La división

narrativa

La división

Reyna abre el champagne. Lo descorchó esa tarde y ya perdió casi todo el gas. Es la segunda botella del día. La primera ⎯que Ariela todavía no vio⎯ está escondida detrás de la mochila del baño. Las otras cinco que usó esa semana están repartidas en los vértices de la habitación, tapados por ropa y por muebles. No es difícil esconder botellas.

Por PABLO OTTONELLO

 

La tiene que dejar pasar. Ella entra sin mirarlo. Arrastra tres olores: el de la calle, el cuero de su abrigo y el perfume (cítrico) de siempre.

⎯Qué calor⎯ dice ella. ⎯¿Estás con todo cerrado?

Él se ofrece a recibir el abrigo negro pero ella ya encontró un lugar. Lo deja en el respaldo de una única silla, que ahora insinúa una mujer.

⎯Estás flaca⎯ dice él.

⎯Huele a gas⎯ dice ella. ⎯Dame algo de tomar, ¿tenés?⎯pide.

No se sienta. Él camina hasta la cocina. Son dos ambientes: no hay caminos posibles hasta la heladera. Un lugar tan reducido complica las posibilidades para el estilo. Ella se asoma y lo mira pisar el agua, descalzo.

⎯Te vas a electrocutar⎯ dice.

⎯Ahora lo seco. ¿Cerveza o vino?

⎯Agua.

⎯¿Champagne?

⎯Agua⎯ dice ella.

Casi no se ve, pero el agua chorrea del vértice del freezer, que derrite el hielo interior cuando el motor de la heladera está en reposo.

Con todo el tiempo del mundo, las gotitas formaron el charco que él pisa, descalzo, frente a la heladera. Una buena forma accidental de morir y listo, piensa ella.

Él saca una botella de la que queda menos de la mitad. Ella se asoma detrás. Fiscaliza la heladera. Me viene a vigilar, quiere ver qué tengo y qué no tengo. Busca un vaso limpio. Como no hay, se pone a lavar uno.

⎯Tenés la heladera vacía.

⎯Vacía, no⎯ dice él. ⎯Hay champagne y dos latas de cerveza.

⎯Basta, Reyna⎯ dice ella.

⎯Sentémonos⎯ pide él.

Le mira los hombros, los omóplatos rectos y el culo. Ella camina sola. No se deja tocar. Como no quiere dar ningún mensaje equivocado, Ariela exagera la formalidad. Va a ser difícil ablandarla, piensa Reyna. Todavía puedo exigirle el débito conyugal. No firmamos ningún papel.

⎯Tenemos que hablar⎯ dice ella.

⎯Bueno⎯ dice Reyna. ⎯Escucho.

Vuelven al living. Es optimista hacer divisiones tan nítidas en un departamento minúsculo. Hace calor. La única estufa a gas, a la izquierda del ventanal, está al máximo. Delante está puesto el tender, con ropa puesta a secar. Arriba, en un estante amurado a la pared (sostenido por dos ménsulas blancas), las ramas de un potus flamean por las ondas de calor. En dos o tres días, con la calefacción así, estará muerto.

⎯Vas a quemar todo, otra vez⎯ dice Ariela.

⎯Estoy secando ropa⎯ dice Reyna. ⎯Afuera, con el frío, no se seca más.

Ariela, que todavía no se sentó, aleja el tender de la estufa. Toca la ropa. Se lleva una remera blanca, lavada pero con arrugas, al cachete.

⎯Esto está a punto de encender.

⎯¿Venís a hacer pericias?

⎯Quisiera no tener que hacer pericias⎯dice ella.

Reyna se sienta en uno de los sillones de una plaza. El otro, que queda para Ariela, tiene libros, un saco gris, boletas sin abrir y un plato con restos de queso que, por llevar días fuera de la heladera, formó un degradé en la gama de los ocres, de un blanco puro (en la punta) a un tinte marrón acercándose la base, que remata en una cobertura de cera amarilla.

Ariela pone el plato en la mesa ratona sobre otro plato con restos de aceite: la cena de la noche anterior o el almuerzo de ese mediodía. Corre los libros a un costado y se sienta.

⎯¿No estás yendo a trabajar?⎯dice.

⎯Trabajo desde casa. Lo que vos llamás home office⎯ dice Reyna.

Señala la mesa de paño verde, de póker, que él usa, hace años, para trabajar. La misma mesa que usaba en su escritorio en la casa que compartieron, hasta que se quemó, durante ocho años.

En el centro hay una computadora abierta, dos parlantes chicos, varias biromes, papelitos con anotaciones y algo parecido a un cuaderno con tachaduras y marcas en azul. Ariela camina hasta ahí y escruta. Ve los pedacitos de galletas de arroz pegados a la felpa verde. Ve el frasco de mermelada de durazno con una cuchara dentro. Ve el pedazo de roquefort que aporta un olor ácido a esa parte del departamento. También hay pelos blancos de Rilke, el gato que duerme al lado de la estufa, apoyado contra el metal.

⎯¿Dónde caga el gato?

⎯En la cocina⎯dice Reyna.

⎯¿Hace cuánto no le cambiás las piedritas?

⎯Las cambié hace poco⎯dice Reyna. ⎯¿Seguro no querés champagne?

⎯¿Dónde comen los chicos?

⎯Acá, en el living. Comemos en el living.

⎯¿No tienen mesa?

Reyna señala la mesa ratona.

⎯Una mesa normal, una mesa para sentarse a comer, como una familia⎯dice Ariela.

Reyna no contesta. Le ofrece champagne. Ella no contesta.

⎯¿Te molesta si yo tomo un poco?⎯ pregunta él.

No espera la respuesta. Recién ahora, cuando se acerca a ella para servirse champagne, Ariela percibe el olor a alcohol. No sólo en el aliento: en la transpiración, en la ropa, en el pelo que, por la grasitud, está especialmente negro. Si tuviera canas, Reyna parecería mucho más viejo de lo que es, piensa ella. Tiene suerte genética.

⎯Lo compré en la vinoteca. Está especial. Te ofrezco esta última vez y nunca más⎯ dice.

⎯Tengo poco tiempo⎯ dice Ariela. ⎯Y ya no tomo más durante la semana.

⎯Ariela⎯ dice Reyna. ⎯A, rie, la⎯ repite, por puro gusto fonético.

Nunca se podría divorciar de un nombre tan lindo.

⎯Ponete cómoda⎯ dice.

Le mira la punta de las botas y trata de recordar la forma de los pies. Piensa: canoas.

⎯Tengo que pasar a buscar a los chicos. A las nueve mis viejos tienen que salir.

⎯¿El doctor está cuidando a los nietos?

⎯La esposa del doctor. La pasa a buscar a las nueve para ir al restorán.

⎯Claro⎯dice él.

Reyna abre el champagne. Lo descorchó esa tarde y ya perdió casi todo el gas. Es la segunda botella del día. La primera ⎯que Ariela todavía no vio⎯ está escondida detrás de la mochila del baño. Las otras cinco que usó esa semana están repartidas en los vértices de la habitación, tapados por ropa y por muebles. No es difícil esconder botellas.

⎯Tenemos dos horas⎯dice él.

⎯No tenemos dos horas⎯corrige ella.

Reyna le hace una seña para que se siente en el sillón que antes ocupaba él. Ella acepta. Reyna despeja los libros, que deja en el piso, y se acomoda mirando a Ariela, al ventanal obstruido por los dos colchones. Toma del pico sin dejar de ser elegante.

⎯¿Dónde están los pasaportes?⎯ pregunta ella.

⎯Los tengo yo⎯ dice él. Baja la botella, respira, toma de nuevo. ⎯Siempre los tuve yo. Ya te di el tuyo.

⎯¿Dónde están?

Reyna abre una mano y la deja en el aire. La no-contestación molesta a Ariela. Para calmarse, toma agua y se queda pensando.

⎯Huele a gas. Es peligroso estar acá adentro.

⎯No, no es peligroso. La estufa es de tiro balanceado. El oxígeno de la combustión viene de afuera. Si querés busco un tutorial en Youtube que explique cómo acá nadie se ahoga.

⎯El monóxido de carbono no se siente. Te morís mientras estás dormido.

⎯¿Sin dolor?⎯pregunta Reynaldo.

⎯Sin dolor, sin nada. Te morís y ya.

⎯Para tener en cuenta.

Se levanta con la botella. Camina chupando del pico. Levanta apenas la persiana, hasta que aparecen ranuras paralelas entre los listones. Afuera es otra noche. Después corre uno de los colchones y desliza el ventanal de vidrio menos de diez centímetros. Entra un chiflete. Vuelve a acomodar el colchón, que bloquea el exterior. Ese poco de aire ya se nota.

⎯¿Por qué no abrís?

⎯No me gusta que me vean trabajar. Me desconcentra⎯ dice. ⎯Si siento que me ven, me bloqueo.

⎯Eso es superstición.

⎯Escribir es superstición y suerte⎯dice Reyna.

⎯Nadie puede vivir sin abrir la ventana.

⎯Yo puedo.

Los dos colchones están apoyados contra la pared, cubriendo el ventanal. La vez que Reyna quemó la casa anterior, donde vivían todos juntos, empezó con unos colchones.

Nadie sabe lo inflamable que es un colchón hasta que se quema. Había sido un accidente, pero el psicoanalista de Ariela formuló la hipótesis de que ella, quizás, se había casado con un piromaníaco. ¿Existía quemar la casa por error? Durante meses Ariela y él se dijeron que todo el mundo cometía errores. Que él había dejado, por error, los colchones fuera de las camas, apoyados contra la pared, para ventilarlos. Por error el calor de la estufa había doblado el colchón, que se plegó sobre el artefacto. Por error el primer colchón se encendió y se redujo a un líquido de fuego sintético que quemó el otro colchón, la alfombra, las cortinas y el resto de la habitación. Menos de un año después, se separaron.

Reyna no creía que un incendio pudiera separar a un hombre de su mujer y de sus hijos. Un incendio, no. Un robo violento, un choque en el que uno de los dos quedara en coma, la bancarrota, un affaire descubierto. Pero no un incendio en el que perdieron el techo, una habitación y media, dos sillones, la ropa de los chicos y parte de la ropa de ellos (por el humo) y seis mil dólares en efectivo que escondían adentro de una lata, que se quemaron con todo lo demás.

Ariela le perdonó todo, menos que se hubiera quemado la plata en efectivo. Le había dolido más eso que los destrozos que había producido el humo caliente, que en minutos levantó la pintura, hinchó la madera, arruinó las cerraduras, contaminó telas y reventó vidrios, espejos, puertas y muebles. El fuego no era lo peor. El fuego, en última instancia, tenía su costado de hermosura. El humo caliente era pura malicia. El humo destruía sin embellecer.

Ariela mira los colchones. Él no la deja preguntar.

⎯Las camas de los chicos.

⎯¿Dónde los hacés dormir?

⎯Acá, en el living.

Le gusta decirle living a una superficie de tres por tres, no separada de la cocina. Cruza una pierna sobre otra como si fuera Leonardo di Caprio a punto de dar una entrevista. Las plantas de sus pies están blancas cerca del arco palmar y sucias en los bordes. Eso que indica dos cosas: que pisa mal y que los pisos del departamento están sucios. Las uñas, largas, juntan mugre.

La dignidad es algo que se construye, y al departamento de Reyna le falta dignidad. Cualquier espacio que habitara Reyna no la tendría, piensa ella.

⎯Tenés olor a chivo⎯ dice Ariela.

⎯No me quiero bañar hasta que termine⎯ dice él. Señala la mesa de trabajo. ⎯Estoy en medio de algo. Ya sabés cómo es⎯ dice Reyna.

Se rasca la planta de un pie con la uña del dedo gordo del pie opuesto. El sonido es seco y persistente.

⎯Qué sexy.

Reyna le sonríe.

⎯Sacate las botas.

⎯No.

⎯Son incómodas. Sacátelas un segundo, para charlar. Sin botas se habla mejor, más a fondo. La vestimenta modifica los pensamientos. Te lo aseguro. Conmigo funciona así.

Ariela lo mira. Cruza las piernas una sobre otra y deja caer el cuello hacia atrás. Reyna se adelanta, se arrodilla en el piso frente a sus botas y levanta una. Tironea para aflojarla.

⎯Tiene cierre⎯ dije ella. Reyna baja el cierre. Ella estira la pierna para que la bota salga. Reyna aprovecha y le toca los gemelos, que se afinan hacia el talón, como un remate. Repite lo mismo con la otra, que le lleva la mitad del tiempo. Reyna mete la cara en el hueco de la bota y respira.

⎯Siempre me gustó el olor a cuero⎯ dice.

⎯Tenemos que hablar⎯ pide ella.

⎯Estamos hablando⎯ dice Reyna.

⎯¿Dónde están los pasaportes?

⎯Probá el champagne. Es buenísimo⎯ dice Reyna.

⎯¿Cómo lo pagaste?

⎯Lo pagué⎯ dice Reyna.

⎯¿Con la tarjeta?⎯pregunta.

⎯Sí.

⎯Me corresponde la mitad. ¿Quedan botellas?

⎯Deben quedar dos. O una. No calculé. ¿Te traigo un vaso?

⎯No⎯ dice ella. Estira la mano. Reyna le da la botella. Ella toma un trago. Si chupan del mismo orificio la cosa no puede estar tan mal, piensa él.

⎯Le falta frío⎯ dice ella.

⎯Esperá⎯dice él.

Reyna va a la cocina, que está a pocos pasos a la izquierda de Ariela. Busca un cuchillo grande, lo limpia con un repasador, abre el freezer y lo clava varias veces en el bloque de hielo que duerme del otro lado de la puerta. Ariela mira la empuñadura de Reyna. Mira la mano, el mango y la hoja del cuchillo, que la puerta del freezer obstruye. Le llega el sonido seco, el forcejeo.

⎯¿Qué hacés?⎯dice ella.

⎯Hielo fresco⎯dice él.

Ariela lo mira trabajar. Reynaldo pica el hielo con mucho oficio, como si estuviera acostumbrado a hacerlo. Pone los trozos obtenidos en una ensaladera. Busca un vaso para Ariela. Del juego de seis copas de champagne queda una sola, para ella. Reyna toma del pico. Vuelve al sillón, frente a ella. Ariela toma un bloque de hielo de forma irregular. Lo parte al medio para que entre en la copa alta de champagne.

⎯¿Estas de donde salieron?⎯dice ella.

⎯Estaban en casa.

⎯¿Y por qué las tenés vos?

⎯Había dos juegos. Yo tengo uno, vos el otro. Esta es la única sana que me quedó. Son absurdamente frágiles.

Ariela toca el tallo de cristal. Son buenas copas que alguien les regaló para el casamiento. Parecen hechas para que duren poco. La delicadeza les acorta la vida útil.

Reynaldo le sirve champagne. La diferencia de temperatura hace quebrar el hielo, que suena a madera seca.

⎯Salud⎯dice Reyna. Ella no responde, pero hace una seña mínima con la copa.

Lo mira el tiempo necesario como para no reconocer que no puede mirarlo sin incomodidad. Lo mira para dejar claro que, aunque no la domine, pretende dominar la situación. Para marcar la diferencia entre su adultez madura y la adultez parcial de Reynaldo. Ariela hace teatro y él acepta el teatro.

⎯Es bueno. ¿Cuánto costó?

⎯No importa⎯dice él.

⎯¿Conseguiste trabajo?⎯pregunta Ariela.

⎯Siempre tengo trabajo⎯dice él.

⎯Trabajo remunerado⎯dice ella.

⎯ Remunerado es una palabra muy administrativa⎯dice Reyna.

⎯Es cierto que la vida material está fuera de tu competencia. ¿No?

⎯Me compete, como a todo el mundo. Justamente por eso, porque me compete, no quiero abrir la ventana. Si me ven los vecinos, me intimido. Y si me intimido, no puedo terminar lo que necesito terminar.

⎯¿Por qué pensás que te mirarían?

⎯¿Soy poco vistoso?

⎯Yo no miraría.

⎯Todo el mundo mira a todo el mundo⎯explica Reyna. ⎯Es un impulso natural que me molesta.

⎯¿Qué escribís?

⎯Una serie para televisión. Catorce capítulos.

⎯¿Escribiste catorce capítulos desde que te mudaste acá?

⎯Escribí cuatro y me pagaron dos. Y si funcionan, quieren otra temporada. La gente ve series, aparentemente.

⎯¿Hace cuánto no te bañás?

⎯Si me baño, pierdo el magnetismo⎯dice él.

⎯¿Qué magnetismo?

⎯Yo no separo cuerpo físico de ideas. Si me baño, lavo las ideas. Por lo menos, corro el riesgo de lavar las ideas. Y como son pocas y cuestan tanto trabajo, no me puedo arriesgar a perder lo poco que tengo. Es una medida de seguridad. Es por nuestros hijos.

⎯¿Los chicos te vieron así?

⎯¿Así, cómo?

⎯Sucio, Reyna.

⎯Soy el padre. Me vieron como me vieron.

Reyna toma un hielo, lo parte y se lo mete en la boca.

⎯¿Dónde comprás el hielo en bloque?

⎯No lo compré⎯dice Reyna. ⎯Se hace solo.

⎯Mostrame⎯dice ella.

Reyna se levanta y Ariela lo sigue a la cocina. Él abre el congelador, ella escruta.

⎯Tenés que descongelar la heladera⎯dice ella.

⎯Si la descongelo se me pudre toda la comida⎯dice él.

⎯No tenés comida, Reyna.

⎯Parece que no tengo, pero tengo.

Reyna mete la mano en el freezer. Entre los hielos que desprendió recién, hay una bandeja con pechugas de pollo. Se las muestra.

⎯Comida⎯dice Reyna.

Ella corre con la mano la capa de hielo molido y mira la carne congelada del pollo. El freezer es un microclima especial. El hielo no es un único tipo de hielo. La porción rígida, de la que Reyna pica el hielo manualmente, crece desde el fondo, como un glaciar. En los bordes del freezer (izquierdo, derecho, piso y techo) se forma una encía helada y más o menos húmeda, dependiendo del motor. Si está encendido, el hielo se endurece y se pone blanco. Si está apagado, el hielo se pone amarillo, se derrite y chorrea hilos de agua que forman el charco frente a la puerta. El motor no permite que el hielo desaparezca. La velocidad de derretimiento es menor a la velocidad de congelación, que es extrema. En el balance, el hielo siempre crece. En el interior de esa encía, sin llegar al fondo (donde está el gran volumen) hay un sustrato de hielo molido, que de a poco se compacta y se une a la masa rígida. Ariela confirma que la bandeja tiene pollo y se la devuelve.

⎯¿De dónde sale toda esta agua?⎯pregunta ella.

⎯Aparece sola⎯dice él. ⎯Es condensación que se congela.

⎯¿Los chicos toman ese hielo?

⎯Los chicos son especialistas en romper el hielo y servirlo⎯dice él. ⎯Lo hacemos en familia. ¿No me sugeriste, vos, que propusiera actividades familiares?

⎯No quiero que los chicos tomen el hielo sucio de tu heladera⎯dice ella. Vuelve a sentarse. Levanta su copa, saca el fragmento de hielo que enfriaba el champagne y lo deja sobre el recipiente con el resto de los hielos de forma irregular.

⎯Les encanta hacer lo del hielo, juntos⎯dice Reyna. ⎯Y además, es perfectamente puro. No tiene gusto a cloro ni a nada. Es natural.

⎯Es todo lo contrario al hielo puro⎯dice ella. Levanta otro pedazo del recipiente y lo mira a la luz.

⎯¿Ves? Es demasiado blanco. El buen hielo es transparente, porque viene de agua buena. Este hielo ni siquiera viene de un agua conocida.

⎯Es un proceso natural⎯dice Reyna, acercándose a ella. ⎯Lo transpira la heladera y el freezer lo aprovecha y lo congela. Nosotros, en familia, lo cosechamos. Hacemos nuestro propio hielo, natural.

⎯Basta⎯dice ella. ⎯Los chicos no toman más de ese hielo. Esta sucio. Todo está sucio. Probalo sin champagne. Tiene un gusto horrible.

Ariela le pasa el cacho de hielo para que él lo pruebe. Reyna se lo mete en la boca. Lo deja ahí. Lo mueve en el paladar, le pasa la lengua, lo muerde y lo deshace.

⎯No le siento nada raro⎯dice él.

⎯Tenés el gusto adulterado por el alcohol⎯dice ella. Pesca otro hielo, se lo mete en la boca y lo rechaza.

⎯Tiene gusto a metal, a óxido. ¿No lo sentís?

Reyna se mete otro pedazo en la boca. Lo prueba, traga líquido frío, muerde y lo termina de desintegrar.

⎯Para mí está perfecto⎯dice.

⎯Quiero que te bañes, que descongeles la heladera y que compres una mesa normal, para que los chicos coman en familia⎯dice ella.

⎯No me puedo bañar, porque pone en riesgo mi trabajo.

⎯¿Los colchones van en el piso?

⎯Sí.

⎯No quiero que los chicos duerman en el piso.

⎯No duermen en el piso. Duermen en el colchón.

⎯Quiero que tengan camas. Es importante que los chicos duerman en una cama.

⎯Los chicos duermen en una cama, Ariela.

Reynaldo se levanta y toca los colchones.

⎯Son nuevos. Me costaron carísimo. Tienen cama.

⎯Quiero que ventiles, por lo menos una hora por día. Huele a gas.

⎯No puedo ventilar, porque me ven los vecinos.

⎯Ventilá cuando salís a dar una vuelta⎯dice Ariela. ⎯¿Y tu habitación?

⎯¿Querés ir a mi habitación?⎯pregunta él.

⎯No quiero ir a tu habitación⎯aclara ella.

⎯Técnicamente, todavía corre el débito conyugal⎯dice Reyna.

⎯¿Por qué no duermen ahí, con la ventana abierta, los chicos? ¿Y vos dormís en el living, arriba de la estufa a gas?⎯contesta ella.

⎯Es tiro balanceado⎯dice Reynaldo. ⎯El oxígeno viene de afuera. Además, mi habitación está llena de cosas. Es imposible de ordenar.

La estufa tose y la llama se desestabiliza. Ariela se incorpora en el sillón, una mano en cada apoyabrazo. Rilke, el gato pelirrojo, levanta la cabeza por el ruido, pero en seguida entrecierra los ojos amarillos y se vuelve a desplomar, tocando el metal tibio de la estufa.

⎯¿Y eso que fue?

⎯Nada⎯dice él.

Ariela se levanta y camina hasta la estufa, que está a la izquierda del ventanal. Toca los colchones, para comprobar si a esa distancia de la estufa se calientan. Están fríos, fuera del la zona de peligro.

⎯Está todo medido⎯dice Reyna. ⎯A más de dos metros, no reciben calor, no hay inconveniente.

La estufa vuelve a toser. Ariela se agacha para mirar la llama. Rilke se despierta, mira a Ariela, le maúlla una vez, como si la insultara por haberlo despertado, y vuelve a dormir. El calor es demasiado placentero como para interrumpir su efecto. Reynaldo le mira el culo, que la postura redondea. El jean azul se aclara. El culo azul ahora es un culo celeste. Reynaldo se ubica detrás de ella para mirar la llama pero también por la jerarquía de la posición, de pie sobre ella en cuatro patas.

⎯Algo pasa con el gas⎯dice ella. ⎯La llama es intermitente.

⎯No pasa nada con el gas⎯dice él.

Ariela se da vuelta, desde el piso. El giro obliga a Reynaldo a echarse para atrás. La estufa vuelve a toser. El fuego vibra, parece morir y se recupera. Rilke se despierta definitivamente y escapa a la habitación.

⎯¿Viste?⎯dice ella. Se vuelve a agachar, con el culo hacia fuera. ⎯Mirá.

Reynaldo mira primero el tatuaje que Ariela tiene entre la cuarta y la quinta lumbar, un diseño que no hace falta descifrar, que sólo suma belleza a la carne blanca. Se agacha a su lado a considerar la salud de la llama. Junto al olor amargo de su transpiración, siente el aliento dulce del alcohol. Desde esa posición, como si miraran el mar o las estrellas, miran la llama azul, que quema con total regularidad.

⎯No pasa nada con el gas. Y el oxígeno viene de afuera. La estufa es nueva y anda perfecto.

⎯No es nueva⎯dice Ariela. ⎯Esto tiene, por lo menos, cinco años.

⎯Vino un gasista y la revisó. La dejó como nueva.

⎯¿Llamaste a un gasista?⎯pregunta ella.

⎯A un gasista, no. Llamé al portero y le dije que me preocupaba que la estufa funcionara bien, porque había tenido problemas en mi casa anterior.

⎯Problemas⎯dice ella.

⎯No tiene por qué saber mi intimidad con el fuego⎯dice Reynaldo. ⎯¿No?

Entonces, la llama tose otra vez, sin apagarse.

⎯Ahí está, ¿viste?⎯dice ella.

⎯Sí⎯ dice Reynaldo. ⎯Eso es normal. El flujo de gas nunca es perfectamente estable.

⎯Si el flujo de gas es inestable⎯dice Ariela⎯ la estufa se puede apagar. Y cuando el flujo de gas reaparezca con la llama apagada, los chicos se envenenan con el gas. Y vos también.

⎯Nada es perfectamente estable. Y la estufa no se apaga⎯dice Reynaldo. ⎯Hace ocho meses que vivo acá. La estufa es confiable.

⎯Es invierno hace dos⎯aclara ella. ⎯En dos meses de uso la estufa y ya funciona mal. Llegué hace media hora y la escuché casi apagarse cinco veces. Huele a gas. Huele a gas y no lo soporto⎯dice ella.

Ariela se levanta, corre uno de los colchones de los chicos, lo apoya contra una de las bibliotecas sobre la pared derecha, levanta la persiana y por último abre del todo el ventanal. El aire severo limpia el ambiente y los obliga a hacer silencio. Afuera está el mundo.

Reynaldo se asoma a mirar. Las otras torres de edificios tienen luz interior. Igual que él, la gente cierra las persianas para no dejarse ver, cada cual recluido en su núcleo doméstico. Son pocos los que prefieren ver hacia fuera, a cambio de ser vistos y revisados. Desde la ventana no hay horizonte.

La noche anula los detalles de humanidad en los balcones donde hay bicicletas, sillas de verano que nadie usará durante meses, helechos, cajas de electrodomésticos que la gente guarda con obediencia y una clase de suciedad imposible de limpiar hecha de la negrura que reúne de la intemperie. El aire de la ciudad es sucio. Lo más fácil es llamarlo smog, pero parecería algo más complejo, más hostil. Por esa razón es preferible mantener las ventanas cerradas y lidiar con la suciedad doméstica. El aire que se agobia en el departamento es preferible al aire que entra, ya agobiado, del exterior de la Capital Federal, piensa Reynaldo. Abrir no significa aumentar la pureza.

Sólo en unas pocas cuadrículas se nota actividad. Luces, televisores, una familia alrededor de una mesa, un hombre que cocina, otro gato y otras plantas de interior. Lo demás es externo. Cables, antenas de televisión satelital, los lomos de los sistemas de aire acondicionado, que se mantienen de milagro en posición, prendidos a los ladrillos como parásitos.

Ariela se asoma a respirar al lado suyo.

⎯Qué angustia me dan los balcones⎯dice.

⎯Yo tendría un balcón⎯dice él.

Ariela se protege del aire frío detrás de Reynaldo.

⎯Cerrá⎯pide. ⎯Ya se ventiló. Va hasta la heladera. Pisa el agua con las medias.

⎯Puta madre⎯dice. ⎯¿De dónde sale el agua?

⎯El termostato regula mal. Por momentos, se derrite el hielo del freezer.

⎯Me mojé los pies⎯dice ella.

⎯Traé⎯dice él. ⎯Las ponemos a secar con la ropa.

Ariela se acerca a la estufa. Se sienta en el piso y levanta los pies.

⎯Es más fácil si te sacás las medias. El calor sube.

⎯No me quiero sacar las medias⎯dice ella.

⎯Así no se van a secar.

⎯¿Dónde tenés los pasaportes?⎯dice ella.

Reynaldo se sienta en el sillón. Levanta la botella y le da un último trago.

⎯¿Hago de comer? Me muero de hambre.

⎯Quiero los pasaportes.

Reynaldo se levanta, camina a la cocina, se moja los pies y abre la puerta de la heladera.

⎯Los tengo yo⎯dice. Abre un cajón, saca un pedazo de queso y lo corta en cubos. Lava un plato y distribuye el queso, sin gracia, sobre el plato. Es tan poco queso que puede contar los pedazos sin pensar, ocho cubos de queso.

⎯Puedo descongelar el pollo⎯dice, de vuelta en el living. Se acerca a Ariela, que tiene los pies en el aire para secar las medias.

⎯No tengo hambre⎯dice.

⎯Si te sacás las medias, se secan en seguida. El pie húmedo impide que se sequen⎯dice él. ⎯¿Querés?

Ariela elige un cubo de queso. Baja los pies y se toca las medias, para evaluar si el calor sirvió de algo.

(¿y si se saca las medias? ¿y él le mira los pies?)

⎯Quiero los pasaportes.

⎯El tuyo ya lo tenés.

⎯Quiero los pasaportes de los chicos⎯dice Ariela.

⎯¿Para qué?

⎯Para tenerlos⎯dice.

⎯Los puedo tener yo. Siempre los tuve yo⎯dice Reyna.

⎯Me daría más tranquilidad tenerlos en mi casa.

⎯¿Por qué?⎯pregunta Reyna.

⎯No sé por qué.

⎯Pensemos por qué⎯dice Reyna.

⎯No quiero pensar por qué. Quiero los pasaportes.

⎯¿Vas a viajar con los chicos?

⎯Puede ser.

⎯¿Adónde?

⎯No sé⎯dice Ariela.

⎯Tengo derecho a saber. Son mis hijos.

⎯Si planifico un viaje, te vas a enterar⎯dice Ariela.

⎯Te tengo que autorizar⎯dice Reyna.

⎯Técnicamente, no⎯explica ella. ⎯La tenencia es mía y en las cláusulas se firmó que yo decido si hay viajes o no hay viajes.

⎯¿Por qué hicimos eso?

⎯El juez entendió que el padre era un piromaníaco.

⎯El padre protagonizó un accidente doméstico, como todo el mundo.

⎯El juez no lo vio así⎯dijo Ariela. ⎯Y el juez es el juez. En todo caso, no te conviene entorpecer un viaje con apelaciones legales. Es mejor si nos llevamos bien. Siempre voy a tener mejores abogados⎯dijo ella.

⎯Eso es cierto. Yo no nací en una casa donde todo el mundo aspiraba a la gloria jurídica. Tenés suerte.

⎯Suerte o destino, da igual. Es mi familia.

⎯¿El gusto por el poder también es hereditario?

⎯Supongo que sí. Conocés a mi papá.

⎯Conozco a tu padre y a tus tíos y a tus hermanos⎯dice Reynaldo. ⎯Toda la sociedad anónima.

⎯Con más razón, ¿me puedo llevar los pasaportes?

⎯No⎯dice Reynaldo.

⎯¿Por qué no?⎯pregunta ella.

⎯No sé por qué no. Pero no. Los pasaportes se quedan acá. Que venga el juez y me los extirpe, si los quiere. Que venga todo el estudio jurídico.

Ariela se levanta y se sienta frente a él. Toca y sacude la botella de champagne. No queda más.

⎯¿Hay otra?

⎯Debería⎯dice él.

⎯No me quiero mojar las medias otra vez⎯dice Ariela. ⎯Andá a buscar.

Reynaldo se levanta y abre la heladera. La vuelve a cerrar. Abre una puerta debajo de la pileta. Remueve envases de productos de limpieza, un trapo y un balde. Detrás de todo eso, aparece una nueva botella de champagne.

⎯Está caliente⎯dice él.

⎯No importa⎯dice ella.

Reynaldo se agacha y pasa el trapo sobre el agua que brota de la heladera.

⎯No sé de dónde sale, pero sale⎯dice él.

Cuando termina, escurre el trapo en la pileta.

Después desanuda el precinto de metal y abre la botella con mucha práctica, sin perder ni una sola gota. Del pico verde y grueso de la botella surge un humo fino hecho de burbujas y fermentación, como si acabara de disparar un arma de fuego. Le da un trago.

⎯Está imposible. Parece pis⎯dice.

Busca un vaso. Abre el freezer y pica más hielo. Lo lleva en la mano hasta la mesa y lo deposita en el recipiente donde el hielo anterior, por el calor que hce adentro, está a medio derretir. Le sirve una copa entera a Ariela. Ella lo prueba y lo rechaza. Está tibio. Elige un pedazo de hielo, lo parte en dos y lo mete en la copa alta. El frío enloquece el champagne, que recupera efervescencia. La espuma amenaza con desbordar, pero no desborda. Lo prueba.

⎯Tiene gusto metálico, el hielo⎯dice.

Reynaldo le da un trago.

⎯No me parece⎯dice. ⎯Tiene gusto a hielo, o sea, a nada. No tiene gusto.

Toma otro trago. El hielo está perfecto.

⎯¿Puedo ir con ustedes al viaje?⎯dice Reyna. ⎯No me haría mal viajar.

⎯No⎯dice ella. Se pone de pie. ⎯Decime dónde los tenés. Yo los busco. No te tenés que mover. ¿No los encontrás?

Reynaldo se mete en el cuarto. Reaparece con algo en la mano. Se lo ofrece. Es un único pasaporte. Ariela lo abre. Mira la foto de María, la hija mayor.

⎯Vamos mejorando⎯dice ella. ⎯¿El otro lo perdiste?

⎯El otro me lo quedo yo. División de bienes. Una pasaporte vos, un pasaporte yo. Me parece lo justo.

Ella no dice nada. Mira la foto de María. Tiene los ojos verdes pero sobre todo la expresión curiosa, tragicómica, del padre. Mira la trama compleja de líneas y relieves diseñado para evitar la falsificación. Lee el nombre completo. Lee el número. Lee los sellos en las hojas. Francia, España, Estados Unidos. Los había pagado ella con su sueldo del estudio y con ayuda extra de su padre. A Reynaldo no le preocupaba el origen de los fondos, siempre que no se los reclamaran.

⎯Dejame verlo⎯dice Ariela. ⎯Quiero confirmar que no está perdido.

⎯No está perdido.

⎯Lo quiero ver.

⎯¿No me creés?

⎯Si lo perdiste, tengo tiempo de rehacerlo y no perderme los pasajes.

⎯¿Ya tenés pasajes? ¿Adóndse se van?

⎯No hay pasajes. Pero cuando haya, si el pasaporte está perdido, nos quedaríamos sin viajar por no haberlo previsto.

⎯El pasaporte no está perdido. Vas a tener que confiar en mí. Si se van de viaje, venís un día antes y te lo doy. A la vuelta, me lo devolvés. El documento de Santiago se queda acá, en la casa del padre. Uno vos, uno yo.

Ariela termina el champagne y se levanta. Entra en la habitación de un salto. Reynaldo se incorpora, para vigilar qué hace su ex mujer. No revuelve nada, se mete en el baño y cierra la puerta.

Haciendo equilibrio sobre la taza del inodoro, prácticamente metido en el líquido, Rilke toma agua. Ariela nota la trayectoria de sus patitas sucias hasta llegar ahí. Rilke la mira, interrumpe, y vuelve a tomar, hasta que Ariela lo echa. Reyna ve salir a Rilke. La puerta se vuelve a cerrar.

Antes de hacer pis, ella limpia la tabla del inodoro con papel higiénico. Hace pis sin sentarse. Cuando va a activar la descarga del inodoro, nota una botella de champagne detrás de la mochila. La levanta. Es la misma marca que estaban tomando. Busca más botellas, pero no hay. Encuentra dos latas de cerveza en el tacho de basura. Deja la botella en el piso y se acerca a la pileta del baño.

Mientras se lava las manos, nota la flor. Es una lisiantus blanca y delicada en un florero del tamaño perfecto. El tallo está dos tercios sumergido en agua limpia. La copa de la flor parece no sufrir la mutilación. Ariela la saca del florero y la huele. El florero le va perfecto. Es un florero para una única flor, delicado vidrio flaco. La flor huele a gas, porque todo en ese departamento huele a gas. Sale del baño con la flor en la mano.

Reyna la espera de pie, en el living. Ariela atraviesa el cuarto y no se detiene a analizar los detalles, la ropa en el piso, los papeles, los libros en la cama y el desequilibrio complejo de la habitación de un hombre que no invierte tiempo en mantener el orden. No está más desordenado que el resto del departamento. Está desordenado a un nivel más profundo, íntimo. Hay medicamentos, envoltorios de comida, ropa interior, sobrecitos de azúcar, un par de anteojos suplementario, cables de internet y un televisor que parece desconectado.

⎯¿Qué es esta rosa?⎯pregunta ella.

⎯No es una rosa⎯dice Reynaldo. ⎯Es un lisiantus, ¿te gusta?

⎯¿Qué hace una flor en tu baño?

⎯La dejó una mujer.

⎯¿Qué mujer?

⎯¿Estoy obligado a contestarte?

Ariela se pone las botas sin soltar el lisiantus. La huele otra vez, delicadamente. Huele a gas pero también huele a lisantius. Lo mira a los ojos.

⎯¿Tenés novia?

⎯No⎯dice Reynaldo. Rilke salta del sillón y recupera la posición frente a la estufa.

⎯¿Cuántos años tiene?⎯pregunta ella.

⎯Es muy jovencita⎯dice Reyna.

⎯Es el tipo de flor que elige una mujer joven, incluso una nena que no desarrolló el gusto. ¿Va a la universidad? ¿Es tu alumna?

⎯No tengo más alumnos.

Ariela mira la flor, camina hasta el ventanal, lo abre y tira la falsa rosa. La oscuridad se la traga antes de que Ariela pueda verla caer, inerte, en la vereda, quince pisos más abajo. Reynaldo se le acerca con la botella en la mano.

⎯¿Qué hiciste?⎯pregunta Reyna.

⎯La tiré.

⎯La trajo María, tu hija⎯explica. Da un trago.

⎯Comprale otra⎯dice Ariela.

⎯Si me pregunta por la flor, le voy a decir.

⎯No le digas. Comprale otra.

Ariela se aleja de la ventana y levanta su abrigo de la única silla de la vivienda, la que usa Reynaldo para trabajar.

⎯Dejá un poco así, abierto, así corre aire. ¿Me tenés que abrir, abajo?

⎯Te abro desde acá. Tocá el timbre interior cuando estés en la puerta.

Ariela da unos pasos hacia la puerta.

⎯Esperá. Quiero dejar constatado en papel que te di el pasaporte de María⎯pide Reynaldo.

⎯¿Me vas a hacer firmar un papel?⎯dice ella.

Reynaldo le pide un segundo con una seña de la mano. Se sienta en la computadora y redacta. Unos segundos después, se activa el mecanismo de la impresora, que está justo debajo de la mesa. No es una casa donde funcionarían las impresoras, y sin embargo, la impresora funciona. Reynaldo se levanta con un papel en la mano. Lee en voz alta.

⎯”El día martes 9 de agosto de 2016 queda asentado que Reynaldo Esteban Drago entrega el pasasporte de su hija maro María Luz Drago a su (técnicamente) esposa Ariela Díaz Zufriategui, hija y hermana de todos los ilustres Zufriateguis. Los abajo firmantes, que somos vos y yo, celebramos este contrato.” Siempre me gustó que los abogados celebren los contratos. Celebren⎯repite.

Reynaldo toma una birome y firma sobre su nombre. Le pasa el papel y la birome a Ariela, que lo apoya sobre la puerta cerrada y firma, de pie.

⎯Tomá, payaso.

Se despiden, pero no se besan, sólo se miran. Abre la puerta y la mira caminar hacia el ascensor. La escena es dolorosa. Las despedidas son siempre despedidas.

⎯Gracias por venir⎯dice él.

⎯Dejá abierto. Y no le digas a María.

Reynaldo cierra la puerta un segundo después de que ella cierra la puerta de rejas del ascensor.

Ya adentro, otra vez sólo en su departamento, se acerca al ventanal, lo cierra, baja las persianas hasta pegar un listón de madera con el siguiente, a presión, y obstruye todo con los dos colchones. En eso, la estufa tose y se apaga. Rilke, que dormía, se despierta por el ruido. Se estira con esa precisión yóguica con la que se estiran los gatos. Reyna se agacha y busca la llama. No la encuentra. La llama no está. Acerca el oído a la estufa. El gas fluye y la llama no quema el gas.

Suena el timbre de abajo.


Pablo Ottonello (Buenos Aires, 1983). Es licenciado en Ciencia Política y director cinematográfico. Trabaja como guionista. Publicó el libro de cuentos Quiero ser artista. Su primera novela, Veteranos de la Guerra del Día, y el libro de cuentos Cambió todo tanto se publicarán en Buenos Aires en 2017. Es colaborador de Bastión Digital, Anfibia, La agenda cultural y Rolling Stone. Es egresado del MFA de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Iowa, donde obtuvo el Iowa Arts Fellowship.