nación adoptiva o un regreso sin gloria a la triste escuela donde daba clase.

El tono irónico de Luenda la hería en carne viva y su primer impulso fue mandarlo al diablo. La oferta era un insulto a su dignidad. Pero no podía responder tan pronto como se lo mandaban las vísceras, porque estaba en juego su futuro con Sangoulé. Si regresaba a Francia sin él, se condenaba a reptar para siempre en un desierto de ceniza. Conocía demasiado bien la soledad. Y ahora sería más cruda que antes, pues tendría clavado como un aguijón el recuerdo de la dicha fugaz que había conocido. El bienestar y el dinero no le importaban. Pero tal vez Sangoulé, que había padecido todas las privaciones, abrigara la ilusión de ayudar con dinero a su pobre familia y comprar mejores instrumentos para su grupo.

—Necesitamos una decisión rápida —la presionó Luenda—. El Ministerio del Interior quería deportarla esta misma noche. De usted depende que yo rompa esta orden —y le tendió un documento sellado con el escudo nacional.

El dilema era tan arduo que hubiera necesitado meses para elegir la mejor opción. Su conciencia le prohibía entrar en componendas con un gobierno que sojuzgaba sin piedad a un pueblo manipulado y hambriento. Pero sentía vértigo ante la posibilidad de apartarse de Sangoulé. Se había dedicado con tal empeño a la literatura, que aceptar el trato significaría mutilarse, pisotear su vocación, abjurar de una necesidad expresiva tan apremiante como el deseo o el hambre. Pero la renuncia al amor que la había hecho renacer, sería un sacrificio mucho más doloroso. Los segundos pasaban con angustiosa lentitud. Luenda tamborileaba sobre la mesa y veía su reloj con impaciencia, mientras Momo Tiécoura clavaba la vista en el fondo del vaso. Amélie interrogó a Sangoulé con una mirada implorante.

—¿Acepto?

El asintió con una inclinación de cabeza, la boca contraída en un gesto de picardía que a la vez era un rictus de vergüenza.

—Está bien, me quedo.

Una semana después, el dictador Bakuku la ungió como tesoro viviente en una fiesta popular con danzas autóctonas, a la que asistieron cinco mil personas. Salió a escena con la cara embadurnada de rojo y un collar de dientes de cebra, regalo de la poetisa Nadjega Labogu. El escaparate de La Pléiade se engalanó con un ejemplar de Alto vacío lujosamente empastado. Para ajustar su libro a las exigencias del régimen sólo tuvo que borrar el aforismo de la primera página.

 


 

Publicado en: TextoS, Suntuas Académicos, núm. 4, enero-marzo de 2001.