Hay mucha nieve

Narrativa

Hay mucha nieve

Amelia desvió la mirada hacia la calle y Alma puso las manos en el volante. Golpeó el plástico con los pulgares. Mientras más inhóspita era la vida de su madre, más difícil era tocar el tema; apenas pasarle las yemas de los dedos era suficiente para que el silencio y una mirada perdida cayeran como un hachazo sobre sus palabras.

Por CLAUDINA DOMINGO

 
Vio la casa desde el asiento del copiloto. Conforme el coche se acercaba, las púas de la corona de cristo dejaban de ser manchones; las hojas se descubrían verdes y los tonos rosados de las flores reverberaban entre las sombras donde estaban hundidas. Siempre que su hija la conducía de vuelta a casa y observaba la tortuosa y gigantesca mata recordaba el día en que sembró el muñoncito que su vecina Mago le había dado envuelto en hojas de periódico.

Alma apagó el motor del auto y Amelia sintió en la cabeza la mano de su hija, fugaz como una palabra extraviada.

—Mamá —en la voz tenía aún algo de muchacha—, tú sabes que hay alternativas.

Amelia volteó a ver el rostro de su hija. ¿Para qué tanta pintura en las pestañas? Le seguía sorprendiendo que no se le cayeran a puñados.

—No tienes que vivir así, no lo mereces. Entre el Mario y yo pagaríamos para que ella esté en un lugar cómodo y seguro…

Amelia desvió la mirada hacia la calle y Alma puso las manos en el volante. Golpeó el plástico con los pulgares. Mientras más inhóspita era la vida de su madre, más difícil era tocar el tema; apenas pasarle las yemas de los dedos era suficiente para que el silencio y una mirada perdida cayeran como un hachazo sobre sus palabras.

—Vienes por mí pasado mañana, entonces. Cuídale a Diana esa tos, fuera para que ya estuviera sana —tan pronto como terminó de decirlo, Amelia le hizo la señal de la cruz a su hija y salió del auto como si estuviera en llamas. No volteó al abrir la puerta del zaguán ni al girar el pomo de la puerta de entrada.

 

Melia. ¡Melia! Te tardaste taaaaaanto. ¿Pos qué estabas haciendo, eeh

Amelia avanzó rápida por el pasillo y entró al baño.

¿No me estás oyendo Melia? Me tienes toa preocupaá. Tú pensarás que te mandas sola pero si te viene a buscar la gente, ¿qué razón les voy a dar de ti? El papel de baño se había acabado. Amelia tuvo que subirse los pantalones, mojándose los calzones, y salir a la despensa por más. No le bajaste a la cadena, Melia. Oye, llamó una señorita de Cablevisión, que si quieres más programas, o canales o yo no sé. Ah, se me olvidó decirte que no había papel de baño, por poco y me limpio el culo con las manos, ¿oíste Meli? Y la señorita de Cablevisión me preguntó por ti. Pero qué razón le iba a dar de ti si no sabía aquihoras volverías. Le dije que los lunes llegas a las 7, pero ora que lo pienso, Melia, hace varios lunes que vienes llegando ocho nueve.

Amelia se miró en el espejo del baño y se recargó en la pared. ¿Así era su rostro ahora? Su mirada le recordó a la de alguien más, pero ¿la de quién, cuándo? Un mareo intenso le recorrió el cuerpo. ¿Tan vieja estaba que ya se cansaba por cualquier cosa? Se lavó las manos y se mojó la cara. El agua le refrescó las mejillas y le escurrió generosa. No me preguntas si ya cené. Total, a Berta que se la cargue la tiznada. Ni quién se preocupe por Berta, nadie le habla, nadie la tiene en sus pensamientos, sólo Dios, sí, papá Dios la sigue teniendo viva, quién sabe para qué.

Amelia azotó la puerta del baño detrás suyo. Abrió la ventana junto a la puerta de entrada y se sentó en el sofá. Encendió la televisión. ¿Qué vas a ver Melia, si ya se acabó la novela? Te estuve marcando al celular para recordarte pero lo traías apagado. Un carboncito de silencio rodó por la sala. Amelia pudo escuchar el motor del refrigerador, el rumor de los autos en la calle. Sintió el cansancio pisarle los pies y en dos brincos subírsele al cuello. Se le cerrarían los ojos en minutos. Melia, ya deberías subirte a dormir; toda la tarde cuidando los niños debes estar reventada. No sé cómo Almita te explota tanto, Melia. Podría pagar una niñera o al menos traerte mejor vestía… o a mí, hace taaanto que no me da ni para un triste taco.

Amelia echó hacia atrás la cabeza y subió las piernas. La risa le cayó encima como un puñado de cantos rodados. Se tocó el abdomen, que subía y bajaba con su pálpito doloroso. Se puso de pie y caminó hacia la sala.

Berta estaba sentada en su sillón predilecto, con el cabello peinado en dos colas de caballo y los labios pintados de rosa. Tenía las manos metidas bajo los muslos y la mirada nerviosa que intenta descubrir lo que ocurre más allá de su isla. El ojo derecho, más apagado que el izquierdo, ya no hacía blanco con su objetivo, y sin embargo, Berta seguía teniendo una mirada incisiva a la que nada se le escapaba.

—Ora sí me hiciste reír, Berta. ¿Cuándo fue la última vez que te compraste un taco? ¿Cuándo has necesitado comprarte un taco? —la voz de Amelia perdió el fulgor de la risotada. Bajo la media luz de la sala y con Berta bien metida en los ojos, ahora sólo quedaba el ardor prendido del estómago. Cerró las mandíbulas muy fuerte y se dio la vuelta. Tarde, se dio cuenta de su error.

—Pus porque no puedo ni salir a la calle por un taco, pinche Melia, qué no ves cómo estoy renga y jodida.

Amelia comenzó a subir la escalera. Ey, mira, para que te acuerdes mira nomás cómo tengo las piernas. ¡Amelia! ¿Por qué no me esperaste? Yo también ya me voy a subir, si nada más te estaba esperando. Amelia encendió el ventilador de su habitación y echó el cerrojo. Abajo se comenzó a mover, entre sollozos y ayes, la andadera de Berta. Cada vez se tardaba más en subir la escalera. Cada vez. Amelia se quitó la blusa. Los hijos de Alma crecían rápido pero desordenadamente. El niño demasiado llorón; la niña rebelde y testaruda. La televisión, seguro. Pinche Melia, como ella sí puede caminar… Amelia no pudo evitar verse en el espejo. Su piel seguía siendo lisa. No los pellejos que tanto le asustaban de su abuela. Sonrió un poco, y cuando encontró la sonrisa en el espejo se cubrió los labios. Si hay algo que se castiga es la vanidad… Melia tan mala. Dejó a su hermana allá abajo sola. La deja horas, sola. Como ella sí puede caminar; como ella sí parió sus hijos que la buscan. Ni por pena se porta bien Melia. Amelia se puso el pantalón de la piyama y se arrodilló junto a la cama. Cada quién su vida, erdá, pero qué vida tiene la Berta. Cuando tuvo vida vino un caballo, bien malo, y la dejó así pa siempre. Y todos se olvidaron que le decían que tenía los ojos lindos y las trenzas lisas. O al menos que el padre de Berta no hubiera estado tan pobre y endeudado, o que se hubiera endeudado más… y mandara a Bertita a la capital. No que allá, en Agua Verde, Berta se quedó en una cama a tullirse. Y a todos se les olvidó… Así, como si fuera, ve tú a saber, de aire o de polvo, o pior, un fantasma la Berta. Amelia apagó la luz. Del otro lado de la puerta, en el pasillo, la andadera se detuvo.

—¿Ya te vas a dormir, Amelia?

—Sí, Berta, buena noche, ya duérmete tú también.

—Sí, ya me voa dormir yo también, Amelia, que Dios te bendiga, porque ya estoy cansada, ¿oíste?, fue un día muy largo y el calor que está haciendo, ¿verdad? ¿No sentiste calor, allá, Melia?

Amelia cerró los ojos. Afuera la voz de Berta se fugó. ¿Ya le estaría fallando la memoria, que no se reconoció en el espejo? Esa mirada tan violenta, que le había hecho sentirse mareada, le había recordado a la de alguien, ¿pero a quién? Eso es una enfermedad bien grave con un nombre raro. Pensarlo la tranquilizó. Su vida, sencilla y clara; su cuerpo, alto y fuerte, no daban para enfermedades graves con nombres raros.

 

Ya va a llegar el Mario, ¿ya es la hora, no Melia? Quien sabe por qué se estará tardando tanto. Aunque el tráfico ¿verdad? De allá de su casa para acá el tráfico es pesado, lento que ha de venir. Amelia se lavó las manos manchadas de salsa de tomate bajo el grifo de agua fría. Se le quedó mirando al hueco por donde se iba el agua. Así fueran las palabras de la Berta, un chorro que se acaba cuando cierras el grifo y nunca más vuelve. Además, la Yoli, ay esa mujer… no me gustó nunca nada para mi Mayito. Toda pintarreajada que viene siempre, pero ni le puede dar bien el bibe a los niños… todo se le escurre… Y a la guardería los mandó temprano Melia, que por el trabajo, pero digo, mi Mayito tiene un buen trabajo… Era para que la Yoly se quedara en casa cuidando a los lepes y los tuviera bien comidos, no que todos flacos están. Amelia fue enrollando los tacos de pollo. Las manos le temblaban, pero de qué, si no sentía que tuviera alta la presión. No me gustan los niños flacos, Melia. Tú nunca tuviste ni a Alma ni a Mario ni a Raúl ni a Joselito flacos. Mi Raúl y mi Joselito, en paz descansen mis angelitos. Amelia perdió el dominio de las manos y una tortilla se le cayó al suelo. Con la mano tembleque levantó las hebras de pollo. Al incorporarse se pegó en la coronilla con el filo del lavabo. Cerró los ojos: flores amarillas en la oscuridad. Ay, mi Raulito y mi Joselito, qué forma tan fea de morir. Amelia se recargó, con los ojos cerrados (y las flores —claveles— centelleando a su alrededor) en la pared de la cocina. Abrió los ojos lentamente; las paredes  se volvieron de nata. La cabeza. “Una vieja tiene que cuidar la cabeza”, decía su abuela. Se acercó a la sala, donde Berta plañía por los hijos que Amelia había perdido en una sola noche, confundidos con gente del Negocio. Amelia se sentó en el sillón, frente a Berta. Al recargar la espalda, sus 70 años se le sentaron en los muslos.

—Berta. Haz el favor, Berta —las manos de Amelia temblaban en su frente—, ya cállate, mujer. Cállate una sola vez. Ni yo, que los parí, los ando mentando y llorando así a la ligera. ¿Por qué no tienes pudor? —al decir esto Amelia recobró su fuerza y serenidad y miró a los ojos a Berta, que se sonaba fuerte la nariz, embarrándose la cara del labial rosado que se había puesto para recibir a su sobrino.

Berta detuvo su llanto y miró a Amelia desconcertada. Últimamente sus ojos ponían nerviosa a Amelia. El iris derecho se había ido mudando bastante a la cornisa del párpado y ambos habían perdido el brillo y la vitalidad. Pero desde esa penumbra restallaba una luz lejana, fría y aguda, a la que nada se le escondía: descubría los secretos en un instante y entonces ardía allá en su fondo una antorcha blanquecina que le daba dolor de estómago a Amelia.

—Tú no los lloras porque no eran tus preferidos —dijo Berta, y la mandíbula le tembló tanto que Amelia casi se creyó la charada—, como no eran tan obedientes ni tan buenos estudiantes como los otros; como eran varoncitos difíciles…

Sonó el timbre, dos veces, y Amelia se levantó con fuerza elástica y pasó como un animal veloz junto a su hermana.

 

Junto al zaguán despidió a la Yoly y a su hijo. Tan guapa la Yoly, aunque siempre soñolienta. Recordó la voz de su marido un día que miraban desde el balcón un desfile de primavera. Al frente iba la reina de belleza, perfecta y delgadita, con una cara de aburrimiento… Amelia dijo: “Ay, pero ¿por qué eligieron una reina tan aturdida?”. Y Próspero respondió: “Esas mujeres son perfectas: no saben nada”. A Próspero le hubiera encantado de nuera la Yoly. Abrazó a los nietos, dientecitos de leche. Miró de nuevo su Corona de Cristo. Se había vuelto la reina del jardín y Amelia no atinaba a entender por qué: no la regaba a menudo, nunca la podaba. Quizá justamente por eso crecía sin nadie que la contrariara, como un pensamiento muy feo…

—Amá —Mario le tocó un brazo con energía—, ya me voy, amá, se me cuida harto.

—Sí, mijo, ustedes también. Cuida mucho a tu mujer, a los niños.

—Amá, no se haga zonza, sabe de qué le estoy hablando —Amelia abrió mucho los ojos hacia la altura bamboleante de su hijo—, ve, me pone esa cara de mosquita muerta y yo sé que se hace la zonza.

Amelia lanzó una risotada amplia y alegre hasta que vio la Corona de Cristo, como haciéndole un reproche.

—Ay, hijito, qué voy a saber de lo que me hablas —le dijo vivaz, coqueta, la niña anciana a su hijo más chico.

—Mire amá, yo a usté la quiero harto, lo sabe. Pero Yoly… se saca de onda con las cosas de la Berta. No parece, pero resiente mucho sus chingaderas. Y usté, amá, siempre protege a esa renga hija de la chingada, usté perdone. Si yo fuera usté ya le hubiera puesto un zape que hasta se le endereza el ojo migrante ese que tiene…

Los dos rieron…. El Mayo le dio un beso en la frente desde sus dos metros y salió, desgarbado y rápido, siempre veloz.

Amelia cerró la puerta de entrada detrás de sí, todavía con la sonrisa de su hijo puesta en la boca.

—Amelia…

La viuda miró hacia el frente del largo pasillo, pensando en que, si no estuviera así (viuda y sola) un gallo peor le cantaría a Berta.

—Yo no te quise humillar, mi Meli, frente a tu retoño, pero ora sí que te estás quedando vieja y taruga —Amelia cerró los ojos (extrañó los claveles amarillos que el golpe en la coronilla le había regalado).

—Ya cierra el pico, Berta.

Se hizo un silencio, como cuando aparece una culebra brillante, quietecita, bajo una mata inocente.

—Melia, te equivocaste de las pastillas. Me pusiste las tuyas, pues, y ya te ha dicho el doctor lo peligroso que es que yo me tome tus medecinas…

Amelia vio las flores, ahora rojas flores de corona de Cristo, regodearse por la sala y la escalera. No tenía los ojos cerrados, pero las flores, como pasos de gato, ponían sus yemas en lo blanco, en las ventanas, sobre los retratos.

Amelia se limpió las manos sudorosas en un paño de cocina, se acomodó el pelo húmedo hacia atrás. Pisó fuerte conforme salía de la cocina.

Y toda la tarde la pinche Yoly con sus dificultades. Ay, tan idiota que le salió su esposa a tu hijo predilecto. 

Una multitud de pinzas se le prendieron a Amelia en el lado izquierdo del cráneo. No lo vio, cuando lo tomó con la mano derecha, pero escuchó su ruido metálico rebotar en la pared del comedor. Luego subió presurosa la escalera. Ya en su habitación, con la cabeza bajo la almohada, Amelia tenía la imagen como un carrusel prendido a su mente: la andadera volando sobre la sala y Berta que agachó la cabeza. Pinche Berta, pinche Berta, pinche Berta… Si tuviera la lengua menos larga, la cabeza menos enredada, tantito de qué le faltaba en el corazón… La casa era como un huevo entre la paja: ni un ruido quebraba el silencio. Las manos le pulsaban a Amelia y un mareo tan veloz se le subió a la cabeza que le recordó la única vez que se emborrachó. Pobre Berta, seguro estaba asustada y perdida, sin su andadera. ¿Pobre ella, la Berta, que llevaba medio siglo comiendo de ella, medio siglo recriminándole a ella por el caballo que la tumbó? Amelia cerró los ojos en la habitación oscura y trató de recordar el color de ese caballo.

 

El sueño había sido tan claro, que Amelia se creyó muerta y en el infierno. Pero el sol ya calentaba la mañana, y bajo su luz podía recordarlo, con los ojos muy abiertos y la respiración cortita. Berta estaba en la cama, era otra vez una muchacha y Amelia corría por una casa oscura llevándole comida, sobándole las piernas. Berta lloraba como un bebé. Amelia sentía, con cada grito, que le desprendían una fibra del corazón. Amelia recordó, mientras se limpiaba los ojos de lagañas, que cuando había ocurrido el accidente, ella, de dieciséis años, le había preguntado a Dios por qué a la Berta. Siempre fue más frágil y tierna, como un tallito inerme. Y Amelia sabía ahora, a sus 70 años, que ella había nacido correosa: sin miedo de la noche, sin frío en invierno, las piernas y las manos grandes. Berta no. Y aun así el caballo…  En el sueño Berta le pedía rosas para un vaso junto a su cama. Cuando Amelia regresó con ellas la habitación había cambiado… Había agua y culebras por todas partes. Amelia se subió a la cama con Berta y encontró que las sábanas estaban empapadas. Arrojó las sábanas fuera de la cama y entonces vio el cuerpo de su hermana: donde habían estado las piernas se movía una cola de pez, musculosa y cubierta de escamas. Berta intentaba incorporarse y Amelia se lo impidió. No debía ver la cola de pez, se volvería loca. Además, Amelia tenía que lidiar con la tormenta: ya no había habitación y la cama flotaba en el mar. En el cielo rojo, unas nubes violetas echaban chispas. Amelia comenzó a remar en dirección a la playa, pero la cama pesaba tanto… Alrededor de la cama aparecieron cabezas: tenían el pelo ralo y los labios pintados de rosa. Empujaban la cama hacia mar abierto. Abrían la boca para cantar pero estaban desdentadas y no tenían lengua: en las gargantas podridas un crótalo se retorcía. Amelia les golpeaba las cabezas con los remos. Sangraban y se sumergían, adoloridas, pero había tantas y eran tan fuertes. La cama comenzó a hundirse. Amelia despertó entonces, con el corazón desfondado.

 

—Almita, qué bueno que me invitaste, hija. Tan aburrida me la paso en esa casa. No sabes cómo me aburro.

Alma, desde el asiento del conductor, miró por el retrovisor a Berta. Buscó en sus ojos y regresó la vista a la carretera. Había planeado el viaje a Cuatro Ciénagas medio año antes. Su madre extrañaba tanto el desierto. El tiempo para la madre y la hija, sin yernos, hermanos, niños… ni Berta. Pero a la mera hora, Alma había encontrado a Berta perfumada en el sillón de la sala, con una pequeña mochila y una cantimplora ridícula.

—Usted se aburre en la casa de mi amá porque quiere, habiendo tanto quehacer…

—Pero no puedo —comenzó la voz tipluda de Berta—, además tu madre no me deja.

—¿Qué estás diciendo, Berta? ¿Cuándo te he impedido hacer algo? No digas mentiras —Amelia se defendió, por sistema, de Berta.

—Almita, el otro día me aventó la andadera contra la pared y con trabajo me subí a dormir. Tiene unos arranques tu madre. Llévala al doctor. Deberías…

Amelia mira los dedos inquietos de su hija en el volante.

 

Hacía frío. Entre el vaho tibio del sueño, Amelia recordó que había viajado al desierto. El desierto, al contrario del mar, no tiene memoria. Su viento es capaz de enterrar una ciudad y no decir una palabra de ello a nadie. Y no había cosa que le gustara tanto a Amelia como el desierto. Una cierta paz que en ningún otro lado… Volvió a sentir frío. Y sed. Se sentó sobre el colchón y su mano palpó en torno a la mesita de noche, buscando un vaso de agua. Entonces vio la sombra recortándose contra la ventana. Berta tenía en las manos una almohada. En la cama, junto a la figura amenazante, el cuerpo inerme de Alma yacía desprotegido. Extrañó (recordándola en todos sus detalles) la pistola de su esposo. ¿Sería suficiente su voz? Se incorporó y se puso de pie en la cama. La figura retrocedió:

—Melia —comenzó, muy nerviosa, Berta—, ¿qué haces ai trepada?

Amelia no dijo nada. Tras 50 años había aprendido la lección: no responderle al diablo.

Alma respiraba sosegada. Berta dio un paso hacia atrás, miró a Alma.

—Me estás dando miedo Melia, ora qué haces.

Amelia adelantó una pierna, mostrándole que el espacio entre su cama y la cama de Alma no era tan amplio. En dos movimientos podría llegar allí.

—Ta bien, yo nomás venía por una almohada… que me duele mi pierna.

Berta comenzó su camino de regreso a su propia cama, del otro lado de la habitación. Pinche Melia cada día está más pirada. Ai, Diosito, si nos pudieras devolver a la Melia de antes, la que tanto nos quería, otro gallo le cantaría a Berta.

Amelia estuvo a punto de reírse. Se arrodilló con gran trabajo y se metió bajo las sábanas. Ya vendría el sol a enseñarle a Berta el dolor de vivir. Amelia se durmió más tranquila después de pensar esto.

 

—Mamá, deja ese pinche trasto atrás.

Amelia y Alma estaban sentadas bajo una sombrilla en una duna de yeso. La estructura, como la escalerilla de un templo, les permitía observar el desierto: corteza de pan cubierta de azúcar glas. Podían ver también, en la distancia, a Berta levantando con furia la andadera y su pierna mala. Aunque estaba a medio kilómetro, Amelia sabía que las venía maldiciendo, a cada cambio de peso del auxiliar a las caderas.

—Está muy mal hablar así, Almita. La compasión es necesaria, mi niña. No puedes hablar así de tu tía, que es una pobre…

—Mamá: esa cosa no es una mujer: es una verruga, es una pústula.

Por un momento, Amelia vio recortada en la oscuridad la figura de Berta, con la almohada en las manos. Alejó el recuerdo como si fuera mosca de fruta.

—Tú tía Berta ha sufrido mucho, Almita. Eso es algo que no se elige en la vida.

—Mamá…

—Mija, ¿cómo crees que es la vida para una mujer que cuida de los hijos ajenos, que tiene que vivir arrimada en la casa de su hermana?  Una vida donde no se ha conocido hombre ni para bien ni para mal…

Amelia vio en los ojos de su hija el borde de la curiosidad. Bajó la mirada. Por un comentario similar un día Alma le había hecho una pregunta que la había hecho sonrojar. Debió observar su pudor, porque Alma no hizo preguntas obscenas, sino que siguió:

—Sí, amá, pero se lo está cobrando ora que papá murió. Mamá, ¿tiene culpa por lo sana que está?

Amelia miró el desierto y le dolió poder distinguir la arena desplazándose horizontal. La imagen de la noche, podrida, amenazó de nuevo la claridad rubia.

—Amá, tengo que ir al carro, necesito conectarme a internet, en la carretera. ¿La puedo dejar un rato con su hermana sin que pase nada malo?

—Mi niña, tu tía viene rengueando allá abajo. ¿Qué te preocupa?

—¿Me promete que no la va a meter en problemas? Le dejo el radio del trabajo. Mire.

Alma le explicó, por largo rato, una operación sencilla, muy parecida a la de un radio antiguo. Amelia escuchó con mucha atención. Los viejos fingen, en algún momento, ser animales pequeños, niños lentos. ¿Pero qué alternativa tienen, en un mundo donde la sabiduría está encadenada a la responsabilidad? Además, había algo enternecedor en ver a su hija creyéndose una adulta muy seria. Amelia sabía que no dejaba de ser un ensayo, pero su hija —tan bella y tan libre— no merecía una peladez.

 

Pinche Melia, pinche desierto, no sé qué te gusta de esta chingadera. Chínguese Berta, seguro pensaste… chínguese la lisiada… ¿verdad Melia? Melia, mira lo engañoso que es el desierto. Parece que hay mucha nieve, Melia.

Amelia volteó a ver a su hermana, llena de sudor y polvo. Regresó la vista al desierto: bastaría que la luna se convirtiera en una lupa para hacerlo cristal.

Y Melia bien contenta con su hija acá arriba, riéndose de su hermana la renga. Ay, qué cosa esta vida, pues. Tan cansada que está la Berta y nadie que le ofrezca un vasito de agua.

—Hay una botella de agua en la mochila, y un lonche —Amelia le habló, como de costumbre, sin mirarla.

—No lo había visto, Melia, vengo toda aturdida. Ay, Melia, me duelen todas mis piernas…

Amelia estuvo a punto de reírse y preguntarle cuántas tenía, pero se detuvo en seco con la imagen de la noche anterior. Una araña, su hermana.

—Pinche Melia, tu hija me vino a entregar al infierno.

Amelia se puso de pie, ofendida, indignada, harta… “¿Por qué no le respondes?”, le preguntaría su hija. ¿Por qué? Amelia se internó en uno de los pasajes de la duna. Dios había estado jugando, cuando niño, con la arena, y había hecho puñados que dejó así, en medio de la nada. Se habían petrificado cuando él se fue, y ahora se podía pasar entre la memoria de sus manos sabias. Escuchó el ruido de la andadera detrás suyo.

—Melia…

—¿Por qué no te sientas allá, mujer, no que te dolían todas tus piernas?

—Pues porque no quiero estar allá sola, abandonada…

Amelia infló las mejillas y resopló.

—Me da miedo el desierto, pinche Melia, siento que, cómo decirte, como si no tuviera madre, como si no conociera la enfermedá o no le preocupara la gente enferma. Siento que no me quiere este desierto tuyo que tanto amas.

“Por algo será”, pensó Amelia, pero se guardó las palabras que con Berta eran, siempre, salivazos al cielo.

—Además, pinche Melia —Berta se empezó a reír y Amelia alcanzó a escuchar algo infantil en esa risa suya—, ¿todas mis piernas? Pos si nada más tengo dos, y eso acaso… que la que está jodida yo creo que ni siquiera es una pierna. Todas tus piernas… ah Melia tan irreverente.

—Tú lo acabas de decir —Amelia quería estar sola en el puñito blanco; sentía que Berta no merecía estar allí con ella y que su cuerpo, vestido de negro, ofendía aquel punto divino.

—Esta Melia no sabe nada y tan chingona que se cree. ¡Todas tus piernas…! Pero mira, Melia: ¡mira!

—¿Qué quieres, Berta, qué?

En el muro de yeso el aire había formado una figura. Quizá Berta se confundía.

—No entiendo, Berta, qué miras —Amelia sintió frío.

—Acércate, Melia, para que la veas. ¡Así debí ser yo… o así fui… en otra vida… y ora me castigan!

Si había algo que exasperaba a Amelia eran esos desvaríos… Berta lo sabía. Y la luz del desierto puede ser ambigua. Sin embargo, Amelia sintió curiosidad, y los ojos de Berta retándola, acusándola de miedosa. Al fin, Amelia se acercó a donde estaba Berta. Miró a lo alto del muro. Al mismo tiempo, la náusea y el dolor de cabeza. Cerró fuerte las mandíbulas y negó con la cabeza.

—Estás ciega, Berta, ahí no hay nada.

—Amelia, ahí está clarita.

—No veo nada —Amelia se dio la vuelta y comenzó a salir del pasadizo

Inche Melia… ciega se está quedando además. Si ahí está: su cabellera hermosa, sus pechos firmes y la cola… ¡Hasta las escamas se le ven, Melia!

Amelia se apoyó en el muro de la duna y fue resbalando el cuerpo, hasta pegar las nalgas a la arena.

Sire-nita-sire-nita quena-dando vas… le-jos de las du-nas de yeee-so… Yo que pensaba que las sirenas traían unas conchas cubriéndoles las chichis, pero pus pa qué si a nadie le importa. Sire-nita sire-nita… que lejos de las duuuuu-nas vaaaas

Amelia se tapó los oídos con las palmas de las manos. Cerró los ojos. Bajo sus párpados florecieron escamas. Al abrirlos vio de nuevo el desierto y supo lo que era su rostro el día que lo había confundido. No se había confundido, recordaba. Ya había visto su rostro en el espejo antes, ese mismo día. Así como ahora sabía lo que diría Berta cuando saliera del pasadizo. El desierto se lo mostraba con claridad: la luz, una gota de nube, a lo lejos, en el azul lustroso, la mochila que habían llevado, el hormigueo en los pies. Los recordaba. Su enfermedad no era la falta de memoria, pues no había enfermedad, sino un recordar del tiempo en el mismo momento que transcurre. Se cubrió los oídos porque Berta había de cantar. Lo recordaba. Entre el blanco bravo del desierto, su hija (su velocidad y su belleza), venía andando o volando y supo que era el momento de darse cuenta de que su hija era ella en otro momento. Cerró los ojos y esta vez encontró el negro puro. Era el momento de olvidar, por un instante.

 

Volvía de la recepción del hotel con su cartera. En el pasillo se encontró con Alma, cejijunta.

—¿Y ora, amá?

—Fui a contratar otra habitación, mi niña.

—¿Cómo así, qué le pasa a usted? —Alma se quedó quieta, iracunda.

—Nos vamos a quedar Berta y yo en una, tú en otra.

Alma se llevó la mano a la frente. Amelia se llevaba la mano a la cabeza, cuando no aguantaba el coraje, pero en Alma, el punto había descendido un poco.

—Ay, amá, este viaje que íbamos a hacer usté y yo, que yo tanto esperaba… —era el comienzo de una recriminación adolorida—, ya no sé qué pensar de usted, de veras…

—Piensa lo que quieras, mi niña, pero mientras no dejes de roncar de esa manera…

Amelia comenzó el camino a su habitación, sabiendo que el insulto era más agudo porque era falso. Pero alejó pronto la imagen de Alma de su cabeza. La tarde menguaba. Había tantas cosas en qué pensar antes de que oscureciera. Y había que llegar a la noche recordando exactamente lo que ya había hecho, y repetirlo, al pie de la letra.

 


Claudina Domingo (Ciudad de México, 1982) es poeta y narradora. Su libro Tránsito (Tierra Adentro, 2011) ganó el Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2012. Fue nombrada “escritora emergente del año” por la revista La Tempestad en 2011. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2016 por el libro de poesía Ya sabes que no veo de noche. Su volumen de narrativa Las enemigas aparecerá en 2017 (Sexto Piso). Ha sido becaria del Programa Jóvenes Creadores del Fonca en tres ocasiones.