Esperanza

narrativa

Esperanza

Luciano tomó sus palabras como una promesa y pensó que una nueva amistad podría abrir una puerta. Era incapaz de engañarla, y no sólo por amor o por fidelidad, era más bien una torpeza, un suerte de cobardía mezclada con pereza que le impedía relacionarse sexualmente con otras mujeres; sin embargo, de alguna forma, a veces poco consciente, esperaba que ella tuviera el valor de intentar algo que rompiera la relación.

Por DANIEL RODRÍGUEZ BARRÓN

 

—Parece un buen tipo —dijo Luciano, haciendo todo lo posible por disipar la idea que lo había asaltado de súbito.

—Sí —contestó Gabriela fingiendo no darle importancia, aunque adelantó después —no es feo —evitando decir que era guapo.

—Lo nombraron subdirector general hace dos semanas —dijo él con precaución, no quería parecer insistente.

Luciano y Gabriela llevaban diez años de relación sentimental sin haberse casado. Se mudaron juntos poco tiempo después de conocerse. Cinco años más tarde se cambiaron a departamentos separados, pero sin dejar de verse. Y ahora, vivían juntos de nuevo.

—Lo conozco, ¿sabes? —dijo ella en voz baja.

Luciano se sintió confundido e inmediatamente después un poco temeroso, como si ella estuviera a punto de hacerle una confesión; tensó los músculos esperando el golpe.

—Lo vi en la Facultad algunas veces. No estuvimos en el mismo salón, ni siquiera hicimos la misma carrera, pero era uno de los estudiantes más activos políticamente. Lo encontré varias veces repartiendo volantes donde exigía la renuncia de algún director, la devolución de predios a campesinos, y no sé qué más. Debo decir que mejoró con los años, antes me parecía insulso, nos burlábamos de él diciendo que vendía pliegos petitorios para toda ocasión afuera de la Facultad.

Luciano tomó sus palabras como una promesa y pensó que una nueva amistad podría abrir una puerta. Era incapaz de engañarla, y no sólo por amor o por fidelidad, era más bien una torpeza, un suerte de cobardía mezclada con pereza que le impedía relacionarse sexualmente con otras mujeres; sin embargo, de alguna forma, a veces poco consciente, esperaba que ella tuviera el valor de intentar algo que rompiera la relación.

—Pues yo jamás me topé con él en la Facultad o no lo recuerdo. Me lo presentaron hace un mes y nos caímos bien. Aunque no pasaremos de ser meros compañeros de trabajo. Descubrimos que a los dos nos gusta Francis Bacon, y jamás hemos hablado de otra cosa, como si temiéramos conocer algo más allá de nuestra primera impresión. Tenemos ese tema, y nadie nos moverá de allí.

Lo mismo sucedía con ellos, pensó Gabriela. Desde jóvenes se sintieron cómodos la una con el otro, nunca hubo temor o desconfianza, como si hubieran firmado un pacto de no agresión en el mismo instante en el que se vieron por primera vez. Sus encuentros sexuales los convencieron de estar enamorados, pero en realidad sólo se llevaban bien en la cama debido a que padecían defectos complementarios. Ella, más que sumisa, era floja y prefería ser llevada, conducida: de esa forma no cabía la posibilidad de error. Él era ansioso y antes de empezar el acto sexual, ya pensaba en haberlo concluido, como si se tratara de un requisito que debía cumplirse para alcanzar un placer menos angustioso como hablar, o leer juntos en silencio.

Una cariñosa mezcla de comodidad, temor y desidia, mantenía viva su relación. Se trataban con oficiosa amabilidad, y si hacía falta podían ser afectuosos y comprensivos. Incluso hubiera podido decirse, si eso tuviera alguna importancia, que se querían y creían en el compromiso. Pero ese compromiso podía romperse si alguno de los dos cometía una falta.

—Se divorció hace poco —continuó Luciano—. Tiene una niña de dos años que al parecer es su adoración, su escritorio está lleno de fotos de la niña a solas, o con él, en ninguna está con su madre. No recuerdo cómo se llama. Me lo dijo la primera vez que me enseñó las fotos, pero ya lo olvidé.

Con un cuchillo, Gabriela partió una dona y le ofreció la mitad. Luciano la rechazó tocándose el estómago, queriendo decir que ya estaba muy gordo. Ella se comió una mitad y pidió que la otra parte se la pusieran para llevar. “Más tarde se te antojará algo dulce”, le dijo. Él agradeció el gesto. Estaban convencidos de que la estabilidad era una perpetua renuncia a la posibilidad de cambiar, y les gustaba ver en esa renuncia un homenaje a su relación, una fórmula de respeto y cortesía.

—Aunque bien podría ser una forma blanda del odio —dijo Gabriela de pronto.

—¿El qué? —se sobresaltó Luciano, como si Gabriela hubiera podido oír sus pensamientos.

—El no tener una foto de su mujer. Si nos separáramos, ¿romperías todas mis fotos?

Era una pregunta retórica. Ambos conocían la respuesta. Pero Luciano vio la oportunidad de aderezarla con un gesto teatral: extendió su mano hasta alcanzar la de Gabriela, la apretó fuertemente y la miró a los ojos. Gabriela era una mujer bonita aunque de manera algo común, tenía la nariz pequeña, la boca pequeña, pero unos ojos hermosos, brillantes y expresivos. Luciano se preparaba para ver a su mujer convertida, con los años, en una suerte de Cecilia Bartoli sin la hermosa voz; aunque no tenía quejas, a decir verdad, aún pensaba en su cuerpo con excitación, y cuando encontraba un tiempo a solas para masturbarse utilizaba como estimulante el inconfundible temblor de las nalgas de Gabriela cuando chocaban contra su pelvis al hacer el amor. Suponía que ese era el cenit de la fidelidad, utilizar la imagen de la mujer con la que uno vive y duerme para masturbarse.

Se encontraban en una de esas reuniones obligatorias convocadas por la empresa donde trabajaba Luciano. Los directores vivían convencidos de que reuniendo a los oficinistas se creaban lazos afectivos y eso relajaba el ambiente en la editorial. Pero el efecto era el contrario. Quien resultaba anodino o respetable en la oficina, se volvía odioso después de haberlo visto borracho, o de haber tenido que bailar con él o con ella. Las esposas o parejas de los oficinistas miraban de reojo a los otros como diciendo “así que éste es el que va por las tortas” o bien “seguro ésta es la puta de la oficina”. Por su parte, Gabriela y Luciano sabían que el resultado de este encuentro serían la culpa, la vergüenza o el resentimiento, pero como ya habían asistido otras veces, también sabían sacarle provecho, evitaban los excesos de alcohol y de confidencias, y eran expertos en crear una distancia amable entre ellos y los demás.

Felipe, el hombre de quien hablaban, estaba jugando con su hija de tres años —y no de dos, como había asegurado Luciano—, él fingía perseguirla y ella fingía asustarse, corriendo a su alrededor sujetada con una correa que terminaba atada en la cintura de su padre. Era un hombre alto y rubio. Tenía la complexión de un deportista, aunque no lo era. Y el aspecto de un extranjero, aunque tampoco lo era. Pertenecía a esa clase de hombres que nunca necesitan esforzarse demasiado en la escuela; jamás lo habían rechazado de ningún empleo, y siempre había tenido suerte con las mujeres. Todos estos hechos se notaban en cada uno de sus gestos, en el énfasis de ciertas palabra, y cada vez que pedía a su hija que no corriera o gritara. Estudió ciencias políticas, pero el afecto de la gerente general de una editorial, lo llevó a la subgerencia de una empresa de la que desconocía todo, tanto que ni siquiera era un buen lector.

—¿Nos acercamos? —preguntó Luciano, mientras dejaba su taza sobre el platito de café.

—Si quieres —respondió Gabriela fingiendo poco interés.

Caminaron hacia Felipe. El hombre tiró suavemente del cordón que limitaba el campo de acción de su hija, y los recibió con una sonrisa amplia y cordial.

—Te presento a Gabriela —dijo Luciano con la esperanza de que, esta vez, el candidato le gustara a su mujer.

 


Daniel Rodríguez Barrón Ciudad de México, 1970) recibió el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2002 por La luna vista por los muertos. Es autor de la novela La soledad de los animales (La Cifra, 2014) y el volumen de cuentos Los mataderos de la noche (2015). Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo en 2008.