Wallace Stevens: la reanimación de la vida

decíamos ayer

Wallace Stevens: la reanimación de la vida

Por CHARLES HASTY

 

– The Paltry Nude Starts on a Spring Voyage
– Le Monocle de mon Oncle
– Hibiscus on the Sleeping Shores
– The Comedian as the Letter C
– The Emperor of Ice Cream
– Hymn from a Watermelon Pavilion
– Peter Quince at the Clavier
– Thirteen Ways of Looking at a Blackbird

Estos son los títulos que aparecen en el primer libro de Wallace Stevens, Harmonium, y es un excelente inicio para describir la experiencia de conocerlo: uno se ve confrontado con un índice nada común. Hace más de cincuenta años me topé por vez primera con el volumen en los estantes de libros de la biblioteca municipal. Lo hojeé, escogí dos o tres para una rápida lectura, y comprendí que desde ese momento mi mundo ya no sería el mismo. Entre veinte montañas nevadas/ Lo único que se movía/ Era el ojo del mirlo. (Líneas introductorias de «Trece formas de ver un mirlo».) Su obra me ha acompañado desde entonces. Durante varios años repasé ese ejemplar de Harmomium. Estaba, por supuesto, en el mismo lugar del mismo estante. Y ahí seguía cuando dos años más tarde regresé de dos años de servicio militar. Comprobé que había sido yo el último usuario que lo había solicitado, y asimismo el único que lo estaba “utilizando”. Claro, para estas fechas, merced a la paga en el ejército, me había yo convertido en una persona económicamente solvente, y poseía otro ejemplar del libro, mismo que habría de perder más tarde, en el desierto Viscaíno, en un largo recorrido de los Estados Unidos a la Península de Baja California. Siempre me he sentido un poco extraño frente a ese ejemplar de biblioteca. Si era yo el único usuario, ¿no tenía acaso derechos sobre él? ¿Es que no existe una teoría sociopolítica sobre este tema? Sería un descuido imperdonable no mencionar que se trataba de la primera edición, publicada en 1923.

Antes que nada me gustaría exponer algo acerca del aspecto filosófico de la obra de Wallace Stevens, mismo que considero una constante en casi todos sus poemas. A través de su vida de creador —sin duda mucho antes de los poemas de Harmonium—, al poeta le preocupó sobremanera la relación entre imagen y realidad. El afirmaba que la poesía debía tener un fundamento posible de reconocer en la realidad, que existían algunas limitaciones que el poeta debía encarar. Un ejemplo de lo anterior se encuentra en una carta en la cual señala que bien podríamos pensar en un loro con quince o veinte dedos, pero que no podemos pensar en un loro así, a menos que ya haya existido. La tensión entre imagen y realidad, siempre presente en su obra, le otorga a la poesía de Stevens una urgencia abstracta, una presión psicológica para su comprensión, y una visión de la estatura de la poesía misma en términos filosóficos. Stevens sostuvo una noción que es un lugar común en la literatura del mundo occidental: que si la religión nos ha fallado, es ya imposible decir que no creemos en nada. Debemos optar por algo. Para Stevens ese algo es siempre la poesía.

Stevens estructuraba sus ideas antes de escribirlas; un ejemplo de ello es «Sunday Morning», un poema del mencionado primer volumen, el cual da cuenta de la necesidad de encontrar a la tierra, de ver la tierra, de escribir el gran poema de la tierra, en la forma en que han sido escritos los grandes poemas del cielo y el infierno.

¿Es igual la muerte en el paraíso?
¿No cae nunca la fruta madura? ¿O cuelgan

Las ramas de ese cielo perfecto,
Imposible como nuestra tierra agonizante,
Con ríos como Ios nuestros, en busca de mares
Que nunca encuentran, con las mismas playas en retroceso
No tocadas jamás por un aguijonazo?

Sunday Morning

Desde mi primer encuentro con sus poemas experimenté gran placer, consolación (algunas veces alivio pleno) y una sabiduría infinitamente fría; todo esto rodeado por una gran proclama de la imaginación, y la necesidad, centrada en el arte y en la poesía, que trae vida y realidad al reino de la imaginación, algo que viene al caso porque, como él la concebía, la poesía no debía dejar el mundo tras de sí, sino «llegar a un acuerdo con él». El mundo, como un gigante, está en la ventana, y no hay razón para rechazarlo. Esta es la idea central de Stevens; su obra es incisiva, y lo que él llamó ficción suprema, eso es la poesía.

Ya no hay prólogos. Ahora es una cuestión
De postrero convicción. Para decir que la convicción postrero
Ha de hallarse en una ficción. Es tiempo de elegir.

Asides on an Oboe

Cito lo siguiente de una carta escrita en 1935, cuando Stevens tenía entre cincuenta y sesenta años de edad:

Si pudiera crear una realidad, este mundo sería un mundo harto diferente en diversos aspectos del mundo que nos rodea. Es difícil lograr mucho de esto en términos personales, porque no hay nada que destruya mejor una idea que el expresarlo en términos personales. Al fin y al cabo todos los hombres son enemigos, todos los egoísmos son deliberadamente antipatéticos. No estamos empezando a expulsar del mundo lo que a final de cuentas éste produce por medio de los poetas.

Si la poesía presenta un orden, y cada buen poema introduce un orden, y el orden significa paz, aunque esa paz sea una ilusión, entonces ésta es menos que una ilusión comparada con muchas otras cosas. ¿No es acaso la reanimación de la vida algo trascendente? Sería un gran avance cambiar el status de poeta…

El subrayado es mío. El enunciado es de ambos: de la poesía y la filosofía como tarea y como obligación; y más aún: de la ilusión, si no que del concepto de civilización. Como todo poeta de primer orden, Stevens nunca retrocedió ante las más crudas verdades, y sólo rara vez fracasó en el intento de arribar a la poesía a través de ellas; un trayecto lleno de experiencias, personales y abstractas, el cual permanece como un obstáculo monumental para el flujo general, tanto en rima como en razón. Es como si hubiera encontrado en el fracaso total del discurso y la dicción, en el caos del lenguaje fallido, el discurso y la dicción únicos y necesarios para articular su poema. En Estética del mal, luego de hacer notar que La muerte de Satanás fue una tragedia / para la imaginación:

… Al anima le agradaba su animal
Y le gustaba libre, de suerte que el hogar
Era un renacimiento, un ser parido
De nuevo en la severidad más feroz,
Deseando de feroz manera, hijo de una madre feroz
A juzgar por su cuerpo, más feroz en su mente, inmisericorde
Para realizar la verdad en su inteligencia.
Es cierto que hubo otras madres de singular
apariencia, amantes del cielo y de la tierra, ellas, lobas
Y tigresas del bosque y mujeres fusionadas
Con el mar. Estas eran fabulosas…

Y después, en la última estrofa, Stevens lleva su tema central, dador de vida, a su máxima expresión, y pienso que uno puede detectar que ello ha surgido del caos inarticulado que sólo puede desarrollar una inteligencia extraordinaria, depurada y conducida por la imaginación.

La pobreza más grande no es para vivirla
En un mundo físico, para sentir que el deseo propio
Es tan difícil de distinguir de la angustia. Acaso
Después de la muerte los seres no físicos contemplen,
En el paraíso, que tampoco es algo físico,
El maíz resplandeciente y lleguen a experimentar
El más elemental sentimiento. El aventurero
De la creación no fue concebido por una raza
Física del todo ni en un mundo físico…

Todo esto no es sino una faceta de la poética de Wallace Stevens. En un poema posterior, llamado The Auroras of Autumn, que es un pequeño poema del volumen, él midió su imaginación con las maravillas de las Luces del Norte, la Aurora Boreal «con sus helados resplandores, sus escobazos azul y rojo / Y las ráfagas de un enorme incendio, su verde polar, / El color del hielo y del fuego y la soledad», y trató de imponer su significancia, la significancia de la humanidad en el universo, comparada con las grandes creaciones de la naturaleza, y de nuevo, en el verso final, reclamando, como en pos de un argumento: «Gente feliz en un mundo feliz». Las Auroras son «… un teatro que flota entre las nubes, / nubes ellas mismas, aunque de brumosa roca / Y montañas que fluyen como el agua, ola a ola, / Entre las olas de luz».

En un comentario más ligero acerca del mismo tema —poeta y poesía en concierto con la realidad—, Stevens escribió años antes:

Me mido
Con un gran árbol.
Y me siento yo mucho más alto,
Porque alcanzo el sol
Con mis ojos.
Y alcanzo la playa marina
Con mi oído.
Sin embargo, me molesta
La forma en que gatean Ias hormigas
Dentro y fuera de mi sombra

En una carta a su futura esposa, Elsie Moll, cuando Stevens tenía entre veinte y treinta años de edad, escribió: «Las únicas cosas sobresalientes de la vida son la amistad, la autonegación, y similares evidencias de la civilización…» Como era de esperarse, valores así no le atrajeron grandes y numerosas amistades: de unas 3300 cartas que escribió, sólo un puñado fue escrito de manera informal, con base en su nombre de pila; y su matrimonio con Elsie se convirtió paulatinamente en un matrimonio caracterizado por la separación. Una de las estrictas prácticas de Stevens fue la de mantener separadas su vida literaria y su vida de ejecutivo empresarial en la Hartford Accident and Indemnity Company, desde 1916 hasta su muerte. En 1934 se convirtió en vicepresidente de la empresa. Los dos bandos, el literario y el empresarial, no se enteraron de su “doble” vida sino hasta el anuncio de su muerte en las revistas nacionales, en 1955, a la edad de setenta y cinco años. Los miembros de la Compañía con quienes acostumbraba ir de pesca, se sorprendieron al saber que Stevens era un poeta famoso, acreedor de múltiples reconocimientos; los círculos literarios, editores, poetas y críticos, quienes no tenían idea de que él fuera el vicepresidente de una de las compañías más grandes de seguros de los Estados Unidos, fueron también tomados por sorpresa. Stevens vivía cerca de su despacho. Cuando era joven decía acerca de su trabajo que éste no existía de nueve a seis; ya mayor, hombre de la tercera edad, opinaba que el trabajo había sido bueno para él, que acudir a laborar todos los días le da carácter al poeta.

Se puede decir que Stevens llevó una vida poco agitada. Viajó mucho por los Estados Unidos en plan de negocios y tomaba vacaciones en la Florida y Cayo Hueso, pero la mayor parte de su vida la pasó en su casa, en su estudio y en el despacho de Hartford. Era un experto en historia, arte y literatura europeos, dominaba el alemán y el francés, y adquirió muchas obras de arte a través de sus intermediarios en París. Sin embargo, jamás estuvo allí. En las postrimerías de su Vida declaró que prefería a París no en la realidad, sino en su imaginación.

En su ensayo llamado The Realistic Oriole: a Study of Wallace Stevens, Northrup Frye empieza diciendo que Wallace Stevens fue un poeta para quien la teoría y la práctica de la poesía eran inseparables… Stevens es de un interés y un valor particulares porque ve con suma claridad que las únicas ideas que el poeta puede manejar son las directamente involucradas y relacionadas con su propia escritura. En pocas palabras: «La poesía es el tema del poema».

La poesía es el tema del poema,
De ella surge el poema y
A ella retorna. Entre los dos,
Entre surgimiento y retorno, hay
Una ausencia de realidad
De las cosas tal como son. O como las decimos.

The Man whit the Blue Guitar

Respecto a la difícil tarea de comprender a Wallace Stevens, quiero comentar una dificultad que los lectores de habla inglesa continúan expresando hasta hoy. Uno de los blancos preferidos es un poema de Harmonium, «The Emperor of Ice Cream», y casi no hay conversación acerca de la poesía de Stevens en la que no se mencionen los evasivos conceptos del poema o se manifieste el franco desagrado respecto al mismo. Mi experiencia particular ha sido muy diferente. En él, Stevens se refiere a un velorio en una casa pobre, acaso una choza, presidida por el Emperador del helado. He analizado el poema con lectores hispanohablantes, cuya experiencia con el poema se basó exclusivamente en una traducción simultánea y que han concluido en la misma imagen y en la misma idea del poema.
Casi al final de su ensayo, Frye describe a Stevens como uno de los pocos poetas valientes de nuestro tiempo, y a la concepción de Stevens del poema, como «un heroico esfuerzo por vivir/ Expresado en victoria», lo cual fue una constante desde el inicio mismo. Huelga decir que me sería muy difícil complacer tal referencia a menos que la creyese, y no sólo el creerla, sino que la he creído a lo largo de gran parte de mi vida, desde mi juventud, y que esa visión poética, la del poema expresado como victoria, ha significado una buena parte de mi propia historia.


 

Publicado en: TextoS, Suntuas Académicos, núm. 3, octubre-diciembre de 2000.