El abuelo*

narrativa

El abuelo

Este relato no había sido incluido entre las obras de Müller hasta que Frank Hörnigk lo publicó (Aus dem Nachlass, los inéditos) en la edición de Obras, en 2005, para Suhrkamp Verlag. En "Decíamos ayer" publicamos la traducción del relato "El padre".

Por HEINER MÜLLER**

 

En noches de julio de débil gravedad
Cuando su cementerio atraviesa el Muro
Viene a mí el difunto zapatero remendón
El abuelo, el muy apaleado viejo

 

Mi abuelo murió cuando yo tenía diecisiete años. Mi madre decía de él que jamás estuvo enfermo, sólo que al final no estaba muy bien de la cabeza. Hoy, cinco años después, sé lo que no estaba muy bien allí.

Su padre murió joven. Para el entierro del difunto proveedor —un lugar en la tierra tiene su precio— hubo que vender un armario, pieza heredada. La madre, sola con el niño, se la pasó diez años frente a una máquina de coser, cosiendo camisas con mala luz, hasta que pasados diez años dejó de ver primero el ojo de la aguja, después la camisa a medio terminar y ya al final la luz. El doctor recomendó operarla, pero ella no tenía dinero para eso. O sea que la operación no tuvo lugar. Mi abuelo cuidó de la ciega como de un niño hasta cumplidos sus catorce años de edad. Después, ella murió.

Durante su aprendizaje con un zapatero trabajaba por morralla, pasaba hambre, a lo que ya estaba acostumbrado, y era golpeado: el maestro, petrificado por un aprendizaje bajo iguales condiciones, le transmitió su experiencia. El golpeado aprendió a aceptar los golpes. En el mejor de los casos también a golpear, mas no a golpear en la dirección correcta. No era un hombre muy capaz. Ni siquiera llegó a maestro porque el examen costaba dinero. Se convirtió en obrero en una fábrica de zapatos.

Se casó a los veinte años. Su mujer era hija de un campesino rico. Pero ella no trajo nada al matrimonio porque el campesino no estaba de acuerdo con un lazo tan inferior. Él, ejercitado desde temprano en el arte de pasar hambre, se convirtió en un buen maestro de la mujer, que era a su vez una buena aprendiz. Tuvieron diez hijos. Dos murieron prematuramente. Sacaron adelante a ocho. Cuando de su infancia se trata, mi madre suele recurrir a la parábola del arenque en salmuera. Éste cuelga de un largo cordel del techo de la sala. Tiene que alcanzar para toda la semana. Sólo se renueva el día de paga. Tres veces al día pasa a su lado la procesión de comedores, “cada quien una mordida”.

Luego de la quiebra de la fábrica de zapatos en la Primera Guerra Mundial, mi abuelo encontró trabajo en la construcción de puentes.  Lo despidieron de nuevo después de sufrir un accidente de trabajo, caída desde un andamio contra el pedregoso lecho de un río casi seco. Del mismo andamio cayeron, casi uno tras otro, tres trabajadores más. Dos fueron despedidos, el tercero falleció en el lugar del accidente. Los dos entablaron pleito legal: la compañía constructora había ahorrado demasiada madera en los andamios y debía pagar por ello. Al muerto se le comprobó negligencia. Mi abuelo, exigido también a demandar, dijo: no quiero pleitos. Veinte años después del accidente, aún le dolía la espalda intensamente, más aún cuando cambiaba el clima. Decía entonces: todo tiene su lado bueno. Para él todo tenía su lado bueno. Obligado a comer pan duro, aprendió a ponderarlo; desempleado, se daba tiempo para ir a buscar hongos; trabajando a destajo no había tiempo para ideas que sólo traían inquietud; cuando había guerra, todos tenían menos. (Las mesas ricamente servidas jamás le habían sido mostradas; y tampoco las vería si alguien se las llegara a  mostrar).

Él estaba bien con los “mejores”. Mejor significaba: no trabajador. A los empresarios del lugar, unidos del todo con el pueblo, les gustaba mostrarse en público conversando con la gente sencilla, sobre todo con la gente mayor.

En la agitada época posterior a 1918, cuando los obreros en Sajonia luchaban también por una vida mejor, él remendaba tanto los zapatos de los huelguistas como los de los esquiroles, de los traidores como de los valientes, más barato que nadie. El taller era una esquina en la cocina de su vivienda. Entonces comenzó a acompañar a su mujer a la iglesia sólo porque ella se lo había pedido, aunque la iglesia no le importara gran cosa.

Provistos ya los niños, solía beber los sábados. Lo cual le salía barato porque aguantaba poco.

No estaba con Hitler. Cuando se volvió peligroso no estar con Hitler, cuando algo no le parecía, decía: Hitler no lo sabe, y cuando mi padre fue por segunda vez a prisión por no poderse adaptar al nuevo orden: por qué no cierra la  boca, uno tiene que cerrar la boca, eso es lo mejor. Me acuerdo que una vez, tenía yo ocho años y estaba con él de vacaciones, clavé una buena docena de clavos en el piso. Cuando mi abuelo se dio cuenta, los desclavó y trató de enderezarlos con el martillo, pero sin decir nada. El hierro era necesario de nuevo, esta vez para los grandes clavos voladores, hechos para perforar piel humana.

 


* Este relato no había sido incluido entre las obras de Müller hasta que Frank Hörnigk lo publicó (Aus dem Nachlass, los inéditos) en la edición de Obras, en 2005, para Suhrkamp Verlag. Ver, en “Decíamos ayer”, la traducción del relato “El padre“.
** Texto traducido por Enrique Martínez Pérez.