El padre

decíamos ayer

El padre

Por HEINER MÜLLER*

 

Un padre muerto quizá hubiera sido
Un mejor padre. Pero mejor aún
Es un padre nacido muerto.
Siempre reverdece la hierba en las fronteras.
La hierba hay que arrancar
Una y otra vez, la que crece sobre las fronteras.

1

1933, el 31 de enero, a las cuatro de la mañana, fue arrestado en su cama mi padre, funcionario del Partido Socialdemócrata de Alemania. Yo me desperté, el cielo frente a la ventana, negro, barullo de voces y de pasos. Al lado, se arrojaban libros contra el piso. Yo escuchaba la voz de mi padre, más clara que las voces desconocidas. Me bajé de la cama y me encaminé a la puerta. Por la puerta entreabierta vi cómo un hombre golpeaba en la cara a mi padre. Me hallaba en la cama, temblando de frío, con la manta hasta la barbilla, cuando se abrió la puerta de mi cuarto. En la puerta estaba mi padre, detrás de él, los intrusos, altos, en pardos uniformes. Eran tres. Uno de ellos mantenía la puerta abierta con la mano. A mi padre le daba la luz en la espalda, no podía ver su rostro. Lo escuché llamarme bajito por mi nombre. Yo no respondí y me quedé quieto. Mi padre dijo después: está dormido. La puerta se cerró. Yo escuché cómo se lo llevaban, luego los pasitos de mi madre que regresó sola.

2

Mis amigos, hijos de un funcionario menor, me aclararon, después de la detención de mi padre, que les estaba prohibido jugar conmigo. Fue en una mañana, había nieve en las zanjas de las calles, soplaba un viento helado. Encontré a mis amigos en el patio, en el cobertizo de herramientas, sentados sobre unos troncos de madera. Jugaban con soldaditos de plomo. Delante de la puerta escuché cómo imitaban el trepidar de los cañones. Al entrar yo, enmudecieron y se miraron el uno al otro. Después continuaron jugando. Colocaron a los soldados frente a frente en posición de combate y hacían rodar canicas alternativamente contra el frente enemigo. Entonces imitaban el trepidar de cañones. Se trataban entre sí de Señor General y después de cada disparo se gritaban en actitud triunfante el número de bajas. Los soldados caían como moscas. La apuesta era un pudín. A la postre, uno de los generales se quedó sin un solo soldado, su ejército estaba totalmente liquidado. El nombre del vencedor estaba claro. Los caídos en combate, amigos y enemigos, huyeron en desbandada, junto con uno de los sobrevivientes, rumbo a su caja de cartón. Los generales se incorporaron. Iban a desayunar, dijo el vencedor, y de pasada agregó que yo no podía acompañarlos, que les habían prohibido jugar conmigo porque mi padre era un criminal. Mi madre me había dicho ya quiénes eran los criminales. Pero también que no era bueno nombrarlos. Así que no se los dije a mis amigos. Ellos lo supieron doce años más tarde, cuando eran comandados en el frente por grandes generales, bajo el trepidar de innumerables cañones de verdad, en las terribles y postreras batallas de la segunda guerra mundial, matando y muriendo.

3

Un año después de la detención de mi padre, mi madre recibió el permiso para visitarlo en el campo de concentración. Fuimos en un pequeño tren hasta la estación final. El camino serpenteaba monte arriba, pasando por un aserradero con olor a madera fresca. En la cima del monte aquel, el camino que conducía al campo de concentración se bifurcaba. Los campos del camino estaban yermos. Después nos vimos frente al ancho portón alambrado hasta que trajeron a mi padre. Lo vi venir por el camino empedrado del campo a través del portón alambrado. Su paso era cada vez más lento a medida que se aproximaba. Su uniforme de presidiario le venía muy grande, de suerte que parecía más pequeño. El portón permaneció cerrado. No pudo darnos su mano por la estrechez de las celdillas del alambrado. Yo tuve que pegarme al portón para poder ver enteramente su rostro enflaquecido. Estaba muy pálido. No puedo acordarme de lo que se habló. Detrás de mi padre se hallaba el centinela armado, con su cara redonda y rosácea.

Quisiera que mi padre hubiera sido un tiburón
Que hubiera despedazado a cuarenta balleneros
(Y yo hubiese aprendido a nadar entre sus sangres)
Mi madre una ballena gris mi nombre Lautréamont
Muerto en París en 1871 desconocido

4

Por ser su mujer, mi madre no conseguía trabajo. Así que aceptó la oferta de un fabricante que había sido miembro del Partido Socialdemócrata hasta 1932. Al mediodía me estaba permitido comer a su mesa. Así, cada mediodía empujaba el cancel de hierro de la casa de mi benefactor, subía por la ancha escalera de piedra hasta el segundo piso, oprimía titubeante el blanco botón del timbre, era conducido hasta el comedor por una muchacha de mandil blanco, donde la esposa del fabricante me indicaba mi lugar en la enorme mesa, bajo un cuadro que representaba a un venado que se desplomaba y a unos perros que se le iban encima. Rodeado de las voluminosas figuras de mis anfitriones, comía yo sin levantar la vista. Ellos eran amables conmigo, me preguntaban por mi padre, me obsequiaban golosinas y me permitían acariciar a su perro: era gordo y apestaba. Una sola vez tuve que comer en la cocina, una vez que tenían unos invitados a quienes incomodaba mi presencia. Llovía la primera vez que empujé el cancel de hierro, el cual, luego de un rechinido de bisagras, acabó por ceder. Yo escuchaba caer la lluvia cuando subía por la escalera de piedra. El hombre no estaba sentado a la mesa. Se había ido de cacería. Había albondigones de papa con carne de res y rabanillos picantes. Yo escuchaba la lluvia mientras comía. El último albondigón se me cayó del tenedor en dos mitades, sobre la alfombra. La mujer se dio cuenta y me miró. En ese mismo instante escuché el ruido de un motor en la calle, después frente a la casa, ruido de frenos y un grito. Vi dirigirse a la mujer a una de las ventanas y salir precipitadamente del comedor. Yo corrí hasta la ventana. El fabricante se hallaba en la calle, junto a su auto, delante de la mujer que había atropellado. Cuando salí del cuarto al vestíbulo, dos trabajadores la introducían cargando y la acostaban en el piso; yo podía ver su cara, la boca desfigurada de la que manaba sangre. Luego entró otro sirviente con el botín de la caza, conejo y perdices que también colocó en el piso, lo suficientemente lejos de la mujer sangrante. Yo sentí cómo se me subían los rabanillos. Había sangre sobre la escalera de piedra. No había llegado aún al cancel de hierro cuando vomité.

5

Mi padre fue puesto en libertad con la condición de que no se dejara ver más por la región. Eso fue en 1934, en invierno. Lo esperamos a dos horas de camino del pueblo, en plena carretera cubierta por la nieve. Mi madre llevaba un hatillo bajo el brazo, el abrigo de él. Llegó, nos besó a mí y a mi madre, se puso el abrigo y se regresó por la nieve, encorvado, como si le pesara demasiado el abrigo. Nosotros nos quedamos parados en la carretera y lo veíamos caminar. En el aire frío se podía ver a bastante distancia. Yo tenía cinco años.

6

Como mi padre estaba desempleado, mi madre volvió a ocuparse como costurera. La fábrica estaba a dos horas de camino del pueblo, donde teníamos un cuarto y una buhardilla. La casa era de los padres de mi padre. Una vez mi madre me llevó consigo a la ciudad, al banco. En una ventanilla pagó tres marcos. El hombre de la ventanilla miró hacia abajo, me sonrió y me dijo que ahora era yo un hombre rico. Acto seguido le entregó a mi madre la libreta de ahorros. Ella me mostró mi nombre en la primera página. Al marcharnos vi cuando un hombre a nuestro lado se metía un grueso fajo de billetes en la bolsa de su saco. Mi abuela estaba en la cocina, junto a la estufa, cuando llegué a mostrarle la libreta de ahorros. Ella leyó la suma y se rio. Tres marcos, dijo al tiempo que arrojaba un gran trozo de mantequilla al sartén. Colocó el sartén sobre la estufa. Sí, dije yo mientras veía cómo se derretía la mantequilla. Ella cortó un segundo trozo más pequeño de mantequilla y lo agregó al otro. Porque mi padre estaba contra Hitler tenía yo que comer margarina. Ella sacó papas de una olla, las cortó en rebanadas y las dejó caer en la grasa hirviente. A la libreta de ahorros que yo tenía en la mano le cayó una gotita. Ella no comería margarina, dijo, y agregó: Hitler nos da mantequilla. Ella tenía cinco hijos. Los tres menores habían caído en el Volga, en la guerra de Hitler por petróleo y trigo. Yo estaba presente cuando recibió la noticia de la primera muerte. La escuché gritar.

7

Cuando Hitler mandó construir las autopistas, en las escuelas alemanas tuvieron que escribirse composiciones acerca del gran proyecto. Habría premios para los mejores. Yo le dije esto a mi padre al regresar de la escuela. Él respondió: tú no debes obtener ningún premio; dos horas más tarde, empero, tienes que hacer un esfuerzo. Él estaba delante de la estufa, echó un huevo en el sartén; poco después, titubeante, uno más, y finalmente, luego de una larga contemplación y de tenerlo asido, el tercero. Esta será una buena comida, dijo. Comíamos cuando mi padre dijo: Tienes que escribir que estás contento de que Hitler construya las autopistas. Así, mi padre, que ha estado largo tiempo desempleado, obtendrá de seguro un empleo. Eso es lo que tienes que escribir. Terminada la comida, me ayudó a redactar la composición. Después, yo me fui a jugar.

8

Trece años más tarde —nosotros vivíamos en una ciudad en Mecklenburg— se sentó a nuestra mesa una baronesa, Viuda de un general que murió ejecutado luego del fallido atentado del 20 de julio de 1944 contra Adolf Hitler, y le pidió ayuda a mi padre, al funcionario del refundado Partido Socialdemócrata, para hacer frente a la reforma agraria. Él prometió ayudarla.

9

En 1951, mi padre se marchó, vía Potsdamer Platz, al sector americano de Berlín para alejarse de la guerra de las clases. Mi madre lo siguió hasta Berlín, yo me quedé solo en casa. Me sentaba cerca del librero y leía poemas. Afuera llovía, mientras leía escuchaba la lluvia. Dejé el libro de poemas a un lado, me puse un saco y un abrigo, cerré la puerta de la casa y me fui bajo la lluvia hasta el otro extremo de la ciudad. Encontré una fonda con pista de baile. El barullo se escuchaba desde lejos. Cuando llegué a la puerta de acceso a la pista de baile se anunció un receso. De manera que me dirigí al bar. Sentada a una de las mesas más pequeñas se hallaba una mujer sola, bebiendo cerveza. Me senté a su lado y ordené un vodka. Bebimos. Luego de la cuarta copa le toqué los senos y le dije que tenía muy bonito pelo. Como me sonriera complaciente, ordené otra copa. Al lado, en la pista de baile, se había reiniciado la música, retumbaba la batería, berreaba el saxofón, chillaban los violines. Yo oprimí mis labios y mis dientes contra la boca de la mujer. Después pagué la cuenta. Había escampado ya cuando salimos a la calle. La luna colgaba blanca en el cielo y esparcía una luz fría. Caminamos en silencio. En el rostro de la mujer había una rígida sonrisa cuando se desnudó, sin más trámite, junto a la cama doble en la recámara de mis padres. Después del coito le obsequié cigarros o chocolates. A mi pregunta más bien de cortesía de cuándo nos volveríamos a ver, respondió con un: cuando gustes, y casi se inclinó ante mí o más bien ante la posición social en la que ella aún creía a mi padre. Éste encontró la paz, años más tarde, en una pequeña ciudad en Baden, pagando jubilaciones a asesinos de obreros y a las viudas de asesinos de obreros.

10

Lo vi por última vez en el área aislada de un hospital en Charlottenburg. Fui en el tren suburbano hasta Charlottenburg, bajé por una amplia avenida, pasando por ruinas y troncos de árboles; en el hospital fui conducido por un largo y luminoso pasillo hasta la puerta de cristal del área aislada. Alguien timbró. Una enfermera apareció detrás del cristal, asintió muda cuando pregunté por mi padre, bajó por el largo pasillo y desapareció en uno de los últimos cuartos. Después llegó mi padre. Se veía pequeño en su piyama a rayas que le venía muy grande. Caminaba en pantuflas por el piso de mosaico. Estábamos de pie, el cristal de por medio y nos mirábamos. Su rostro enjuto se veía pálido. Teníamos que hablar en voz alta. Él sacudió la cerrada puerta y llamó a la enfermera. Esta acudió, denegó con la cabeza y se marchó. Él dejó caer los brazos, me miró a través de la puerta de cristal y permaneció en silencio. Escuché gritar a un niño desde uno de los cuartos. Al momento de marcharme, lo vi parado detrás de la puerta, diciendo adiós con la mano. Se veía viejo en la luz que caía sobre la ventana, al final del pasillo. El tren iba muy rápido, pasando por escombros y obras en construcción. Afuera estaba la luz gris metálico de un día de octubre.

1958


* Traducción de Enrique Martínez Pérez.

Publicado en: TextoS, Suntuas Académicos, núm. 4, enero-marzo de 2001.