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CO2 y cambio climático

Que el clima de nuestro planeta ha cambiado es un hecho ampliamente corroborado. Después de casi dos siglos quemando combustibles fósiles, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera ha alcanzado las 400 ppm (partes por millón, lo cual quiere decir en este caso que, en promedio, por cada millón de moléculas de gas presentes en la atmósfera, 400 de ellas son moléculas de CO2), esto debido particularmente al (aparente) aumento progresivo en los niveles de combustión en las pasadas décadas, de acuerdo con la Organización Meteorológica Mundial.

Por DAVID BIELLO*

 

Concentraciones de CO2 sin precedentes auguran el futuro del cambio climático

Una concentración de CO2 atmosférico de 0.04% puede sonar a poca cosa. Sin embargo, ha sido suficiente para lograr un incremento en la temperatura global promedio de un grado centígrado, de acuerdo con el Servicio Meteorológico Nacional del Reino Unido (más conocido como “Met Office”). Y se pronostica que en el futuro dichos incrementos serán todavía mayores, mientras los gases de efecto invernadero continúen acumulándose silenciosamente en la atmósfera, almacenando calor; o pasando por otro lado a los océanos, acidificando sus aguas.

De hecho, el planeta no ha conocido concentraciones de CO2 de semejante magnitud desde hace al menos cientos de millones de años. Aproximadamente 35 mil millones de toneladas métricas de CO2 son enviadas a la atmósfera anualmente; y la cifra va en aumento. Las aguas oceánicas en todo el mundo se han vuelto 30% más ácidas en el transcurso de las últimas décadas y las temperaturas globales no habían sido tan elevadas desde hace miles de años. Se pronostica que el 2015 será el año más caluroso desde inicio de los registros climáticos, esto debido, además, al fenómeno de “El Niño” que está teniendo lugar. Todos los años más calurosos que se han registrado han tenido lugar después de 1998, que fuera el año con “El Niño” más intenso.

Y lo que es peor: la agricultura, la deforestación y otras actividades han contribuido al aumento de emisiones de gases de efecto invernadero como metano y óxido nitroso (este último más conocido como “gas de la risa”, que en el contexto atmosférico sin embargo no es motivo de risa ninguna).

Sin embargo, al mismo tiempo hay señales de esperanza: Estados Unidos está quemando menos carbón; Europa e inclusive China han empezado ya a disminuir su uso de los combustibles fósiles más contaminantes. Y a pesar de que India y el resto de Asia están construyendo cientos de centrales eléctricas de carbón, hay al mismo tiempo planes para obtener electricidad por medio del sol en la India, del viento en China y de los yacimientos geotérmicos en Indonesia. Es un hecho que las energías renovables se están expandiendo rápidamente por casi todo el planeta, ayudando a mantener más CO2 fuera del aire. La mitad de la electricidad a nivel mundial podría proceder de fuentes menos contaminantes para el 2040, de acuerdo con el último reporte de la Agencia Internacional de Energía (IEA, por sus siglas en inglés). El total de electricidad generado solamente a través de energías renovables en 2040 podría igualar la cantidad total generada hoy en día en China, la Unión Europea y Estados Unidos por medio de plantas de energías fósiles.

China, la Unión Europea y Estados Unidos —los tres principales contaminadores actualmente, juntos responsables de más de la mitad de la contaminación global total— han acordado ya limitar sus emisiones de gases de efecto invernadero en el futuro. Comparado con 1997, cuando fue adoptado el Protocolo de Kyoto o, en 2009, cuando otro esfuerzo por lograr un acuerdo global fracasó en Copenhague, los prospectos de un esfuerzo global para combatir el cambio climático no han sido nunca mejores que ahora. Se espera que durante las negociaciones de París de fines de este año (2015), haya una oportunidad real para un programa extenso de acciones de más de 190 países alrededor del globo, todas encaminadas a contener el calentamiento global.

Y hay más señales de esperanza todavía. Como el hecho de que ciudades, provincias e inclusive naciones enteras ya hayan comenzado a ponerle precio a la contaminación por CO2 para fomentar así su disminución. Además, debido a la percepción general que se tiene de la influencia del cambio climático, ha sido posible rechazar ambiciosos proyectos infraestructurales como el de la Keystone XL Pipeline, un oleoducto que pretendía conectar las arenas bituminosas en Alberta (Canadá) con las refinerías de petróleo en Texas. En otras palabras: lo que en un tiempo parecía imposible —detener un proyecto de combustibles fósiles en un mundo que deriva casi el 90% de su energía de fuentes fósiles— no sólo se ha hecho posible, sino incluso realidad.

Queda todavía un camino largo por recorrer, como puede rápidamente deducirse del mencionado 90%. La brecha entre lo que las naciones han prometido —reducciones de hasta 11 mil millones de toneladas métricas de gases de efecto invernadero para 2030— y lo que se requiere para evitar que se añada otro grado centígrado más a la temperatura global media —una reducción adicional de al menos 7 mil millones de toneladas métricas de CO2 para 2030— continúa siendo grande. Existen aún miles de plantas productoras de energía a base de combustibles fósiles , más de mil millones de vehículos que operan a base de petróleo y toda la infraestructura destinada a ellos, sea en forma de oleoductos, carreteras o minas de carbón. También se requeriría de tecnologías de captura y almacenamiento de CO2, aunque fuesen sólo para lidiar con la contaminación ocasionada por las plantas de gas natural, los hornos de cemento y las fundidoras de acero necesarias para construir las turbinas de viento y los reactores nucleares.

Hoy en día hemos quemado ya una cantidad de 1 billón (one trillion) de toneladas en reservas de carbón existentes, que se necesitaría o bien una máquina del tiempo para viajar al pasado y cambiar de curso o bien métodos para extraer el CO2 de la atmósfera, como por ejemplo una producción masiva de vegetación y biochar (un tipo de carbón derivado de biomasa vegetal y/o animal), aumentando la población de fitoplancton, “plantando” árboles artificiales, o —lo que es más probable— todos los métodos mencionados y más.

Hemos entrado en lo que podría llamarse el Máximo Térmico Antropocénico, una era de calentamiento global impulsada por una especie que insiste en la quema de combustibles fósiles y la deforestación de bosques. Ahora, en 2015, podría ser la última vez que alguien respire aire con una concentración promedio de CO2 menor a 400 ppm, cifra que continúa incrementándose al parecer inexorablemente. Pero esta situación no tiene que continuar obligatoriamente.

 

Bibliografía:

Reporte IEA: World Energy Outlook: http://www.worldenergyoutlook.org/weo2015/


*Traducido por Félix Martínez Hockauf. Texto original: Scientific American