El futuro en los colmillos

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El futuro en los colmillos

En la fila detrás de la Nancy y su primo, los muchachos esperan todos de pie, sin hacer más que algún murmullo se acurrucaban contra la pared, tomando un pedazo de la sombra que el alerón de la entrada permitía. Sin querer voltear hacia los chamacos que se desangraban a pocos metros, la Nancy sostenía entre los dedos los billetes verdes como equivocadas flores de las que algo parecía avergonzarse. «Por idiotas», pensaba. «Eso les pasa por pendejos y muertos de hambre, pero él sí es bien listo».

la orfandad no se olvida, se es 

Guillermo Arreola

¿No quieres ver lo que te has ganado?

Eso dijo el hombre. A sus espaldas un jovencito aullaba retorciéndose sobre la tierra arenosa; con las manos sobre la quijada quería parar la hemorragia.

Robusto y calvo, el hombre tenía una larga cicatriz en el labio inferior (se le veía como si un gusano le jugueteara en la boca). Entre los escombros, al lado de una salpicadera y un motor enmohecido, sobre botellas de plástico y ropa destrozada, había cuatro cuerpos de adolescentes, quietos y con la piel desnuda ya pálida por entero. Varios otros más allá se movían con un dejo lento y de dolor: la camisa llena de sangre, extendían un brazo hacia los chavalos de la fila en la entrada del basurero como si con llamarlos así hubieran de contrariar la suerte que se les había venido escondiendo en la dentadura.

En la fila detrás de la Nancy y su primo, los muchachos esperan todos de pie, sin hacer más que algún murmullo se acurrucaban contra la pared, tomando un pedazo de la sombra que el alerón de la entrada permitía. Sin querer voltear hacia los chamacos que se desangraban a pocos metros, la Nancy sostenía entre los dedos los billetes verdes como equivocadas flores de las que algo parecía avergonzarse. «Por idiotas», pensaba. «Eso les pasa por pendejos y muertos de hambre, pero él sí es bien listo».

Al oír la pregunta que el hombre calvo dirigía a su primo, ella le acercó el dinero; fue entonces que el chico la detuvo.

—Mejor siempre no —puso la mirada en el suelo—: aquí no quiero… No está bien.

Sin salir del azoro, la Nancy volteó a verlo abriendo mucho los ojos.

—¿No te animas? Vete con tu cara de mayate a chingar a otro lado —el tipo le lanzó con cercanía el grueso aliento a tabaco, como si así lo fuera a hacer trastabillar—. Oye, tu cara se me hace conocida —el chico ya se estaba dando media vuelta—. ¿Tú eres el hijo del Mojado? Yo iba a tu casa…

El chico pasó saliva antes de contestarle.
Tartamudeó (le estaba ardiendo toda la cara).
El hombre sonrió al oír la respuesta. Le puso la mano en el hombro, hablándole en voz baja con un gesto cómplice que parecía querer hacer a un lado a la Nancy. Ella traía en la garganta bloqueados los gritos con los que habría deseado regañar a su primo.

—Muy valiente tu viejo —soltó el hombre abriendo mucho los ojos—, pero un cabrón cien por ciento. Lástima que acabó como acabó. Yo fui su amigo, de los de cuando era un morrillo. También traté a tu jefa. Ahi con ella te habré visto —y se acercó al oído del chico, moviendo los ojos grises hacia arriba—: si cambias de opinión, pasa conmigo directo. Pregunta por Refugio. Ni se te ocurra ir al Estadio: allá jalan parejo con todos…

El chico se llevó la mano a la frente imitando el saludo poco entusiasta de un soldado, murmuró gracias y salió. La Nancy iba furiosa detrás suyo, con las mejillas rosadas y los ojos esparciendo la ira. Verlo así, con expresión de niño que no ha cometido la menor travesura, le exacerbaba el furor.

—¿Qué? —se le adelantó el chico, intentando lucir un puño levantado en la voz.

—¿Para eso me hice cargo de ti?

—Yo no te pedí que me ayudaras —escupió el chico al contestar.

A ese primo seis años menor, la Nancy lo escuchó gemir hace tres meses, seco de lágrimas; lo llevó a vivir a su casa luego de que con su propio dinero saldó las cuentas del hospital y la funeraria.

Desde entonces él la había visto comportarse como si le doblara la edad: dirigía el almacén en el mercado con mano fuerte; sabía bien sonreír y regatear y gritar y responder a mayoristas e inspectores; conducía, fumaba y bebía con señorío: la frente amplia, peinada de chongo, los hombros erguidos. Cada que deseaba algo solo le bastaba engrosar un tantico la voz, y así es como lo había traído y llevado, cuidado y re- prehendido —primo huérfano menor de edad con fama de nerd y poco avispado para las cosas prácticas—, haciéndolo sentir un cerdo en engorda, pariente que el futuro volvería alcalde o empresario y que en esa condición sabría cuidarla, ya de vieja, sin chistar. Lo de venir al basurero se lo vino pidiendo desde hacía semanas: «Si cumples 16 sin que te lean el ónix, vendrán por ti —le dijo varias veces— los cabrones del Estadio».

Ahora lo seguía en silencio. ¿Por qué se rehusó este ñengo a entregarse en el basurero? ¿Tuvo miedo al ver los cuerpos ahí agonizando? ¡Pero si él no era un pobre diablo! Y ella traía lana para conseguirle un trato limpio…

Cuando hubieron dejado atrás las últimas barracas y pisaban con veloz suela el pavimento, la Nancy se acercó, y en contra de sus impulsos más fúricos, le dio un abrazo. Se ha de estar el pobre cagando de pavor. Tenían la misma estatura. El chico dejó caer la cabeza sobre el hombro de su prima y empezó a mugir, los brazos caídos. La Nancy supo de inmediato que él querría sacar con llanto todo el miedo que traía al modo de granos de hielo en las arterias. Sentía el pecho del chico agitarse contra el suyo. Los sollozos se le cortaban igual que si a la altura del cuello se le hubiera erigido una barda de vértebras oxidadas.

—No sé qué ven todos en mí —balbuceó, jalando los mocos.

La Nancy le palmeó la espalda como lo haría con un recién nacido que no logra sacar el aire.

Claro que lo quería, y por sí solo; desde chamaquito lo había venido tratando, desde que él y su madre se vinieron a vivir de Celestino, cuando el pobre era un plebito esmirriado de pocos años, tímido y asustadizo. Como un favor a su tía, ella —chamaca confiable y juiciosa— lo cuidaba por las tardes. ¿Podría olvidar la primera vez que llegó golpeado de la escuela? El chico estaba en segundo grado. Algún compañero quién sabe cómo se enteró de su origen. Lo sacó de la fila, empujándolo contra la pared; lo acusó: «Tú vas a salir igual de matón que tu padre, ¿no te da vergüenza?» Luego de consolarlo, la Nancy lo dejó dormido en el sofá. Hubo un momento en que, atareada con sus propias cosas, lo perdió de vista; al buscarlo, lo hubo de hallar en la cocina. El piloto de la estufa estaba prendido, él extendía la palma derecha sobre la flama. Reprimía cualquier lágrima.

Un perro gris, de huesos pegados contra la piel, vino a restregarse contra la pierna del chico, quien lo hizo a un lado con el pie. La Nancy quería decirle que de todos modos, más allá del cariño, era fácil verle las esperanzas gruesas madurándole en los ojos, en los dieces de la escuela, en su don para las lenguas y los concursos de oratoria. Por eso debía sa- carse el ónix pronto, que lo dejaran en paz y pudiera seguir estudiando. Aquí en el basurero todo se habría resuelto dando una mordida.

Nada dijo al final. Lo enfiló mejor hacia el auto, en silencio. Ya dentro, cuando él se veía más calmado, le fue hablando sobre el vecino de una amiga, «Ah qué muchacho, era listísimo, flacucho y bien cimarrón pero, negándose a la insistencia de sus padres de ir al basurero y resolver el trámite con una lana por debajo del agua, se formó en el Estadio».

—Según él quería hacer las cosas derechas… ¿Y tú crees que lo volvieron a ver?

+++

La Nancy le llevó una camisa limpia, un bule de agua y una bolsa con manzanas y sándwiches. Se recogía el mechón rubio de sobre los ojos, y aunque él quería pedirle: «Así déjalo» —más jovial se vería—, se contuvo al verla sacar un suspiro que bien podría ser de impaciencia o de hartazgo: sintió una soga nerviosa tensándosele en la columna al saberse en falta frente a ella. ¿Podría decirle «Te eché de menos» sin exasperarla? ¿O contarle que toda la noche se oyeron gritos horripilantes de dentro del Estadio?

—Me muero de sed —dijo al fin.

Los pequeños ojos de la Nancy lo vieron todo ávido beber del agua. Luego, ahí mismo, bajo el sol de la media tarde y entre los demás ado- lescentes que hacían fila, el chico se quitó la playera azul de los Pumas para enfundarse una camisa de cuadros verdes y grises. Estaba todo muy caluroso; el sudor le lamía el cuello y las axilas. La hilera de jóvenes rodeaba el Estadio y había ido avanzando lentamente. Los guardias caminaban a pocos pasos; parecían dejar caer su sombra sobre los pies de los muchachos como una forma de aherrojárselos al suelo.

—Ese Refugio es un mentiroso —el chico movía las manos con ansiedad—. En el basurero hay también gente del gobierno, ya me contaron… Si te ganas ónix del bueno, los muy cabrones te delatan…

Ella lo miró de reojo; con un gesto veloz de la mano se quitó el sudor de la frente.

—Más vale entregarse aquí por las buenas, en serio, pa la mayoría es como ponerse una vacuna. Vuelven con su familia tan campantes…

—¿De dónde inventas tantas cosas?

—…Y si te ganas la mejor dentadura, ya la hiciste —siguió él impetuosamente—. A un bato de Los Guamúchiles lo mandaron a una academia en El Otro Lado con una beca de varios ceros…

Ella lo dejó hablar mientras le acomodaba el cuello de la camisa. Tomó de la bolsa una manzana que él aceptó, pero sin llevársela a los labios.

—¿No tienes hambre?

—Orita me la como, en serio…

La cara alargada, los ojos mínimos de un azul claro, los labios enjutos de la Nancy lucían una agravada mueca de tensión. Sin tomarse el trabajo de contrariar los rumores que él acababa de soltarle, como quien no se rinde y querría ablandarlo dulce para que desista, le contó en voz baja de la casa de unos parientes en la costa, en las afueras de Celestino.

—Son gente de confiar… Te puedes esconder ahí con ellos un buen rato, por de mientras. Igual y el próximo presidente quita esta chingadera del ónix…

—Entiende —la cortó el chico—: quiero acabar con esto, y que sea legal todo. ¿Qué me queda?

Ella le tapó la boca con la mano. Le susurró de un amigo suyo que trabajaba en un barco:

—Podemos ir a Celestino y esperarlo; huyes a la frontera por mar —lo soltó al verle una tapia en la voluntad de los ojos.

Él movió la cabeza de un lado a otro como si así desbaratara la dura fijación de la voz de su prima.

—Déjate de pendejadas, plebe mocoso… ¿No entiendes que nada de esto puede ser legal? En el basurero, si pagas bien, ya no hay más broncas… Además, ese tal Refugio conoció a mi tía, ¡a tu madre!, te va a ayudar…

—Ya es tarde.

—Son unos pinches borregos —levantó la voz poniendo los ojos de- trás del chico, en un muchacho bajito y pálido, de cara larguirucha y nariz ganchuda, quien solo contestó esquivándole los ojos—: Esperan días aquí afuera, ¿para qué? Si traen buenos colmillos, se los van a quitar para dárselos a un niñito rico…

—Mi padre hizo todo chueco siempre. Eso sí es vergonzoso. Yo tengo que pagar.

—¿Qué dices? —ella lo vio incrédula, empujándose por dentro el coraje—. ¡Tu padre es otro mitote! Si sus propios compas lo metieron en ácido, con eso habrá pagado…

La fila se movió. La Nancy lo tomó del brazo cuando él empezaba a avanzar; la manzana cayó al suelo.

—¡Déjame! —gritó él. Las uñas de su mano derecha la rasgaban en la muñeca con una carga de odio idéntica en peso al asco que sentía con- tra sí mismo. Ella gritó luego de soltarlo, se hincó gimiendo, abrazando la bolsa de comida igual que si fuera un hijo que está herido. Él corrió hacia el portón siguiendo a los demás. Apenas hubo traspuesto los lí- mites, sintió, lo sintió físicamente, como si los labios delgados, los ojos fúricos, la voz rubia de la Nancy no fueran recuerdos sino materia dócil que iba poco a poco dentro de sí deshaciéndose, evaporándose. ¿Nunca la volvería a ver?

Un guardia bajo y fornido desde la puerta del Estadio vociferaba, obligándolo a avanzar:

—¡Entren, gusanos!…

+++

Primero, un pasillo con mucha luz. Las paredes habían sido armadas con un material parecido al triplay que les daba, en su blancura, un algo de provisional y de aséptico, y acaso también de peligroso, como un campo de refugiados erigido con descuido y con prisa. Se frotó los ojos.

Gritos agudos venían de cerca, no lograba enfocar netamente: traía los ojos habitados de un humo espeso. Colocó las manos contra un muro.

Un cuerpo tropezó a sus espaldas. Irguió la cabeza para identificar de dónde los aullidos (cada vez más próximos). Alguien lo tomó de la muñeca:

—Sigue a la izquierda, mi rey, ya casi llegas.

De niño se coló a un partido del equipo local contra los Pumas y recordaba el césped visto desde las gradas. Ahora creía ver, en lugar del ancho césped, nada más una sala de techos altos. ¿Adónde se había ido el resto del Estadio? La luz era excesiva. Se veían desnudas las paredes; el suelo, una lona blanca.

—Recuéstate —escuchó a sus espaldas. Frente a sí, una mesa le llegaba arriba de la cintura. Alguien murmuró su nombre. Él se tendió sobre la mesa. Unas manos rudas le pusieron correas de un material frío en torno de la quijada y el cráneo.

—Abre la boca.

Dedos rasposos le palpaban la lengua y los dientes. Por las arcadas intentó doblarse; alguien lo detuvo con fijas manos contra los hombros. Y ahí vino entonces la quemazón. Una tenaza en el lado izquierdo de la boca. Algo súbito y profundo: supo que estaban arrancándole un colmillo, pero lo que sentía era como si, ahí en las encías invadidas, le estuviera entrando la extremidad de hierro de un insecto, algo nimio pero fuerte.

—¡Salió limpió! ¡Este es el bueno!

Una mano le palmeó las mejillas. Todo le ardía.

—Mira bien, campeón.

A su izquierda, el chico vio un recipiente de vidrio sobre una mesita.

Un líquido blanquecino. Ahí la pinza dejaba caer el colmillo.
En cuestión de minutos —pensó— alguien tendría permiso para pegarle un tiro en la sien para molerlo a palos hasta el desguanzamiento para lanzarlo a un calderón de pozoles químicos. Ya no había vuelta… ¡Se había equivocado! Con un temblor de frío en las articulaciones, entendió que sí quería vivir, llamar a la Nancy… Tiritaba, cual si la quijada se le mandase sola. No sabía cómo llorar; una intuición le fue subiendo de las vísceras y le hizo saber que, pasara lo que pasara, nunca más vería a su prima.

El colmillo fue de a poco distendiéndose; la materia reaccionó ante el líquido lechoso, parecía absorberlo, se desplegó abriéndose, ampliando sus paredes. El chico levantó los ojos: contra el trasfondo de la sala siempre tan larga y tan de luz brillante, estaba un hombre de bata gris, calvo y de muy baja estatura: mediría un metro cincuenta cuando mucho. Tenía mejillas regordetas y un grano de acné, rojizo, entre las cejas. Sus ojos pequeños y grises se obstinaban imantados sobre el espectáculo del colmillo. Cuando el chico volvió a ver el recipiente, ahí estaba ya no el colmillo sino una hoja: era blanca, de una palidez casi vecina a lo metálico, a la que se le fueron dibujando signos, líneas oscuras, letras.

El chico cerró los ojos; veía dentro de sí el rostro amoratado de su madre cuando hace tres meses la identificó en una plancha fría de la morgue, frente a una joven de uniforme azul y un desvelado enfermero. Y así se le infló en los tejidos un resuello de compasión por ella, por sus noches de alcohol y depresiones, la forma traviesa que tenía de llevarse una mano a la boca cuando se reía de cosas a las que nadie más hallaría gracia, las paranoias que a la piel y a la voz le brincaban cada que veía por la banqueta a un hombre que, según ella, podría querer vengarse por algún viejo desaguisado de su esposo.

Un aullido entró cruzando las paredes; era un grito chillante, como salido de una rata en agonía.

No aguantó más.

Del estómago le subió un como vómito sin materia que le invadía el cerebro y ya no—

+++

Ibas por la plaza caminando. Vestías de chaleco verde, tu boina gris de tela. En el pecho la cámara; el sudor te invadía la espalda y las axilas. Al llegar al centro, bajo el asta bandera, miraste a tu derecha la fila de hoteles y residencias que seguían hasta la playa, buscabas al chofer que habría de recogerte.

Se dejaron venir los vientos, con un silbido al principio armonioso, después atronador. La historia que habías cubierto para el diario era sobre los milagros de una muchacha que veía a la Virgen en el lodo del chiquero aledaño a su casa; pero esa historia podría quedarse mínima ante lo que estaba esculpiéndose en los vientos. Al subir la frente, los ojos te avisaron de una cortina. No era una cortina; era un animal movedizo, gigantesco. De dónde había surgido: era una ola de olas que, harta de morder el mismo mar milenario, se comía la arena; una pared de cielo que traía lodo y gente y barcas y más agua que jamás. Corriste hacia el montículo, en el extremo norte de la plaza; era muy tarde. Al arrebato siguió la paz líquida que entraba en tus pulmones con menos angustia que resignación.

La siguiente no eras un periodista de veintitantos; eras un niño de ocho. Con tu familia de vacaciones en un puerto, ocupaban varios cuar- tos de un hotel. Dormías una siesta; te llamó tu madre. Quiso cargarte en brazos. No entendías gran cosa de sus gritos; la hiciste a un lado con el movimiento abrupto del brazo derecho. Te llevó a fuerzas. Al salir al pasillo chocaron con un hombre y una mujer pelirrojos. Ella llevaba un traje de baño verde, lanzaba gritos aterrada. Ya en el estacionamiento, la ola los invadió con el enemigo vigor de sus aguas.

Por eso esta vez naciste en Celestino, frente al mar. Y allá tienes que volver. ¿Sueñas con agua a menudo?

+++

Era otro cuarto, de techo bajo. La luz venía tranquila, sin estridencias que cieguen, por una ventana. De algún lado salía música instrumental, de violines que entibian el aire con un algo dócil de tristeza, un recorrer suave de cuerdas que sin embargo lo asustaba al percatarse de la ausencia final de los gritos de antes. El hombrecito del acné, con la hoja de ónix en una mano, veía con aire concentrado los grisáceos mosaicos del suelo. El chico se recostó sobre los codos. No quería entender lo que segundos antes escuchara; esas imágenes, las olas grandes, eran precisas (las había soñado varias veces desde niño).

El hombre abandonó su pensar:

—Hay más en tu ónix —dijo—. No solo esas muertes.

El chico dejó caer la cabeza, soltó un «qué chingados» mas nada salió de las fronteras de su mente: las encías tensas, devoradas por una hormigueante parálisis, le impedían al sonido distanciarse de la boca. Se quedó como si no acertara a devolver un bocado de comida descom- puesta, con la sensación culpable de quien, ansiando aclarar que solo tiene quince años, acaba de ser señalado como el poseedor de las varias capas de piel que habría venido acumulando un anciano en la espalda de su eternidad.

—Siempre has muerto joven —dijo el hombrecito—. No has llegado a viejo nunca todas esas veces.

Se le llenó el pecho de aire helado, al chico.

—Debes ir ahora a ver a un hombre que está por morir. Sin él, te quedarás con un alma insuficiente.

+++

¿…Que si sabía de Dávidson? Sabía de él, cómo no. Había estado yendo, de un tiempo a esta parte, a buscar al viejo Yefri en su abarrote, los lunes en la tarde. Se lo hallaba sobre el banquito, con la espalda rígida del otro lado de la reja y el mostrador, moviendo los ojos sobre las páginas de un viejo tomo enciclopédico de pastas verdosas. Apenas verlo, el Yefri decía:

—Muchacho, no pierdes tu tiempo noviando.

Cada domingo el hombre compraba un ejemplar de Proceso. Para cuando el chico lo visitaba, él ya lo habría leído. Chismeaban de cual- quier cosa y a los pocos minutos el chico se despedía con la revista bajo el brazo.

La tarde siguiente ahí lo tenía de vuelta. El chico hacía preguntas sobre este o aquel figurón. De todos se sabía el Yefri más de un añejo episodio de dinero y traiciones, y al final de su perorata acusatoria se veía exhausto, fundido por ese drenaje de energía que le jalaban sus cóleras pero feliz de tener un escucha, una suerte de discípulo a quien le legaría no solo el recuento de las infamias cometidas por demagogos y transas de uno y otro color, sino también, y muy principalmente, el magisterio civil de la rabia. Decir que la política era su obsesión sería poco exacto: el Yefri parecía portar una herida invencible, la de quien está condena- do a manosear cada día el rosario de cuentas pendientes con cada uno de los ministros de que el Proceso, usando filosos adjetivos, destapaba trácalas y raterismos.

Así fue como en el semanario había venido el chico leyendo los artículos del hombre a quien ahora tenía que ver en Celestino.

—Le diremos que te reciba —anunció el hombrecito luego de narrarle sus muertes con las aguas grandes y mientras con el índice derecho se frotaba algo cremoso en la perrilla, entre las cejas—. Solo piensa que ahora nada se sostiene, por todos lados la luz hace porosas las paredes de la realidad…

Dos hombres lo trajeron. Llegaron de madrugada a Celestino. Lo regis- traron en un hotel de cuatro plantas ubicado en el fondo de una cuchilla a tres cuadras de la playa. Rapados, muy altos, con sus uniformes grises, ahí estaban ahora: desde la ventana podía verlos en el estacionamiento, a ratos caminando con gesto aburrido por la acera, luego se metían a la camioneta, tal vez a dormitar. «¿Te das cuenta de lo que ahora nos exigen los tiempos, como especie? Todo se está moviendo en el mundo, violentamente. Nada se mantendrá oculto…». Menos de veinte horas ha- bían pasado desde que le escuchó ese tono iluminado al hombrecito del acné. Como las palabras seguían aturdiéndolo, el chico no podía sino seguir viendo un contraste entre el blablablá esotérico que el tipo le estuvo soltando y su apariencia: podría pasar por un niño que, luego de ser puesto a rape para deshacerle el hogar a los piojos, habría visto cómo su cuerpo, mas no su voz ni la voz de su mirada, se quedó estancado en los primeros escalones de la pubertad. Por su estatura era como un hermano menor que, sin embargo, habría asumido tareas demasiado altas y gozaba quién sabe cómo de autoridad para fijarle, a él, el camino, por más que incierto, de los pasos siguientes —para enviarlo, en suma, de vuelta a su ciudad de nacimiento, de la que habían salido a las prisas, él y su madre, cuando disolvieron al Mojado.

¿Y ahora podría escapar? Si bien comió en la carretera, traía mucha hambre; las rodillas las sentía débiles. Le persistía además el agrio eco del dolorcillo en la encía. Era un tembloroso tic en el labio inferior, como si se le estuvieran inquietando las extremidades de una vergonzosa ali- maña hundida bajo la piel. ¿Qué esperaban de él esos hombres? Tantas historias que escuchó sobre ellos, ¿y querían reclutarlo? ¿Podría recurrir a los amigos de la Nancy, al güey ese del barco? Levantó la bocina tele- fónica; apenas tecleó la clave de larga distancia, una voz de mujer cortó la espera y le dijo «No tiene autorizado ese gasto».

¿Qué le esperaba con Enrique Dávidson? Las fotografías hablaban de un hombre robusto, de quizá uno noventa, con galopante calvicie por lo que delataban las veloces entradas el hombre trataría de aligerarlas posando siempre de perfil, irguiendo un tanto la barbilla, como si de- safiara por algún viejo rencor al hombre detrás de la cámara. En su infancia había pasado menos penurias que las sufridas por quienes, como el chico o la Nancy, habían nacido después de la Madre de Todas las Crisis; su padre fue dueño de una sastrería en el centro en la que atendía a empresarios y políticos locales, los mismos que a la hora en que la fortuna empezaba a apapacharlos iban dejando la ciudad para mudarse a Celestino, cerca del gobernador, la aduana, los barcos chinos con fayuca. En su juventud fue uno de los más tenaces críticos del sistema, conoció el hostigamiento y la cárcel, hubo de vivir fuera y lejos varios años. Ahora que el poder se dividía amablemente entre ladrones ya no de un solo estercolero sino de varios, ahora que su trabajo no estaba prohibido y al mismo tiempo todo seguía estando lleno de violencia, el hombre había mantenido su aura incorruptible, la precisión del tajante adjetivo, el tono victimista a la hora de escribir para gente resentida como el viejo Yefri, no sin que fuese imposible leerle entre líneas la fatiga… Por más que siguiera tendiendo el índice elocuente contra políticos y empresa- rios corruptos, se sabía exiguo ante el estrépito indistinto de la prensa que había tomado el lugar del viejo silencio. Pero ahora, se preguntaba el chico, ¿podía seguir creyéndolo confiable? No había podido descifrar por su cuenta el alfabeto inscrito en la hoja de ónix. El hombrecito del acné le advirtió: «Lo que te ha faltado para vibrar en el cosmos, lo tiene en los lados de su voz Enrique Dávidson». ¿Cómo entender eso? Era una superchería… ¿O sea que Dávidson, antes tan furioso y tan fustigador, colaboraba hoy sin más con la maquinaria que golpeaba y hacía desan- grar las encías adolescentes?

Desde la ventana vio a un hombre calvo bajarse de un auto azul, caminar a la puerta del hotel. Al minuto se escuchaba el teléfono de la recámara. El chico se miró en el espejo del baño antes de contestar, como para cerciorarse de que el nerviosismo no le hubiera descolocado los rasgos faciales: seguía la misma delgadez ajada en las mejillas, su nariz alargada, los escasos pelos insinuándose en la barbilla. Cuando bajó al lobby, ahí estaba de pie Enrique Dávidson, al lado del mostrador, mu- sitándole algo a la recepcionista con un tono paródicamente infantil de quien ya se sabe muy lejos de la edad en que serían bienvenidos los piropos. Obligada por la compostura que le decretaría su puesto frente al mostrador, la mujer no se animaba a soltar los perros del asco en sus facciones; el periodista lucía un rostro de tono verdoso, enflaquecido, con manchitas ocres aquí y allá e intensas ojeras; se le veía holgada la guayabera y había perdido al fin todo el cabello. Forzándose a sonreír, Dávidson le extendió los brazos al chico, quien largó un balbuceo al tiempo que le daba el sobre gris con el ónix dentro.

—Luego hablamos de esa madre —el hombre lo hizo a un lado con un gesto de la mano.

El sol de las cinco pretendía ya irse deshaciendo de su ímpetu caluro- so: no caía más a plomo, pero tampoco ninguna brisa soplaba. El hombre resoplaba cuando llegaron a la vera del automóvil. Se detuvo ante la puerta del copiloto, llevó la vista hacia la entrada del hotel, luego a los demás espacios del estacionamiento, ocupados por una camioneta con dos hombres a bordo, una guayina al lado de la que un perro se orinaba y un puesto de cocos sin gente que lo atendiera.

—Mira —empezó—; pero se quedó en silencio.

El chico pasó saliva. Estaba ya todo sudado y el hambre la sentía como los zarpazos de un animal débil aunque rencoroso.

—He de serte sincero —levantó Dávidson el índice, arreciando la voz—. No es eso que estás pensando —carraspeó al tiempo que metía la llave en la cerradura—. Lo malo es que lo hayan descubierto apenas el año pasado, y que pasada tu edad esa chingadera no se pueda leer. Imagínate lo que daríamos por… Los que aún tienen años por delante… Cuántos errores no se ahorraría el mundo…

Con la derecha se rascó la mejilla: un polvito seco se le fue desprendiendo.

Verlo así le puso al chico por instinto los pies en fuga. Echó a correr hacia la salida de la izquierda: al fondo, a cuadra y media, se veía una avenida de doble carril. Había avanzado unas cuatro zancadas cuando volvió la cara para ver a Dávidson —así quería darle a entender que no era este escape suyo una repulsa por su enfermedad—, pero en vez de a él sus ojos advirtieron a los dos tipos que se habían bajado de la troca; uno de ellos pitó un silbato.

El chico se detuvo.

Bajó la cabeza. Se llevó las manos a las rodillas: traía un golpe de opresión en el pecho: apenas si podía respirar…

Venían hacia él los dos hombres, luciendo en cada paso una relajada sonrisa.

Dávidson se quedó callado todo el trayecto. La camioneta los seguía a corta distancia.

Al llegar a su casa, ubicada en las afueras de Celestino, a las faldas de El Huizachal, dejó el hombre ver un ánimo casi bullicioso cuando le pre- sentó al chico sus peces, en una amplia caja verdosa que ocupaba, junto a tupidos libreros, buena parte de la pared, o cuando le enseñaba, con un guiño de picardía, su reciente medalla del premio nacional, y más aún cuando le hizo pasar al jardín. Ahí todo era frescura; tibios faroles parecían alumbrar amistosamente las sombras de los árboles.

—Lo mejor de vivir lejos de la playa es esto —señaló las plantas con displicencia, casi como quien habla solo—. Vivo en Celestino, pero me- jor le doy la espalda. No me paso masticando los viejos agravios; tampo- co olvido. No me hagas caso; nada más soy un viejo periodista que no se halla en este mundo en que nuestra chamba dejó de ser útil sin dejar de ser peligrosa —y casi sin transición, mostrando de repente una sonrisa infantil y frotándose las manos, preguntó—: ¿Sí eres fan de la comida chinaloense? La encargaremos al rato, la traen en friega.

El chico habría querido pedirle un tentempié; le faltó coraje. Era como si por cortesía a su anfitrión le fuera fácil traicionar las ansias de sus vísceras. Se sentaron ahí mismo en el jardín en dos sillas con des- cansabrazos. «Háblame, pues, de ti», dijo Dávidson.

Y el chico se desanudó. Le dijo de sus desvelos políglotas con tomos prestados de la biblioteca, de la cantidad de poemas que había mandado «a concursos de toda ralea, aun sin verme aplaudido por las manos de foca del éxito», de los dos años que había venido yendo cada sábado y domingo a hacerla de cuentacuentos en la casa cuna, «entregando fábu- las a quienes probablemente sean sacrificados apenas lleguen al alba de la pubertad»…

—No te pierdas en rodeos —lo interrumpió Dávidson—. Y por cierto: deja esa mamada de la foca del éxito. No tienes que hablar así de ampuloso, menos conmigo —pasó saliva y, manteniendo los ojos sobre el chico como con miedo a equivocarse en la elección de cada palabra—: Me dijeron que eres hijo de Tania —tartamudeó al preguntar—: ¿Es cierto o no?

—¿Mande?

—No sé leer ningún… ¿cómo le llaman a eso?, ¿ónix? —y sin parar mientes en la perplejidad del chico, dejó oír un estremecimiento en la voz—: Esos tipos vinieron a verme anoche. Me dijeron que eres hijo de Tania Félix.

No dijo más. Solo se le quedó viendo. Había un aire casi líquido en sus ojos al momento de tender la mirada hacia la mirada del chico, quien vio entre él y Dávidson un hilo que ahí había estado, furtivo y entre nie- blas desde el día de su nacimiento, esperando a que sus dos cuerpos se encontraran para volverse —así lo sentía— indestructible materia. Era solo que Dávidson lo viese así, con la pasmosa lealtad de quien no exigía diplomas o puros dieces (a la manera de su madre) ni repetía tampoco los enfermos golpes desde los puños de un sicario de nombre Heladio Beltrán. Era eso, que lo viera con su sonrisa vulnerable pero drástica para hacerle vivir la energía de quien, con todo y habiéndose visto ven- cido en tantas batallas a lo largo de su difícil vida, había quedado no solo ileso sino luminoso, cada vez de mayor y más joven alma en cada uno de los tejidos de su conciencia.

El chico tuvo miedo de lo que estaba sintiendo; se puso de pie.

—Ayúdeme —tomó el sobre; lo aventó al suelo. Cuando su pie derecho se alzaba y tomaba inercia, el hombre se paró, lanzándosele con todo el cuerpo. Lo tumbó, pegándole en el hombro. Cayeron a un lado de la pileta. Dávidson se le quedó mirando; jadeaba casi al filo del infarto, aun así con los brazos lo obligó a quedarse contra la tierra.

La hoja de ónix se había salido del sobre. Se le veían destellos metálicos contra la luz tan delgada del día que muere.

—Ayúdeme. Yo no entiendo qué quiere esta gente, escuché cada historia espantosa… No debí haberme ido a entregar…

El hombre lo liberó; luego de acomodar la espalda contra la pileta, dijo con un aire de calma que al chico le sonó inquietante:

—No te arrancaron la piel de la cara ahí mismo en el Estadio, ¿y sabes por qué? Me contaron mis visitas de anoche que tu colmillo salió sin sangre. Eres el primer caso. O sea que nunca, en todas tus vidas, has derramado sangre humana. Por eso te has ganado mucho —bajó la voz al tiempo que giraba la cabeza hacia la sala, como aguardándose espiado—. Ahora, si yo fuera otra persona, te diría: Vende tu hoja en el mercado negro. Conseguirías una buena lana aunque deberías compartirla con tus guaruras, y a ver cómo los convences de que te ayuden. Y tendrías que largarte del país, para siempre.

Recogió el papel metálico.

—Pero no puedes huir sin escucharme.
Dejó caer la cabeza contra la barda de la pileta.

—Yo conocí a Tania aquí en Celestino. Le llevaba veinte años. Fue después de mi última estancia en la cárcel. Yo había quedado mal de una pierna. Ella trabajaba de mesera en una fonda a la vuelta del edificio. El tal Heladio iba seguido a la frontera, y fue cuando empezó a agarrar mayor fama de rápido y sanguinario. No sabes qué feliz fui, o fuimos, ella y yo. Pero por enojos del goberladrón de entonces ante unas pobres cuartillitas mías al poco tiempo tuve que salir pitando de Celestino; fue cuando me escondí en Nueva Orleans, luego me contrataron de corresponsal en Alemania. Y así pasaron siete años.

—¿A qué viene todo esto? Tanta gente que trató a mi madre…

—…Y ahora me estoy muriendo —levantó la mano al interrumpirlo—. Me quedan tres, cuatro meses si tengo suerte. ¿Sabes lo que sig- nifica que por las células se te alarguen los dedos de la enfermedad tan solo con respirar? ¿Sabes que habrá un momento en que el hígado, las vísceras serán trapos inútiles y toda la sangre se me envenenará sin poder detenerlo?

—Y eso qué tiene que ver conmigo —respondió el chico sintiendo la boca llena como de piedras que chocaran unas contra otras. Lo que ha- bía dentro de sí era otra cosa: el rostro pálido y ojeroso de su madre; la veía una noche en que ella llegó a casa trastabillándose, sollozando. El chico estaba sentado a la mesa haciendo la tarea y se quedó congelado al verla correr por la sala murmurando agitadamente «¡Un día te voy a matar primero, luego me mataré a mí misma, así se acaba todo!», para al final encerrarse en la habitación…

—No te puedes ir sin ayudarme. Quedarás fracturado…

—No entiendo de qué habla.

—Tania quería irse conmigo —dijo Dávidson, como si confesar esto fuera un argumento invencible para persuadir al chico—. Pero era todo muy peligroso. Si la detenían conmigo, terminaría en la cárcel, podrían violarla, romperle la vida… Y la tuya, porque para entonces ya te estábamos esperando… Cuando volví a Celestino, ustedes se habían esfumado. Pensé que habrían cruzado la frontera, estarían a salvo. Yo había conoci- do a alguien más. Me casé, me divorcié…

El chico traía un remolino en la cabeza.

—Usted inventa historias, ¡a eso se dedica…!
Volvió los ojos a un lado y otro, buscando una cámara escondida entre los matorrales, o peor aun, a gente de un público inaudito que estaría por levantarse de sus butacas abucheando esa pobre actuación de un padre y su hijo por fin reencontrándose.

—No quiero seguir con este cáncer hasta el fin, debes ayudarme…

El chico dejó caer los hombros, ablandó el cuerpo hasta dejarlo caer contra sus propias rodillas, dejó luego que sus brazos rodearan la espalda del viejo, que la cara de su cuerpo se estrechara contra el abdomen paterno de la enfermedad. Y se largó a llorar. A los pocos instantes ese llanto salía gigante con gritos de recién nacido. Todo se desató, todo fluía y cada vez se iba viendo a sí mismo más desvanecido y ligero; el muro de óxido que traía atascado en el cuello y los hombros se le iba convirtiendo en algo parecido al éter. ¡Qué diferente se veía el mundo de estos aires! El viejo le pasó las manos por la frente y el cráneo, musitando varias veces con voz sosegada «Todo está bien». Cualquier cosa —eso sentía el chico—, cualquier cosa del futuro estaría por debajo de la liviandad de estos instantes. Si alguien lo viera a través de la carne y los huesos, le hallaría pura luz entre las células.

Ya era de noche cuando se levantó. El viejo ahí seguía; tenía los ojos cerrados, la cabeza inclinada sobre el pecho, la espalda contra la pileta. Por sobre la camisa se le veía subir y bajar con delgadez el pecho. ¿El hambre lo había hecho alucinar? ¿Había escuchado bien? Aún traía gotas de dudas cayéndole sobre la emoción del pecho… ¡Y si todo era una broma…! ¿Si era una impostura para amarrarlo con la piedad filial o algo parecido? Pero no. Su espalda no tenía registrado el contacto acuoso con manos así de leales y benévolas, su aliento no se había nunca acercado al deslumbrante oxígeno de una voz que hablara un idioma indestructi- ble. ¿Qué tanto se engaña uno cuando cree haber encontrado la raíz luego de tanto extravío, de tanto vivir el aire de la carencia en cada respiro?

Creció con la cuenta de muertes del Mojado jalándole el rostro hacia el suelo, de la vergüenza; así llegó, con esa piedra hecha del material compacto de la culpa aplastándole los huesos, a entregarse en el Estadio. ¿Podría ayudarlo en lo que quiere? Creyó escuchar ruido de pisadas en el interior. Debían huir juntos, se lo llevaría consigo. Abrió la puerta corrediza, cruzó la sala. En la cocina abrió el refri, sacó un envase de jugo de frutas y sin ningún resabio de miedo lo llevó a la boca. Bebió con desesperación.

Al cerrar el refri, exigió a sus oídos atrapar cada incidencia del aire. Volvió la mirada hacia la sala. Entre la penumbra se veía la silueta encorvada de un cuerpo en uno de los sillones a un lado del acuario. ¿No lo vio al cruzar rumbo a la cocina? Abrió la puerta exterior y, recargados sobre el toldo de la camioneta, los dos jóvenes, casi diría que más altos y robustos que unas horas antes, al percatarse de su aparición se pusieron de pie como cuadrándose. La luz de los faroles parecía obstinada en pulirles el cráneo.

—Nada de esto es fácil para alguien joven… pero tu alma no lo es.

La voz le llegó por la espalda. Se vio media vuelta. El hombrecito ya no estaba sentado en la sala sino, ahora, de pie frente a él; le daba la luz de la calle en el rostro. Lo primero que el chico distinguió fue la perrilla entre las cejas, ahora más enrojecida. ¿O no se trataba del mismo enano de ayer? El hombre extendió la mano, abrió la palma. Había ahí una jeringa, con un líquido blancuzco.

—Lo que hemos hecho fue para encontrarte —dijo—. El último aire que salga de la boca de tu padre será tu herencia.

El joven se puso la mano en la mejilla izquierda. Hurgó con la lengua en el sitio del viejo colmillo. Ningún dolor le nacía.

—Si realmente es mi padre, ¿cómo me piden a mí que…? Eso no está bien…

Al instante conoció su error: supo ahí mismo que el bien y el mal no se desligan uno del otro enteramente nunca.

—No quiero —dijo—. Yo no…

El hombre le sonreía inclinando la cabeza hacia la izquierda, con un gesto de beatitud.

Él descubrió entonces que apenas iba empezando su vida verdadera, y que sería larga.


Geney Beltrán Félix(Culiacán, 1976). Es autor de las novelas Cualquier cadáver (2014) y Cartas ajenas (2011), el volumen de relatos Habla de lo que sabes (2009), los libros de ensayos El sueño no es un refugio sino un arma (2009) y El biógrafo de su lector (2003) y el tomo de aforismos El espíritu débil (2017). Ha obtenido el Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos (2002) y el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada (2015). Forma parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 2015.