Montparnasse y sus flores

crónica

Montparnasse y sus flores

Una de las cosas que más me llamaron la atención antes de entrar al cementerio fue la ausencia de florerías. En plena embriaguez había decidido comprar una rosa para Baudelaire: él era la principal razón por la cual visitaba el Montparnasse, uno de esos tantos sueños de adolescente que a veces buscamos cumplir en la adultez. La adultez, creo yo, pretende ser una reconstrucción más realista de los anhelos juveniles.

Por JORGE IVAN CHAVARIN

 
La primera vez que visité el cementerio de Montparnasse fue a finales del invierno de 2015. Me había topado con Alicia Cervantes, una ecuatoriana de cabellos violeta que había sido compañera de cuarto en un hostal de Londres hacía apenas dos semanas y con quien había establecido una buena amistad. Quedamos de vernos en un pequeño café que ella conocía cerca el cementerio donde nos sirvieron gigantes tronchos de carne variada y una buena selección de verduras bajo una capa de arroz de color amarillo y sazonado de una forma que nunca antes había probado; imagino que contenía algunas especias árabes, cualquier sabor desconocido se lo atribuía a ellas. Y encima de todo un chile jalapeño, cortesía del gerente al conocer mi nacionalidad. Pero lo que en verdad nos robó el corazón fue la cerveza de la casa: clara, con un toque frutal y una leve nota amarga que completaba el sabor. Tres tarros de litro por persona, después nos llegó la cuenta. Para ser sincero esperaba una cifra enorme, al fin y al cabo, estábamos en París. Menos de cincuenta euros en total, muy barato pese a la zona en la que nos encontrábamos; demasiado barato quizás, tomando en cuenta que fueron dos comidas completas y seis litros de cerveza.

Una de las cosas que más me llamaron la atención antes de entrar al cementerio fue la ausencia de florerías. En plena embriaguez había decidido comprar una rosa para Baudelaire: él era la principal razón por la cual visitaba el Montparnasse, uno de esos tantos sueños de adolescente que a veces buscamos cumplir en la adultez. La adultez, creo yo, pretende ser una reconstrucción más realista de los anhelos juveniles.

—Aquí no son muy usuales las florerías cerca de los cementerios, tampoco es común entre los franceses regalar tantas flores a los muertos. Eso es más de los turistas— decía Alicia mientras apretaba su gabardina y acomodaba la bufanda violeta que hacía juego con su cabello.

Entramos por la puerta sur y pedimos un mapa. Si yo venía buscando la tumba del poeta maldito, ella buscaba la de Cortázar.

—Una de las cosas que tengo que hacer cuando vengo a París es visitar la tumba de mi Cronopio. Y como ya voy a terminar el doctorado y me voy a tener que devolver a Guayaquil, no me puedo ir sin visitar a mi novio.

Trazando la ruta para llegar a nuestras tumbas de destino, entre otras adicionales que visitaríamos, llegaríamos primero a la del argentino. Nublado, con un leve aire frío que movía los árboles, el musgo encarnándose en las piedras, las estatuas con costras verdes, mientras rayos tenues de sol se filtraban de vez en cuando entre las nubes. El Montparnasse se mostraba como de película, muy distinto a los camposantos calurosos de Culiacán. Aquí no había globos con forma de cerveza o de corazón, sólo algunas rosas tiradas al margen y notas en papel café, como el que se usa para envolver las tortillas, que pocas veces me atreví a leer. Tampoco había bandas tocando corridos ni gente llorando estridentemente, tan sólo pude ver una pequeña marcha fúnebre, de unas cinco personas vestidas de negro, que parecían aguantar las lágrimas. Recorrimos el camino asfaltado apenas cruzando unas palabras, pues a diferencia de Sinaloa, donde la música suena a todo volumen para hacer bailar al muerto, aquí se debía guardar silencio para dejar que los muertos hablen, darse el tiempo de escuchar sus murmullos. La charla de ultratumba contra la danza de la muerte.

Mucha gente, y lo digo por experiencia propia y después de escuchar a amigos y conocidos que han visitado Montparnasse, no se da tiempo para recorrer con calma el lugar: París es enorme y hay que verlo todo, no hay tiempo que perder, por esa razón, en este caso, van directo adonde quieren ir, ya sea a la tumba de Porfirio Díaz, que está tapizada de banderas de México y donde se puede leer, entre otras cosas, la leyenda “Por favor vuelve, te necesitamos” en tinta roja sobre una cartulina; al dúplex que comparten Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, en el que a ella le dejan rosas multicolores y le marcan besos con labial rojo o violeta y a él botellas de licor y jeringas (admito que la rosa que posteriormente le dejaría a Baudelaire la robé de la tumba de Beauvoir, un inocente acto de vandalismo literario o de fachosismo literario); otros se dirigen a la modesta tumba de Vallejo, que casi siempre está cubriéndose del aguacero con la bandera peruana; y hay quienes, quizás jóvenes aspirantes a cineastas, dejan rollos de película sobre los restos de Philippe Noiret; y así podemos continuar por horas.

Alicia, en cambio, me tomó de la mano invitándome a caminar despacio por las callejuelas del cementerio.

—Disfruta a los muertos, disfruta las tumbas— me dijo.

Y nos dimos la oportunidad y el tiempo de conocer las llamativas losas que ricos empresarios y banqueros, ahora olvidados, seleccionaron para descansar, de esos que estaban conscientes de que, probablemente, su nombre se perdería en la historia y, para evitarlo, procuraron inmortalizarlo tallándolo en una piedra.

Entre otras cosas, atrajo mi atención una tumba resguardada por una escultura de bronce que representaba, en tamaño natural, a una pareja postrada en una cama con detalles florales: él con lápiz y cuaderno en mano, ella simplemente acostada; en lo alto, un ángel sosteniendo una antorcha en pose de victoria y en el centro una placa amarilla con la leyenda: “Famille Charles Pigeon”. Imagino a ese Charles Pigeon, un hombre famoso y rico de finales del siglo XIX consciente de su futuro olvido. ¿Quién va a recordar a un antiguo fabricante de lámparas de petróleo con la llegada de la luz eléctrica?, lo imagino llegando a las oficinas del Montparnasse en abrigos de pieles y comprando un lote para él y su futura familia, dieciocho generaciones para ser exactos. Lo imagino contratando a uno de los mejores escultores de París: “Quiero la escultura de bronce más hermosa que se pueda hacer para mi tumba. ¿El dinero?, eso no es problema”. Lo imagino volviendo a su casa, en algún barrio lujoso de la ciudad, complacido después de haber visto lo que será su refugio para el resto de la eternidad, posándose orgulloso en su sillón, prendiendo un habano, regalo de algún socio, tal vez imaginando que, muchos años después de su muerte, visitantes de todos los rincones del mundo quedarían anonadados por la belleza de su sepulcro. Será la única forma que tenga de lograr la inmortalidad.

Alicia caminaba pacientemente y no dudaba en detenerse cuando una tumba llamaba su atención: no perdía la oportunidad de apreciarla, ver los nombres y analizar cada uno de sus detalles.

—La forma en que esculpieron las plumas de ese querubín es casi perfecta, les faltó algo de detalle en la parte pegada a la espalda. Pero es muy buena— decía refiriéndose a la de un niño de apellido Alaid que murió en 1933 con apenas tres años. —La familia debió tener mucho dinero para hacer esa obra de arte, lo más seguro es que fuese hijo de algún empresario. Me pregunto de qué habrá muerto.

Si la tumba estaba sucia, la limpiaba como si se tratase de la de un familiar. Con un pañuelo violeta humedecido en el agua de alguna fuente cercana tallaba hasta dejar el espacio impecable, cuidando de no resbalarse o no estropear algún adorno. No eran pocas las veces que había visitado el lugar y su asombro era igual o más que el mío. En distintas oportunidades la escuché repetir que si viviera en París visitaría este lugar todos los días, se pondría a trabajar en alguna banca con su computadora y al caer la tarde prepararía una baguette con queso y carnes y obviamente la comería junto a su Cronopio.

—Mira, ya nos falta poco para llegar a la de Cortázar— gritó.

—¿Cómo lo sabes?— le pregunté.

—Por la tumba de Serge Gainsbourg— y apuntó a un aglomerado de rosas y de otras cosas entre las cuales pude distinguir discos, cajas de chocolates, libros, etc.

Los sepulcros del Montparnasse suelen estar bastante limpios y tener buen aspecto, incluso las tumbas de personajes como Cortázar, Sartre, Alekhine o Baudelaire, pese a tener encima las numerosas ofrendas que los seguidores van dejando, se aprecian bien. Sin embargo, la de Serge Gainsbourg es quizás una excepción, pues sobre ella se amontonan de tal manera los arreglos florales y demás obsequios que es prácticamente imposible ver cómo luce debajo de todo eso. Cada ciudad o pueblo suele tener a un hijo predilecto, un personaje que se vuelve símbolo de la localidad, alguien que representa en carne viva el espíritu de la región: Roma tiene al capitán Totti con su espíritu de César; Nueva York a Woody Allen con su humor urbano; Culiacán a Julio César Chávez que no paraba de golpear y ser golpeado; Liverpool tuvo unos cuatrillizos que le devolvió la sonrisa después de tiempos negros; Nápoles adoptó con orgullo a Maradona y las mafias le siguen rindiendo tributo; Seattle a Kurt Cobain cuyos gritos aún se escuchan en los callejones; Mandela abrazó prácticamente a toda la zona sur de África y les recordó que aún hay tiempo; y si pensamos en París quizás muchos digan a Edith Piaf o Coco Chanel, aunque lo cierto es que ellas no lograron el estandarte representativo que tuvo Serge, ese demonio incestuoso de voz grave, amante de todas las chicas parisinas: el Pepe Le Pew que continuó la fiesta e incendió París.

Acabada la Segunda Guerra Mundial y con treinta años, Serge era entonces un maestro sustituto de dibujo que pasaba sus tardes echado sobre un sillón, alcoholizado, agobiado por su falta de talento sin percatarse de que algo dentro de sí empezaba a trabajar. Fue Boris Vian quien lo despertó de su letargo: “Deja de hacerla de pintor, que eso no es lo tuyo”, y Serge abandonó los pinceles y optó por los micrófonos y los escenarios. A partir de ese momento, no paró de vomitar letras y más letras eróticas hasta que un quinto infarto le puso fin. “Cálmate, guapo, que ya fue suficiente”, le dijo la muerte excitada.

El problema con la concepción de la genialidad es que creemos que ésta se manifiesta desde el principio, desde la más tierna juventud. Pero nos olvidamos de esos genios tardíos que pasan dos terceras partes de su vida dedicándose a otras cosas, y que un buen día simplemente son arrebatados por la inspiración y de pronto estalla su creatividad. Maduros y conscientes ya de su genialidad, personajes así no descuellan como los chiquillos pródigos, sino que siguen adelante absorbiéndolo todo, como si de hoyos negros se tratara.

Llegado a la vejez, Serge Gainsbourg había hecho de todo: desde versionar “La Marsellesa” con ritmos reggae o pidiéndole literalmente a Winnie Houston coger durante un programa de televisión. “Ya es suficiente tiempo de vida”, le repetía constantemente la muerte a Serge. Fastidiado, la tomó del brazo y juntos visitaron todos los cementerios de París para escoger el adecuado. “A pocos les doy la oportunidad de hacer esto”, decía riendo la muerte, que en ningún momento lo soltaba imaginando la envidia de otras al verla caminar al lado del galán Serge Gainsbourg.

Y entre todos, el parisino seleccionó el Montparnasse. “Y, ¿cómo quieres tu lápida?”, le habrá preguntado algún trabajador. No contestó, le daba igual el modelo que escogiera, de todas formas, nunca se iba a poder ver. Estaba consciente de su genialidad y de su fama, de que a pesar del tiempo la gente seguiría haciendo largar filas para visitarlo y halagarlo con presentes, mismos que se irían propagando por los alrededores hasta ir cubriendo todo el cementerio como si de una incontrolable infección se tratara.

Y después de dos horas de haber iniciado el trayecto, llegamos finalmente a la tumba de Julio Cortázar. Billetes de metro, piedras decorativas, lápices, papeletas y marcas de besos poblaban toda la lápida. Pude ver incluso un libro de Arturo Pérez Reverte, no recuerdo cuál, envuelto en una capa de plástico; imaginé que hacía apenas unas cuantas horas él había estado ahí y en un frenesí literario le había dejado su obra: “De colega a colega”, debió de pensar mientras se retiraba orgulloso e inspirado de su visita, hasta con la iniciativa de escribir una nueva novela.

—Mira qué hermoso decorado— dijo Alicia al momento que apuntaba a la tumba. —Esos círculos que ves ahí son los Cronopios, y los de más atrás son Famas, están ahí para cuidar el sueño de Cortázar, él los creó y ellos como agradecimiento le cuidan su tumba. Son muy hermosos.

En mi opinión, sólo eran un montón de círculos. Para ser sincero, esperaba que su tumba fuese más bella, con alguna referencia al box o al jazz, o por lo menos con una leyenda interesante como la de Borges en Ginebra. Para un espectador desinteresado, hubiese pasado desapercibida.

—Sí, son muy hermosos— mentí.

Ella sacó un lápiz labial violeta, de qué otro color podía ser, y pintó sus labios. No me sorprendió el hecho de que besara la tumba, las marcas ahí indicaban que era algo usual, lo que me impactó fue que para Alicia un beso no fue suficiente: continuó besando la roca por todas partes: en la decoración de los Cronopios, en las fechas de nacimiento y muerte, en el lado frontal, en el trasero, prácticamente no hubo ningún rincón que ella omitiera, como si intentara dejar su rastro violeta y eliminar bajo su impronta los otros besos, pues no podía haber otros labios más que los suyos.  Fue en ese momento en que me di cuenta que cuando ella decía que Cortázar era su novio, no era una broma o un simple juego: ella en verdad creía que estaba visitando a su novio.

Alicia se acostó en la tumba. Y cuando me refiero a que se acostó, no estoy diciendo que se colocó boca arriba como suelen hacer algunos fanáticos para sentir de una forma muy superficial el acto del entierro o el de morir. Recuerdo haber escuchado algo en relación a un profesor de la Facultad de Psicología que como ejercicio de campo llevaba a sus alumnos al cementerio, ellos seleccionaban una tumba y se acostaban bocarriba en ella. A lo anterior se le puede encontrar el sentido terapéutico, pero con mi compañera era distinto, su posición era bocabajo, y en determinados momentos elevaba y bajaba su cuerpo como si la tumba fuese una persona: en su imaginario ella estaba teniendo relaciones sexuales con Cortázar. Me inquietaba pensar que no era la primera vez que lo hacía. En ese momento su ropa desapareció y sólo quedó el violeta.

Conocí a Alicia en un hostal de Londres ubicado cerca de London Bridge. La habitación que había seleccionado era para ocho personas, pero sólo nos encontrábamos cuatro: una pareja de alemanes, Alicia y yo. Se encontraba residiendo en Granada desde hacía cuatro años y aprovechaba las vacaciones para recorrer Europa. No está de más decir que París siempre era una parada obligatoria. Cuando me la encontré en el hostal venía de Manchester y ya tenía tres días en la capital inglesa.

No tardó en decirme que su escritor favorito era Cortázar, que él era su novio y que se encontraba haciendo una tesis sobre el glíglico y su carácter lúdico y erótico. Yo la escuchaba y aproveché su conocimiento sobre la ciudad para utilizarla como guía turística, me tomó muy buenas fotografías en el museo de Sherlock Holmes: yo con el gorro y la lupa típica haciendo pose de haber descubierto un misterioso crimen. A cualquier lugar que íbamos llevaba su mochila violeta llena de parches literarios y dentro de ella dos o tres libros de Cortázar, que no perdía ocasión para ponerse a leer, incluso cuando subimos al London Eye ella sacó Todos los fuegos el fuego y se puso a leer “La salud de los enfermos” en voz alta; en ningún momento se dio la oportunidad de observar la ciudad desde lo alto; morí de vergüenza ajena con la pareja que estaba a nuestros lado y con el grupo de la academia de señoritas que, según intuí, estaban ahí de viaje de estudios. Alicia partió tres días antes que yo, se dirigía a Brujas, y quedamos de vernos en París. Se despidió de beso en la mejilla cuando su taxi llegó al hostal y me regaló un separador que tenía un dibujo caricaturizado del escritor argentino: un cuerpo pequeño y una cabezota sacando un globo de diálogo: “Apenas él le amalaba el noema”

Podía escuchar el golpeteo de su pelvis con el mármol y por primera vez en mi vida deseé ser Cortázar, no para escribir una novela polifórmica como Rayuela ni para pasar el resto de mis días en una ciudad como París, quería ser él para ser parte de ese acto amoroso, para estar enterrado en el Montparnasse y para poder sentir bajo mi sepultura el contoneo de esa chica, la extensión de mi mortalidad en una losa que se vuelve más dura con los desesperados movimientos pélvicos de una fanática que no distingue, o más bien no le importa, ciertos límites convencionales, pues para ella toda esa edificación era Cortázar.

—“¿Te estás excitando?” — me pregunté.

—“Un poco” — me contesté avergonzado.

Me vi tentado a interrumpir el acto, mas nunca me lo hubiera perdonado.

Al cabo de unos minutos, Alicia dejó su juego y volvió a ponerse de pie. La ropa volvió aparecer por arte de magia. Se acomodó el cabello con los dedos, volvió a pintarse los labios y prendió un cigarro. Dirigió su mirada hacía mí y se rio. No era su risa ese gesto que lanzamos cuando hacemos algo que nos avergüenza, más bien era una risa de malicia como la que hace una niña cuando le acaba de enseñar los calzones a un niño: una malicia pueril.

—Ya terminé de visitar la tumba de mi novio, ahora sí podemos ir a la tumba de Baudelaire—.

El resto del trayecto perdió importancia para mí. Admito que fue divertido tomarse fotos con la bandera de México en la tumba de Díaz y regalarle una rosa robada a Baudelaire, pero me fue imposible dejar de ver a mi compañera y recordar sus movimientos de pelvis, así como su cara de excitación al estar sintiendo que en verdad Cortázar, desde el mundo de los muertos, la penetraba, sus carnes caídas meciéndose como gelatina, la vagina violeta que se dilataba. Sé que la escena no se borrará de mi cabeza tan fácilmente como sí lo hizo la tumba del argentino.

Antes de salir del cementerio me quedé observando un sepulcro más, uno sin ninguna distinción ni adorno. Ese simple pedazo de roca podría ser mi futura tumba, un lote destinado al olvido sin ningún nombre que recordar, un Pierre Charles que vivió entre 1934-1998 y ahora está extraviado entre cientos de hombres que fueron mejor que él en todos los aspectos. Bien pudiera poner mi nombre y nadie se daría cuenta; peor aún, a nadie le importaría. Al menos ese Pierra Charles está enterrado en uno de los cementerios más emblemáticos, pero yo ni siquiera tendría esa fortuna, pues cuando mucho mi cuerpo terminará en algún camposanto sin ningún tipo de garbo aunque de igual forma perdido entre cientos de capillas cuya única gracia quizás sea la de tener conexión a Internet y aire acondicionado.

—Mi hostal está cerca de la estación Clamart, por ahí está el museo de los Forey, podemos aprovechar y ver Los Libros de Karlova y después tomarnos unas cervezas, y si se hace muy noche, te puedes quedar en mi habitación— me dijo al momento que me tomaba del brazo.

La desnudez volvió, pero esta vez ya no me excitó.

—Estoy cansado, creo que me voy a ir a dormir. Igual nos podemos ver otro día.

No lo hicimos. El resto de mi estancia en París estuve solo, no contesté ninguno de los mensajes de Alicia y rogaba cada vez que iba a un lugar turístico para no encontrármela. Perdí toda comunicación y conocimiento sobre ella hasta hace unos días cuando leí en un boletín literario de alguna revista en Internet que la escritora y académica Alicia Cervantes había publicado dos libros simultáneamente. El primero era su tesis de doctorado, Manifestaciones eróticas y femeninas en el glíglico de Cortázar; y el segundo se titulaba Montparnasse y sus flores, que según la ficha descriptiva era una colección de doce cuentos eróticos que toman lugar en el cementerio francés.

 


Jorge Iván Chavarín (Culiacán, 1991). Estudió Lengua y Literatura Hispánica en la Universidad Autónoma de Sinaloa y es egresado de la Escuela Normal de Sinaloa. Ha participado en distintos cursos y talleres con escritores como Élmer Mendoza, David Toscana y Federico Campbell. Ha publicado cuentos y ensayos en revistas regionales y nacionales como Terrario, Akáes, La Sombra, Fricciones y Timonel. Becario interfaz en el progama “Los signos en rotación” en 2016. Forma parte de la antología de cuento Todos los nombres cuentan (Instituto Sinaloense de Cultura, 2014).