Del quijotismo y otros excesos: Cervantes y la posverdad

ensayo

Del quijotismo y otros excesos

Abrir el periódico en estos días supone entrar en un mundo donde parece que, al igual que hacía Cervantes con su novela, negocian con nosotros los límites entre verdad y mentira. También hoy podríamos preguntar: desocupado lector, ¿hasta dónde estás dispuesto a creer?

Por INMA ALJARO

La locura de don Quijote resulta admirable cuando se interpreta como el deseo de escapar de una realidad que resulta insoportable por monótona y tediosa; qué intrépido y valiente se antoja su afán cuando lo consideramos la búsqueda de lugares donde quizá, con suerte, se pueda hallar eso que llamamos la ‘vida auténtica’. Fue el poeta Arthur Rimbaud quien advirtió que la vraie vie est ailleurs, sin embargo podemos atribuirle a Miguel de Cervantes, desde mucho antes, el atrevimiento de mostrarnos que es posible ir más allá de esa nostalgia de plenitud, aunque para hacerlo haya que renunciar a la cordura. Porque, no sé si estarán de acuerdo, hay que estar bastante loco para dejarlo todo por un ideal, para decir determinadas cosas a determinadas personas, pero, sobre todo, hay que estar loco de remate para vivir sin avergonzarse de ese tipo de demencia. Era, pues, necesario, en pos de la verosimilitud, como decía José Saramago, que el hidalgo manchego Alonso Quijano perdiera el juicio y se convirtiera en otra persona para que “al ser él mismo otro, fuera también otro el mundo” y que “mudado el nombre de todos los seres y cosas, sobrepuesta la realidad del sueño y del deseo a las evidencias de un cotidiano aburrido, pudiese devolver a la tierra la primera y más inocente de sus alboradas”.

Decía, pues, qué admirable me parece ese tipo de delirio propiciado por la búsqueda, por la curiosidad y la nobleza de espíritu que, como decía Schopenhauer, no ansía el bien egoísta e interesado sino “un fin objetivo e ideal” que se apodera del pensamiento y de la voluntad de quien lo persigue. Sin embargo, pienso, ¿en qué momento abandonamos ese ideal de locura quijotesco? Cuánto se ha abusado, me parece, de la locura del hidalgo para tildar de quijotismo cualquier acto enajenado o absurdo que, pese a superar todo convencionalismo, siempre termina encontrando secuaces complacientes con esa enajenación, como lo eran los duques de la novela cervantina. Sí, es cierto que podríamos considerar quijotescas las tantísimas barbaridades —no locuras— que cometen algunos líderes políticos en la actualidad y que son sin duda secundadas por el entramado de ‘duques’ que opera detrás de bambalinas. Y digo esto porque recuerdo, por ejemplo, cómo se apresuraron a tildar de loco a Donald Trump, entonces recién electo presidente de los Estados Unidos, e incluso hubo expertos psiquiatras que diagnosticaron su megalomanía como si sirviera de algo constatar con etiquetas lo azul que es el mar. Recuerdo también cómo a las pocas semanas de haber dictado sus primeras medidas, comenzaron a surgir vídeos que bromeaban sobre todo el asunto de la posverdad y las verdades alternativas y en algunos casos situaban al presidente estadounidense en un mundo paralelo al real, como se encontraba nuestro hidalgo. Pero no confundamos.

Si bien estamos de acuerdo en que la crítica con tono humorístico siempre viene bien para aliviar tensiones, de alguna manera tildar las actuaciones de un líder mundial de locura o fantasía paranoica no deja de resultar preocupante por lo que esto tiene de normalizador o incluso de eximente. Más aún cuando la posición y el discurso de esa persona están avaladas por millones de votos. Esto me hace traer a colación una de las preguntas que nos plantea la obra de Cervantes: ¿quién está más loco? ¿Quién es más crédulo? ¿El hidalgo que ha perdido la razón y la capacidad de distinguir lo ficticio de lo real? ¿O los duques que manipulan los hechos para su propio divertimento y disfrutan con las aventuras del caballero? Y no nos olvidemos de Sancho Panza quien, cegado por su deseo de ínsula, decide creer también que todas las mentiras, pese a lo que tienen de absurdo e inverosímil, son verdaderas y le conducirán a satisfacer su deseo. Tenemos, pues, si nos empeñamos en hacer categorías, varios tipos de enajenación, respectivamente: la pasiva, la perversa y la activa.

Ahora preguntémonos: ¿qué papel queremos representar cada uno de nosotros?, ¿cuánto tenemos de duques o de Sancho Panza? ¿Cuánto nos creemos de todo lo que nos cuentan día tras día o cuánto estamos dispuestos a creernos en pos de nuestros intereses?

Los historiadores, decía el crítico Bruce W. Wardropper a propósito de un análisis de la novela cervantina, “hacen que sus historias se lean como novelas; y los novelistas hacen que sus novelas se lean como historias”, de manera que realidad y ficción se confunden y, al final, la persona culta que tiende a leerlo todo (hasta los papeles rotos que encuentra en la calle), termina perdiendo las riendas y no puede evitar preguntarse ¿qué es verdad?”. Cámbiese, propongo, en estos nuestros días de sobreinformación y acceso inmediato a las noticias, esa persona culta por persona que no contrasta las informaciones y quizás obtengamos una respuesta a la situación actual en la que nos cuesta tanto discernir lo verdadero de lo que es parte del espectáculo de falacias al que, paulatinamente, nos han acostumbrado y que mal podríamos definir como quijotesco.

Hay quienes, como el profesor David Castillo, consideran que esta dificultad deriva de la “crisis de realidad” en la que nos encontramos desde hace unos años y en su libro Medialogies, recién publicado, explora, en coautoría con William Egginton, cómo los medios nos han convencido de que “tenemos derecho a nuestra propia realidad”. Esta situación crítica, argumentan los autores, no se debe tanto a la multiplicidad de medios y mensajes a la que nos exponemos a diario, como podríamos interpretar, sino a que cada vez somos más conscientes de la capacidad que éstos tienen “para editar nuestro mundo”, del mismo modo —y permítanme la analogía literaria— que los duques editaban y manipulaban a su antojo el mundo de don Quijote y Sancho Panza. El peligro, vuelvo a la actualidad, es que, como dicen Castillo y Egginton, esta confusión genera inestabilidad en los sistemas democráticos ya que se genera “un ambiente donde los hechos básicos son ignorados y la gente sólo escucha aquellas opiniones que coinciden con las suyas” sin cuestionar, añado yo, si éstas son verdaderas o falsas; o parcialmente ambas.

Portada de edición francesa de “Historia secreta” de Procopio de Cesarea (1669).

Tampoco podemos decir que sea una situación nueva y recurro ahora al historiador Robert Darnton, quien en un artículo sobre la posverdad y la verdadera historia de las noticias falsas  mantiene que contar mentiras para manipular la opinión pública no es algo nuevo. La mentira es casi tan vieja como el lenguaje y las ahora llamadas verdades alternativas ya se estilaban incluso en la Antigüedad. El profesor de Harvard pone como ejemplo al bizantino Procopio, quien en el siglo VI escribió un libro lleno de historias falsas e injurias contra el emperador Justiniano; y podríamos remontarnos mucho antes en el tiempo: se me ocurre el remordimiento que sintió el poeta Virgilio durante sus últimas horas de vida por haber maquillado la verdad en su Eneida, como nos cuenta, magistralmente, Hermann Broch en La muerte de Virgilio que, no obstante, no deja de ser una ficción.

Y sigue Darnton: pasquines a favor de los Médicis en Italia; gacetas llenas de bulos que circularon por las calles de París durante los siglos XVII y XVIII, periódicos sensacionalistas en Inglaterra, párrafos escritos a mano por semiprofesionales que corrían de uno a otro por las cafeterías o se dejaban sueltos en los bancos del parque para que la gente los leyera y los difundiera mediante el más temido de los métodos divulgativos: el boca a boca que, si apuramos mucho, podría ser el antecedente perfecto de las redes sociales; de ahí, a la propaganda durante las dos grandes guerras mundiales y a la afirmación goebbeliana que casi todos conocemos y que asegura: una mentira contada mil veces se convierte en una verdad. En definitiva, los bulos y las noticias falsas siempre han estado ahí. Entonces, ¿por qué de repente se acusa a la sociedad de no saber reconocerlas?

Regreso al Quijote porque coincido con Castillo y Egginton en que Miguel de Cervantes podría considerarse un modelo crítico de pensamiento humanista y creo que su obra es, sin duda, un buen ejemplo de ello. Dicen los autores de Medialogies: “cuando los medios de comunicación crearon la primera crisis del concepto de realidad a través del teatro de masas, la imprenta y las nuevas perspectivas en la pintura, Cervantes supo ver de una manera especial cómo estos medios enmarcaban no sólo lo que veíamos sino lo que queríamos ver. Su respuesta no fue negar la realidad sino mostrarle al mundo cómo podemos presentar diferentes versiones de la realidad y cómo podemos desarrollar el poder de entrenar nuestras mentes para leer la realidad activamente en vez de recibirla pasivamente”. De nuevo, se trata de adoptar una actitud: activa o pasiva; y de ser conscientes de ella.

 

Despertar del letargo: ¿hasta dónde estamos dispuestos a creer?

Cuando una lee la novela de manera paralela a las noticias diarias, descubre rápidamente la intención de Cervantes de hacernos despertar del letargo y la credulidad en los que a veces caemos cuando nos enfrentamos a un texto; nos muestra las consecuencias de confundir realidad con ficción y, sobre todo, nos enseña cuán frágil es el cristal que las separa. Durante la narración de las aventuras del Quijote, el autor complutense juega deliberadamente con esa tenue, a veces imperceptible, frontera entre lo verdadero y lo imaginado, no sólo con la locura del hidalgo y su interpretación de la realidad, sino con el modo de contar la historia y reflexionar sobre su construcción literaria.

Esta confusión metaliteraria se intensifica aún más durante la segunda mitad de la obra donde, como dice Mercedes Juliá, “la ficción vivida por Don Quijote llega a ser tan parte de la realidad como el mundo de cada uno de los seres con quienes el protagonista se relaciona”. Al introducir elementos de la vida real, como puede ser la existencia física de la primera parte de la historia del hidalgo o la aparición de la versión apócrifa de Avellaneda, Cervantes hace a su protagonista hablar y discutir sobre unas verdades tan palpables por sus lectores que bien podría inducir la pregunta sobre la existencia real de don Quijote y su cada vez más socrático escudero. Pero no solo eso. Cervantes, de alguna manera, ya nos estaba dando también una lección fundamental de periodismo al cuestionar la legitimidad de determinadas fuentes de información y debatir sobre el concepto de desinformación.

Abrir el periódico en estos días supone entrar en un mundo donde parece que, así como hacía el genial Cervantes con su novela, negocian con nosotros los límites entre verdad y mentira, si bien la intención, probablemente, es muy diferente a la del autor. ¿Quién decide qué contar y qué obviar? ¿Quién decide cómo contar lo que se nos cuenta? También hoy podríamos preguntar: desocupado lector (o televidente), ¿hasta dónde estás dispuesto a creer? Porque “andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan y las vuelven según su gusto, y según tienen la gana de favorecernos o destruirnos; y así eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa”, como reflexionaba don Quijote. 

Da escalofríos recordar en sazón de este pensamiento la realidad paralela que crean en el palacio de los duques para su propio solaz y divertimento y cómo don Quijote y Sancho se convierten en personajes que representan una doble realidad ficcionalizada; son unos títeres cuyas cuerdas, de alguna manera, están siendo movidas por otros seres más poderosos que ellos sin que las víctimas se den cuenta del engaño. Un momento, diremos, pero si don Quijote y Sancho son siempre personajes ficticios. Sí, pero con los duques se convierten en personajes de una ficción creada por otros personajes, dentro de toda la ficción que es la propia novela, hasta el punto de confundir al lector que, si no está atento, puede perderse en las diferentes capas de realidad fingida y preguntarse: ¿qué es verdad?

¿No es magistral el juego?

Litografía a color, por Salvador Tussell, según las ilustraciones de Gustavo Doré. De la edición de Luis Tasso (Barcelona).

Ya nos prepara Cervantes en los capítulos dedicados al retablo de maese Pedro, donde vemos los diferentes niveles de ficción que puede haber en una historia y las posibilidades de manipulación de cada uno de ellos; también nos va predisponiendo con los comentarios, mucho más frecuentes en la segunda parte de la obra, del historiador Cide Hamete Benengeli quien nos advierte de la verosimilitud o la falta de esta en determinadas acciones narradas. No obstante, nos plantea Cervantes, ¿creeremos a un narrador musulmán que dice contarnos la verdad y toda la verdad bajo un juramento católico que es, a su vez, ha sido interpretado por un traductor morisco? La voz cervantina resuena en la habitación: juzga tú mismo y decide qué quieres ver: a la princesa de Trifaldi o a un pícaro mayordomo disfrazado, decide si quieres creerte todo esto que te cuento como historia verdadera porque, ojo, ha habido un momento, querido lector, en que te has creído que maese Pedro era quien decía ser, y hasta has considerado justo y necesario que don Quijote le pagara los destrozos causados, cuando en realidad se trataba del pícaro Ginés de Pasamonte que ya antes se había burlado del caballero y de Sancho.

Cervantes va dosificando la información y eso va alterando nuestra perspectiva de la realidad, pero también nos cuestiona la veracidad de sus fuentes, por lo que la decisión sobre lo que es verdadero o no lo es queda siempre, en última instancia, en manos del lector. Llevado a la actualidad, lejos ya del mundo literario, también nosotros nos encontramos a veces con situaciones en las que es preciso interpretar algunos hechos y decantarnos por la versión más acorde a nuestro concepto de verdad. ¿Fue justo el lanzamiento de la madre de todas las bombas? ¿Es necesaria la construcción de muros que separen territorios? ¿No se puede hacer nada por los refugiados? ¿Es real la incapacidad de contener tanta corrupción política? ¿La violencia? En su ensayo “Magias parciales del Quijote”, Borges concluye su texto con una alusión al historiador escocés Thomas Carlyle, para quien “la historia universal es un infinito libro sagrado que todos los hombres escriben y leen y tratan de entender, y en el que también los escriben”. Yo no puedo dejar de preguntarme: ¿no nos estará faltando algún tipo de información que quienes narran nuestra historia están omitiendo y en algún momento nos desvelarán? ¿Hasta dónde podemos saber? ¿Hasta dónde queremos saber?

En sus Meditaciones del Quijote, Ortega y Gasset menciona lo fácil que resulta dejarse arrastrar por la ráfaga de la ficción cuando se nos muestra tan entretejida con lo verosímil. “Esta parcialidad nuestra [hacia la fantasía] aumenta con cada peripecia y contribuye a una especie de alucinación en que tomamos por un instante la aventura como verdadera realidad”. El retablo del titiritero es una demostración de esta estrategia: “Hacia dentro, el retablo constriñe un orbe fantástico, articulado por el genio de lo imposible: es el ámbito de la aventura, de la imaginación, del mito. Hacia fuera se hace lugar un aposento donde se agrupan unos cuantos hombres ingenuos, de estos que vemos a todas horas ocupados en el pobre afán de vivir”. Estos hombres que, por otra parte, siguen siendo una ficción, bien podríamos ser también nosotros fuera del libro, pero afectados por lo que en él se cuenta.

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“Faut bien montrer des images à l’homme: la réalité l’embête!; no. 1 de las series “Leçons et Conseils”, de Paul Gabarni (ca. 1839)

Menciona también Ortega el dibujo del caricaturista francés Paul Gavarni en el que un señor invita a los paseantes a mirar imágenes a través de los agujeros que le ha hecho a una caja. En la leyenda de la ilustración se nos explica que es mejor mostrarle al mundo “piezas curiosas” (esto es, ¿entretenerlos?), porque “la realidad les molesta”. Decía el pensador madrileño que tanto Gavarni como el círculo de escritores con los que compartía ideas allá por el siglo XIX, defendían el realismo estético y les indignaba “la facilidad con que el público era atraído por los cuentos de aventura”. Coincide con ellos Ortega cuando dice: “en efecto, razas débiles pueden convertir en un vicio esta fuerte droga de la imaginación, que nos permite escapar al peso grave de la existencia”.

De hecho, es posible pensar que una de las intenciones confesadas de Cervantes al escribir su Don Quijote se podría sumar a esta crítica cuando, en la voz del sabio Cide Hamete Benengeli, nos dice, al final de la novela, que su deseo al narrarla no ha sido otro “que [el] de poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballería”.  Mucho se ha escrito sobre esta intención de Cervantes pero, como una vez me advirtió un profesor, adivinar los planes de un autor en su texto es tan atrevido como decir que podemos leer la mente del vecino que cruza la calle. Borges, por ejemplo, opina que el propósito de Cervantes era oponer el realismo a la idealización, sin renunciar a lo sobrenatural y lo maravilloso: “a las vastas y vagas geografías del Amadís opone los polvorientos caminos y los sórdidos mesones de Castilla”, sin embargo, para él, don Quijote se entiende menos como “un antídoto de esas ficciones que una secreta despedida nostálgica”. Dejaremos el tema de las interpretaciones ahí porque podríamos recuperar millones de ellas y no por ello llegar a una conclusión, pero valga la reflexión para constatar la debilidad del ser humano hacia aquello que le evade de una realidad más incómoda. A lo Sancho Panza, podríamos argumentar que “ojos que no ven, corazón que no siente”.

 

¿Ficción o verdades alternativas?

Aunque no sea la intención de este ensayo dilucidar de manera definitoria las causas de tanta confusión entre la realidad y la ficción que vivimos, sí podríamos decir que tenemos dos factores, por llamarlos de alguna manera, que de algún modo la fomentan. El primero es que, como ya hemos mencionado, al borrar las fronteras entre lo real y lo imaginario, lo histórico y lo ficticio, lo verdadero y lo falso, es posible dotar de apariencia real a un acontecimiento ficticio, y viceversa, como demostró Cervantes. Aprendemos con su novela que tan sólo hay que usar las mismas convenciones para construir una realidad que parece verdadera. Lo que ocurre es que si uno se acerca, si mira bien y toca, comprueba que en vez de piedra, la casa es de papel. Pero hay que acercarse y tocar.

Recuerdo también un ejemplo, ya clásico, que se suele citar en las escuelas de periodismo para mostrar el poder de los medios de masa o, mejor dicho, la facilidad del engaño, y que ocurrió en 1938 cuando un joven Orson Welles retransmitió por radio La guerra de los mundos, de H. G. Wells. En vez de dramatizar la novela, la contó como si fuera una noticia de última hora y hubo quien, habiéndose perdido la introducción del programa, pensó que realmente Estados Unidos estaba siendo invadido por un ejército de alienígenas. Aquello desató un episodio de histeria colectiva que no solo se convirtió en referente de la capacidad persuasiva de los medios, sino también una demostración de la credulidad del receptor. No hubo entonces mala intención, pero si consideramos que el lenguaje político, decía George Orwell, “se construye para lograr que las mentiras parezcan verdaderas y el asesinato, respetable, y para dar una apariencia de solidez al mero viento”, el asunto se complica. Cervantes, en el Viaje del Parnaso, lo dice de otra manera: “¿Cómo pueda agradar un desatino,/ si no es que de propósito se hace, /mostrándole el donaire su camino? /Que entonces la mentira satisface/ cuando verdad parece, y está escrita/ con gracia, que al discreto y simple aplace”.

El segundo factor que nos encontramos es nuestra tendencia a creer aquello que nos gusta y convence: ¿no tenemos acaso un medio de comunicación de referencia?, ¿una periodista?, ¿o incluso amistades de las que nunca desconfiamos? A esto se suma el hecho de que todas estas mentiras son aún más fáciles de creer cuando la sociedad está sumergida en un momento, digamos, complicado que, y cito a Nietzsche, la hace más propensa “a dejarse engañar y está como hechizada por la felicidad cuando el rapsoda le narra cuentos épicos como si fuesen verdades”. Pero tampoco exageremos. No son tiempos fáciles, pero tampoco mucho más difíciles que épocas anteriores. Simplemente son tiempos diferentes en los que tenemos que aprender a codificar de un modo nuevo, distinto, los mensajes que nos llegan y ser críticos.

Por supuesto, no es tarea fácil inculcar el pensamiento crítico en una sociedad cansada, como la retrata el filósofo Byung Chul Han, en una sociedad que sigue empeñada en huir del desengaño y mirar cada día por ese agujerito de ‘piezas curiosas’ que en el siglo XXI hemos digitalizado. Una realidad diferente a la nuestra sigue molestando, pienso, porque implica un cuestionamiento de nuestra interpretación del mundo. A veces incluso de uno mismo y de lo que representa. Igual que Don Quijote prefería seguir creyendo en encantadores antes que admitir que su amada era, efectivamente, una campesina fea que olía a ajos, nosotros también preferimos creer que son los otros quienes se equivocan, que el mundo está loco, que no hay solución y que mejor sálvese quien pueda.

Seguirá habiendo, entonces, quienes crean en la necesidad de la guerra, que el otro, el inmigrante, el diferente, es siempre el responsable de todos nuestros males, como también hay quien acepta los más increíbles dogmas de fe impuestos por sus religiones y hacen de ello su causa, pero sí creo que eso no debería cegarnos o desanimarnos, sino, por el contrario, que nos sirva de impulso, de revulsivo si se prefiere, para agarrar la lanza de la razón y apostar aún con más determinación por una información libre y lo más objetiva posible, por una educación de calidad que nunca deje de estimular a los niños y jóvenes a cuestionarse el por qué y el cómo de las cosas. Quizás, en algún momento, todos seamos capaces de recuperar la locura (o la cordura) del ingenioso Alonso Quijano y admitir con orgullo que somos quijotescos.

 


Inma Aljaro nació en Málaga. Es periodista. Estudió creación literaria en la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona; y escritura creativa en la Universidad de Iowa. Ha trabajado como redactora en La Opinión de Málaga y en la Agencia Efe, y como profesora de español en la Universidad de Iowa. Es cofundadora de la revista digital La Junta de Carter y ha sido asistente editorial de Iowa Literaria.